Gaza: Entre las ruinas y el olvido

El miércoles 8 se cumplirá un año del inicio de la guerra entre Israel y grupos armados palestinos en la Franja de Gaza. Fueron siete semanas de un conflicto devastador que dejó 2 mil 200 palestinos y 70 israelíes muertos. Doce meses después, Gaza sigue aislada y en ruinas. La comunidad internacional y las autoridades israelíes y palestinas han incumplido los prometidos recursos para reconstruir la ciudad y asistir a sus habitantes. La mayoría de éstos padece pobreza y desempleo y sufre los traumas de los bombardeos y la falta de esperanzas. Viven “suspendidos en el tiempo”.

GAZA.- La mano de Salwa Al Bakr se desliza cuidadosamente por la lápida mientras la lava sin prisa, con agua fresca. Es como si estuviera acariciando aún el rostro de su hijo de 11 años ahí sepultado. El nombre grabado en el mármol, Mohammad Al Bakr, empieza a borrarse pese a que hace menos de un año el niño fue enterrado en este apacible cementerio desde donde se escuchan las olas del mar de Gaza y se respira una calma ficticia y rara en la Franja.

“Vengo aquí cada día. Le hablo y le cuento cosas. Todo me recuerda a él: cuando comemos, cuando mis otros hijos juegan… Pero Mohammad ya no está y daría mi vida, si pudiera, para que él volviera”, solloza, inconsolable, su madre.

Mohammad al Bakr fue uno de los cuatro niños de entre nueve y 11 años que murieron en un bombardeo del ejército israelí cuando jugaban futbol en una playa de Gaza el 16 de julio de 2014. Fue uno de los episodios más dolorosos de esta guerra; una historia que dio la vuelta al mundo y que el ejército israelí dijo que investigaría.

Pero el pasado 11 de junio la justicia militar israelí decidió archivar la investigación de la muerte de estos cuatro niños palestinos al no detectar irregularidades. El comunicado difundido por el ejército explica que quienes autorizaron el ataque con misiles en la playa no tenían cómo saber que las figuras en movimiento eran niños y, según sus fuentes, el área era usada “exclusivamente” por militantes del movimiento de resistencia islámico Hamas. El caso es un “trágico incidente” pero no hay argumentos que justifiquen una investigación, explicaron los responsables militares.

Periodistas alojados en un hotel situado en esta playa fueron testigos del ataque. Aseguraron que no había duda de que las figuras que huían despavoridas eran niños.

“¿Cómo pudieron disparar a nuestros hijos? ¿Cómo pudieron hacernos esto? Si al menos nos pidieran perdón se haría de alguna forma justicia a Mohammad. Y si alguien fuera juzgado y condenado por su muerte eso me traería paz, porque ahora lo único que siento es rabia”, dice con voz suave y pausada esta mujer de 42 años, madre de 10 hijos.

“Mártires”

Un informe sobre Gaza difundido el 22 de junio por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU consideró que hay sospechas de que tanto el ejército israelí como los grupos armados palestinos cometieron crímenes de guerra en 2014. El informe lamentaba además la impunidad de la que se benefician ambas partes y citaba como ejemplo el cierre del caso de la muerte de los cuatro niños en la playa de Gaza.

“Si yo hubiera estado en casa ese día, no lo habría dejado salir a jugar y Mohammad­ estaría vivo”, repite, impotente, Salwa Al Bakr.

Sentado a pocos metros de la lápida de su hermano, Sayed, herido en las piernas en el mismo ataque, escucha a su madre en silencio y con aire ausente. Tiene 14 años y ya no se permite el lujo de llorar y menos en público, pero su mirada pide ayuda a gritos.

Sayed jamás ha puesto un pie fuera de los 360 kilómetros cuadrados de la Franja de Gaza y su vida quedó suspendida el día en que vio morir a su hermano. Ha dejado la escuela, se ha encerrado en sí mismo y sólo la mano de su madre sobre sus hombros parece reconfortarlo. Recibió ayuda psicológica algún tiempo, pero sigue terriblemente traumatizado y es difícil arrancarle algunas palabras. El único momento en que lanza una sonrisa es cuando habla del Real Madrid, su equipo favorito.

“A mi hermano lo llamaban Cristiano Ronaldo porque era su ídolo y se cortaba el cabello como él. Echo de menos jugar con él. Estoy enfadado y quiero vengar su muerte. Me gustaría unirme a la resistencia (palestina contra Israel)”, dice Sayed, ajeno al semblante desencajado de sus padres.

