Yo lo denuncié y no me arrepiento

Arturo hizo lo correcto al denunciar a criminales y salvar vidas, sobre todo la de su familia. Sin embargo, está apestado, como él mismo dice: nadie lo busca, ni siquiera sus hermanos, quienes más bien lo expulsaron de su entorno.

La verdad es que Arturo nunca fue popular. El acné en su rostro nunca lo hizo atractivo. Su piel morena, cabello hirsuto y baja estatura tampoco le ayudaron con las mujeres. Pero en cambio Arturo supo ganar amigos en la carrera de medicina y en las cantinas, donde con su bonhomía suplió las carencias físicas. Pero, tras denunciar a Joaquín El Chapo Guzmán, su estrella se opacó.

Arturo vive en un suburbio texano al que conoció hace más de 10 años, cuando uno de sus tíos se fue a vivir ahí. Recuerda los campos de algodón: “Qué lejos están esos recuerdos de lo que me tocó vivir”, dice suspirando. Hoy,  está atado a dos celulares: uno para comunicarse con su esposa e hijos, el otro para hacerlo con la DEA y el FBI. Arturo habla con el reportero desde su iPhone 5c amarillo. “Es el personal”, enfatiza.

Relata: El 22 de enero de 2014, presionado por agentes de la DEA, entregó al Chapo. Lo arrestaron justo un mes después, exactamente donde él les dijo que estaría, junto a sus acompañantes.

Por esas fechas ejercía su oficio de cirujano y durante meses, de enero de 2013 a principios del año siguiente, aceptó atender a los pistoleros  presuntamente vinculados con el Cártel de Sinaloa. Había recibido la oferta de trabajar para “el señor”, admite, y la aceptó.

Durante ese periodo, un amigo le presentó a una prima de Emma Coronel, la esposa del “señor”. Ella era divorciada y tenía varios hijos. Eso no le importó a Arturo, y comenzó a cortejarla. Un día iniciaron una conversación a través de Facebook. Al principio intercambiaron mensajes breves, luego comenzaron a contarse sus intimidades y a tratar de encontrarse físicamente. No lo lograron.

Un año antes, Arturo había entregado a su cuñado, El M-10 –jefe de jefes en  Chihuahua y mano derecha del Chapo– a los agentes de la DEA. Con ello se ganó la confianza de la agencia antidrogas que, en reciprocidad, lo trasladó a El Paso, Texas, junto con su entonces esposa e hijos para protegerlos de una posible venganza del cártel. Y les advirtieron que por ningún motivo podrían abandonar la ciudad.

Sin embargo, la esposa de Arturo se enteró de sus conversaciones con la prima de Emma Coronel y se regresó a Ciudad Juárez. No pensó que las autoridades migratorias la iban a detener. Fue entonces cuando la DEA comenzó a presionar a Arturo, quien les ofreció un intercambio: la libertad de su pareja a cambio de que él les ayudara a ubicar al Chapo.

Arturo se comunicó con Emma Coronel. Le dijo que aceptaba la oferta de trabajar para el capo. Ella le dio su número de celular y le pidió desplazarse a Hermosillo. De ahí, le dijo, se irían a Mazatlán. En enero de 2014, cuando tenía todo amarrado, se comunicó con la DEA. El Chapo fue capturado el 22 de febrero siguiente. La esposa de Arturo meses después, en mayo.

Una semana después del arresto de Guzmán, el reportero recibió la primera llamada de Arturo. Comentó que había aportado información a la DEA para el arresto del Chapo y propuso un encuentro para mostrar fotografías, números telefónicos y su visa como informante de la DEA.

Se quejó del incumplimiento de la agencia –su esposa aun no era liberada– y pidió apoyo para localizar a un buen abogado. Dijo que no tenía a quien más recurrir.

“El apestado”

Arturo, Tury, nació en Ciudad Juárez. Tiene 42 años y es el menor de la familia. Ante la falta de padre, su madre se hizo cargo de él y los otros 10 hermanos. Tury fue el único que estudió una carrera y era el más admirado de la familia; sus hermanos lo buscaban cuando tenían problemas.

Pero dejaron de hacerlo tras el arresto de su cuñado; incluso ya ni le hablan. Con respecto a su madre, hace 10 meses que no sabe de ella. “Estoy apestado”, dice.

Sin embargo, dice no arrepentirse de sus delaciones. Como cirujano –dice durante la entrevista, frente a una desvencijada cantina de un suburbio texano–, hay que salvar vidas sin preguntar quién es el enfermo; pero como simple ciudadano sabe que los delincuentes deben ser denunciados aunque sean de la familia.

“Yo hice lo correcto; no me arrepiento. Ojalá y así fueran todos en México, pero no. La gente se queda callada por miedo, por apatía. ¡Por eso nos chingan esos hijos de su pinche madre!, dice en alusión a los sicarios que siguen esperándolo en México para matarlo.

Del verano de 2014, cuando Arturo pidió ver al reportero para solicitarle ayuda a junio pasado, cuando se realizó la entrevista, Arturo engordó, aunque dice estar en su peso natural. En esa época, dice, perdió 20 kilos a causa del estrés. Hoy luce más tranquilo; ya no tiene fruncido el ceño todo el tiempo como entonces, incluso su voz es más suave. “El tiempo cambia a las personas”, comenta.

Arturo ya no trabaja en la clínica local; ahora se dedica a ver películas. Cada dos días viaja junto a sus hijos a El Paso a ver cintas de acción. Así lo viene haciendo desde que su familia dejó de hablarle.

“Para mi esposa y mis compas soy un pendejo; así me dicen, en serio –comenta–. Soy pendejo por meterme en pedos de oquis… Pero a mí me vale madres si soy pendejo o no. Sigo pensando que hice lo correcto: eliminar al menos a dos lacras que se estaban chingando a México.”

El año pasado, Arturo comentó al reportero que había entregado al Chapo por su esposa. Si no lo hubiera hecho, no la habría recuperado.

Antes de que la DEA instalara a Arturo y su familia en un departamento por el que pagó 12 mil dólares de renta por un año, él se había divorciado y sólo veía a sus hijos una vez por semana, pero la DEA volvió a reunirse. Y cuando ella descubrió sus conversaciones y abandonó Texas y Migración la aprehendió, supo, dice, que tenía que liberarla.

Lo único que lamenta es haber perdido su casa, sus tres autos, sus amigos, su madre y sus hermanos, a quienes procuraba cada semana.