Al momento de escribir este artículo hay múltiples elucubraciones en los medios de comunicación respecto a los acuerdos que tendrán o no los acreedores internacionales y el gobierno de Grecia. Existe una enorme incertidumbre sobre el futuro. Una sola cosa es cierta: Independientemente de las medidas que se adopten, la crisis griega ha producido ya efectos muy negativos en la Unión Europea, en la credibilidad de las soluciones propuestas hasta ahora por la llamada Troika (el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea), en las relaciones geopolíticas y en el pensamiento sobre el destino de las deudas soberanas a través del mundo.
Son muchos los elementos que han contribuido a la situación actual. Imposible hacer caso omiso de los desatinos griegos para conducir la administración pública. Una larga historia de clientelismo y cacicazgos políticos, con la consiguiente dificultad para modernizarse y realizar planeación y evaluación de largo plazo, ha sido parte de la historia contemporánea de ese país. Sin embargo, todo análisis serio lleva a la conclusión de que la responsabilidad principal corresponde a los errores de los programas de rescate que la Troika implementó desde que salieron a la luz los problemas de Grecia en 2010.
Durante cinco años, tales programas produjeron situaciones devastadoras en la realidad social de los griegos, al grado de que, en palabras de los actuales dirigentes, se puede hablar de una verdadera crisis humanitaria. En efecto, las condiciones que acompañaron los planes de rescate colocaron como objetivo central los pagos a los acreedores sin dar lugar a medidas de reanimación económica interna que hicieran contrapeso a la austeridad exigida.
Las consecuencias fueron el empobrecimiento de la población, el descontento social y, finalmente, la imposibilidad de cumplir con el pago de la deuda. Grecia se convirtió así en el primer país de la UE que no cumplió sus compromisos con el FMI. El referéndum convocado por el actual gobierno dio una victoria incontestable al “no” a las condiciones que han venido imponiendo los programas de rescate. Un acto de dignidad indudable, pero que no soluciona la urgente necesidad de poner en funcionamiento el sistema bancario del país perteneciente a la zona monetaria del euro que carece por lo pronto de esa divisa, a menos que un acuerdo con el Banco Central Europeo le permita obtenerla.
Para algunos sería posible que la UE siga su camino ignorando la tragedia de un país pequeño, incómodo bajo una dirigencia y un pueblo que cuestionan y denuncian los intereses puramente unilaterales que han guiado las políticas de la Troika. Es muy probable que así lo vean la mayoría de los votantes alemanes, franceses y polacos, por citar algunos. Lo cierto es que la salida de Grecia de la UE sería una herida profunda en los cimientos ideológicos y políticos sobre los cuales se edificó la ampliación hacia los países mediterráneos y, más tarde, hacia la Europa del Este de la original Comunidad Económica Europea, formada por Alemania, Bélgica, Holanda, Francia, Italia y Luxemburgo.
La ampliación se presentó en el discurso de la actual UE como el medio indispensable para configurar una Europa cohesionada, capaz de ir superando la brecha económica entre el Norte industrializado y el Sur menos desarrollado, pero unida en torno a una fuerte identidad europea que compartía valores indiscutibles, como la democracia, el libre mercado y los derechos humanos. Esa Europa integrada, el proyecto más exitoso desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pierde todo su sentido en el momento en que uno de sus miembros más icónicos, pieza central para la identidad, como Grecia, es abandonado a su suerte en medio de fuertes polémicas sobre lo atinado de las políticas económicas que han recomendado los dirigentes más poderosos de la UE.
La tragedia griega no repercute solamente dentro de las fronteras de ese país mediterráneo. Afecta la importancia geopolítica de Europa cuando su peso empezaba a disminuir, bajo la fuerte influencia de Asia y la notoria incapacidad de la UE para practicar una política externa común que le permita desempeñar un papel más notorio en las crisis que le conciernen, como la de Ucrania, y los acontecimientos del Medio Oriente.
En un panorama pleno de tribulaciones para la UE, el caso de Grecia no es trivial. Las determinaciones que se adopten contribuirán a su debilitamiento o abrirán caminos de esperanza. De manera inesperada la voz de Grecia puede tener un peso más grande que su tamaño y poder reales.
Existen al menos dos condiciones que permitirían hablar de una solución al problema griego. La primera es un plan conjunto de Alemania y Grecia para la reducción de la deuda. Esto podría hacerse de manera flexible; por ejemplo, reducción de tasas de interés y vencimientos a más largo plazo aunados a una reducción del valor nominal del débito. Se trata, sin duda, de una idea difícil de vender a los votantes alemanes que, según encuestas, se oponen en 66% a cualquier concesión en este caso. Sin embargo, no pasa inadvertida la llamada de atención en la prensa internacional respecto a la reducción de la deuda alemana en los años de la posguerra, cuando ésta se redujo a la mitad, creando con ello las condiciones para la sorprendente recuperación del país. Vale la pena consultar sobre el tema el estupendo artículo de Eduardo Porter en The New York Times (06/07/2015). Hábilmente manejado, Merkel puede evocar esas experiencias históricas para justificar una reducción que puede tener efectos positivos para deudores y acreedores.
Por otra parte, Tsipras se halla ante la oportunidad de encontrar una salida utilizando el capital político que le da el referéndum. Podría convencer a los griegos de un programa de reformas con una política económica que aliente el crecimiento del mercado interno sin repetir los excesos del pasado e introduciendo una disciplina de largo plazo que modernice el manejo de la administración pública griega.
Es difícil que se encuentre el camino anterior. Los acontecimientos de los próximos días nos dirán hasta dónde se aproximan a él. La situación contraria, una de recriminaciones mutuas e indignación, sólo ahondará aun más el debilitamiento de la UE y hará más dolorosa la recuperación griega, con todas sus consecuencias para la economía y la política mundiales.