Según la ONU, 540 niños de Gaza murieron en la guerra del pasado verano, 70% de ellos eran menores de 12 años. El UNICEF calcula que en la Franja hay 373 mil menores que necesitan ayuda psicológica.

Los integrantes de la familia Al Bakr encarnan el sufrimiento, la pobreza y la falta de libertad y perspectivas que castigan a la mayoría de los 1.8 millones de habitantes de Gaza.

Ramiz Al Bakr, cabeza de familia, es pescador. Posee una pequeña barca y padece cada día las restricciones del bloqueo terrestre, aéreo y marítimo que Israel impuso sobre Gaza desde 2007 y que no se ha aliviado significativamente, pese a ser una de las condiciones de la tregua de agosto de 2014.

“Hasta 2007 nos podíamos alejar 12 millas para pescar; después se redujo a tres millas y ahora, después de la guerra, podemos adentrarnos seis millas. Pero a esa distancia aún no hay peces”, lamenta.

La familia vive pobremente, en una casa especialmente oscura y silenciosa en estos días de Ramadán, el mes de ayuno y oración para los musulmanes.

Los padres de Mohammad no han recibido ayuda alguna de las autoridades palestinas tras la muerte de su hijo. Ni de Al Fatah, partido del presidente Mahmud Abbas, ni de Hamas, el movimiento de resistencia islámico que controla Gaza. Ramiz explica que antes del inicio del Ramadán recibieron, al igual que otras familias, un cheque de 5 mil dólares de los Emiratos Árabes Unidos.

“Gaza está lejos de la mirada de Abbas.­ Los mártires de Gaza no les importan”, lamenta amargamente el padre de Mohammad.

La misma decepción hacia las autoridades, sean de Al Fatah o de Hamas, se respira en las calles de Gaza, donde la población se siente rehén de la falta de entendimiento entre los grupos palestinos.

La reciente implosión del gobierno de unidad entre Al Fatah y Hamas, nacido en mayo de 2014 y que nunca pudo ejercer realmente, enturbia aún más el futuro de los palestinos. Sobre todo el de los gazatíes. En los últimos meses, cerca de 10 cohetes han sido lanzados desde la Franja hacia Israel sin provocar víctimas. El brazo armado de Hamas no ha reivindicado estos ataques, que han aumentado de nuevo la tensión con Israel.

Entre escombros

“El gobierno de unidad no hizo nada por nosotros”, lanza, rabiosa, Bassema Alnweiri. Su casa, en el campo de refugiados de Nusseirat, 10 kilómetros al sur de la ciudad de Gaza, se transformó en una montaña de escombros el 9 de julio de 2014. Poco antes del bombardeo, su padre recibió una llamada del ejército israelí avisándole que tenían cinco minutos para salir. Se marcharon con lo puesto.

Casi un año después, esta bioquímica palestina de 36 años, formada en España, vive con sus padres y cinco hermanos en un pequeño apartamento alquilado. Han cambiado de casa cuatro veces desde el final de la guerra y aún buscan una razón que explique por qué Israel lanzó un misil contra su casa.

“Y sigo sin saber por qué”, dice Bassema. “Nuestra casa no era una base militar. En ninguna guerra entre dos países con sus respectivos ejércitos se permite atacar a los civiles y mucho menos en un enfrentamiento contra un pueblo ocupado que no tiene ejército ni es realmente un país”, agrega.

Al norte de la Franja de Gaza, en el castigado vecindario de Shuyaiyah, la familia de Rabah Abu Shanab también se pregunta por qué les tocó a ellos. Su casa fue bombardeada el 17 de julio, un día en que esta zona de Gaza, considerada por Israel “una fortaleza terrorista”, sufrió constantes ataques que provocaron decenas de muertes y el éxodo de miles de personas.

Parece que el reloj se hubiera detenido ese día en algunas calles de Shuyaiyah y basta un corto paseo entre las silenciosas ruinas para comprobar que la reconstrucción no ha empezado en Gaza.

Rabah Abu Shanab, de 58 años, y 13 personas de su familia viven en una improvisada casa levantada por ellos mismos con láminas y madera, a escasos 10 metros de las ruinas de su hogar.

