Historia de resquemores

BERLÍN.- “Si en 1924 hubiera podido adivinar que un día me convertiría en canciller, jamás habría escrito Mi lucha”, confesó en 1938 Adolfo Hitler a su colaborador cercano Hans Frank, quien fuera, entre otras cosas, gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis.

Tal confesión no era una locura. Ya convertido en canciller alemán, el líder nazi sabía muy bien el arma de doble filo que representaba su libro frente a sus enemigos. En él había vertido no sólo su exacerbado antisemitismo y la idea de que la raza aria era superior a las demás, sino que también había revelado su plan de dominación mundial y expresado sin reservas el desprecio y odio por sus enemigos políticos, especialmente Francia, Inglaterra y la Unión Soviética.

Es por ello que, cuando la obra comenzó a tener ventas sin precedentes en Alemania y empezó a traducirse a distintos idiomas (al menos 14), el propio Hitler se negó a ceder los derechos de traducción, a fin de que Mi lucha no pudiera ser leído masivamente fuera del Tercer Reich.

Tal episodio poco conocido es revelado por el periodista francés Antoine Vitkine en su libro Mein Kampf. Historia de un libro. En él, el también documentalista desmenuza –entre otros aspectos del libro– los conflictos político-jurídicos generados por la negativa del genocida para que su obra fuera publicada más allá de las fronteras alemanas.

Margen de maniobra

Ya en 1938 y dentro de la propia Alemania, Hitler se opuso rotundamente a la distribución de breves folletos que contenían distintos fragmentos de su obra y que habían sido preparados por su editorial –Eher ­Verlag– para aumentar las ventas y satisfacer al electorado, que por esas fechas parecía hechizado por el pequeño hombre de peinado relamido y breve bigote.

“Lo que quiere en realidad el amo del Tercer Reich es evitar que el gran público interprete su texto fundador con demasiada precisión, de manera demasiado literal. En efecto, desea seguir siendo dueño de su política, libre para dar rodeos cuando lo considere necesario”, argumenta Vitkine en su libro.

Además, agrega, “Hitler teme que la mitificación de la que es objeto se quebrante si los alemanes dedican demasiada atención al contenido de su libro, a esas páginas en las que sus intenciones belicistas son transparentes, en la que hace la apología de la guerra”.

Y es que si bien los alemanes estaban fascinados por su líder, lo último que deseaban era otra guerra larga y cruenta, y eso lo sabe muy bien Hitler. Por ello comienza a desarrollar una estrategia con un falso y mentiroso discurso pacifista hacia dentro y fuera del país.

Prueba de ello son las confesiones que el propio Hitler hizo a su colaborador Hermann Rauschning, citadas por Vitkine en su libro: “Sólo insistiendo constantemente en las intenciones pacíficas de Alemania puedo dotar al pueblo alemán de las armas que han sido siempre la base necesaria de la etapa siguiente”.

Y aún más: “Esta gente no quiere saber ya nada de guerra ni de grandeza. Pero yo sí quiero la guerra y para eso todos los medios serán válidos”.

La versión retocada

Pero si hacia dentro Hitler quería ser cuidadoso con su discurso, hacia fuera lo fue más.

Con su llegada al poder, el mundo comenzó a interesarse por su libro. A la editorial Eher Verlag llegaron decenas de solicitudes de traducción. Desde 1933 vendió los derechos a 14 países, de España a Hungría, de China a Japón y de Holanda a Suecia. Incluso Irak tuvo entonces su versión en árabe.

Sin embargo, a solicitud de Hitler, cada traducción fue previamente depurada de pasajes relativos a su política exterior. “En cambio –plantea Vitkine– en general no se censuran los juicios violentos sobre la raza, la eugenesia, los judíos y los negros. El Führer juzga que esas ideas son menos estratégicas que sus llamamientos a la anexión de Austria o a la expansión del espacio vital alemán”.

Son Gran Bretaña y Estados Unidos las potencias que mayor atención reciben a la hora de censurar pasajes de Mi lucha. ­Hitler teme que su discurso incendiario alarme a esas dos naciones y se conviertan en un obstáculo para su proyecto de crecimiento territorial.

Editores de ambos países mostraron interés en adquirir los derechos para traducir la obra al inglés. La estadunidense Houghton Mifflin y la británica Hurst & Blackett lograron conseguirlos. Así, en 1934 aparecieron My Battle en Estados Unidos y My Struggle en Gran Bretaña. Eso sí, sin los pasajes que inquietaban y molestaban a Hitler.

Cuatro años después, en 1938, el pequeño editor Stackpole decidió saltarse los acuerdos y publicar de manera íntegra una traducción al inglés. Consciente de la competencia que ello significaba, el editor oficial –Houghton Mifflin– decidió sacar otra edición completa, a través de la triangulación con otro editor, Reynal & Hitchcock.

Mediante una disputa judicial los alemanes lograron que el tribunal estadunidense fallara en favor del autor y ordenara a las editoriales retirar el libro no autorizado. Sin embargo, más de 12 mil ejemplares de la versión fueron vendidos en sólo tres meses.

Vitkine sostiene además que, aunque de forma tardía –cuando menos una década después de haber salido al mercado y cuando Hitler ya era canciller alemán–, los dirigentes políticos de las grandes potencias no fueron indiferentes a la denominada “Biblia nazi”. Stalin, Roosevelt, De Gaulle y Churchill tuvieron acceso a la obra y de alguna forma despertó los focos amarillos de las naciones poderosas.

Algunos de ellos comprendieron a cabalidad el alcance de lo ahí vertido: la personalidad de Hitler y sus macabras intenciones. Y, por ende, no creyeron en el discurso pacifista del nazi.

“Churchill pone de relieve que para ­Hitler el pacifismo es el más mortal de los pecados porque significa la derrota de la raza en la lucha por la vida. (…) En particular, capta su antisemitismo fundamental, lo que una vez más lo distingue de sus contemporáneos”, expone.

Agrega: “Su análisis es tanto más importante porque lo que más le repugna es precisamente la negación de los derechos del hombre que preconizan los nazis. Esto lo lleva a la convicción de que Hitler no es un hombre digno de confianza”.

Y tuvo razón.