Este padre de familia trabajó más de 26 años en Israel cuando los palestinos de Gaza aún podían salir, con restricciones, y ser contratados fuera de la Franja. Le fue bien y pudo hacer dinero. Pero todo se esfumó en julio de 2014. Hoy la familia se hacina en medio del polvo y el calor asfixiante en esta endeble casa de suelo de tierra. Ninguno de sus miembros trabaja y comen gracias a la ayuda humanitaria internacional. Como en un ritual, Rabah enseña a cualquier visitante las ruinas de su casa. En el suelo, entre los escombros, duerme, encogido, uno de sus hijos.

“Desde hace un año sólo hemos recibido mil 500 dólares de ayuda de la ONU”, explica Rabah.

La familia de Bassema Alnweiri está en el mismo caso. Desde julio de 2014 se han beneficiado de pequeñas indemnizaciones simbólicas que llegan con mucho retraso. Su padre invirtió los ahorros en pagar el alquiler y Bassema se encontró trabajando como periodista para medios extranjeros.

Pero el interés de la prensa internacional por Gaza se redujo conforme pasaban los meses.

“Aún no me he atrevido a decir a mis padres que ya no tengo trabajo. Los veo tan mal que no quiero preocuparlos y sigo ayudando a la familia gracias a unos ahorros, pero no sé qué voy a hacer. Veo mi futuro negro. He estudiado mucho, me he formado en el extranjero y me veo capaz de hacer cosas, pero no encuentro una oportunidad”, lamenta.

“Suspendidos en el tiempo”

La UNRWA, agencia de la ONU para los refugiados palestinos, advierte que “la economía de Gaza está al borde del colapso”. El comercio es inexistente, la tasa de desem­pleo bate récords mundiales al superar 42%, la electricidad y el agua potable llegan a cuentagotas y, en este momento, más de 870 mil habitantes de la Franja comen gracias a la ayuda humanitaria.

“Gaza no es un desastre natural. Ha sido provocado por la mano del hombre, como resultado de elecciones políticas deliberadas. Ahora hay que tomar decisiones diferentes porque ¿qué adelantamos con reconstruir un lugar mientras condenamos a sus habitantes a la humillación y la dependencia?”, se pregunta Chris Gunness, portavoz de la UNRWA.

Desde hace meses, esta agencia de la ONU no recibe los fondos prometidos en una reunión de donantes celebrada en octubre en Egipto, y no ha podido reconstruir casas ni repartir ayuda digna a miles de familias que salieron de sus hogares destruidos.

La situación financiera de la UNRWA es tan preocupante que no ha renovado su contrato a una parte de su personal extranjero y amenaza con no reabrir las 240 escuelas de Gaza en septiembre, lo cual afectaría a más de 230 mil niños.

“Todos en Gaza necesitamos ayuda psicológica. Todos. Veo en los rostros de la gente que están suspendidos en el tiempo. No podemos hacer nada, esta situación nos supera y estamos esperando. ¿Esperando qué? Nadie lo sabe ya”, suspira Bassema.

El pasado 29 de junio la Marina israelí interceptó una flotilla de solidaridad con Gaza que quería romper el bloqueo y llegar a las costas de la Franja.

Horas después, el primer ministro Benjamín Netanyahu recordó en un comunicado la posición de Israel en Gaza: “No hay un bloqueo contra Gaza. Israel asiste a esta región transfiriendo mercancías y material humanitario. Aproximadamente 800 camiones entraron en Gaza recientemente con más de 1.6 millones de toneladas de bienes. Israel persigue la paz y actúa respetando la ley internacional para que los residentes de Gaza puedan tener una vida segura y sus hijos crezcan en paz”, afirmó.

Las palabras del jefe del gobierno israelí se estrellan con la realidad de las calles de Gaza donde se respiran el miedo, la falta de libertad y la ausencia de esperanza.

En un departamento situado frente al gran hospital Shifa de Gaza, Farah Baker no se separa de su teléfono. Es su arma y su puente con el mundo exterior. Esta joven de 17 años, de profundos ojos azules, envía varios mensajes al día por las redes sociales para “describir al mundo la vida diaria en Gaza”. Hace un año contó la guerra prácticamente en directo por Twitter a través de la ventana de su habitación, describió la llegada de las víctimas al hospital, su miedo a morir, su rabia y sus sueños de adolescente. Varias decenas de miles de personas en todo el mundo comenzaron a seguirla.

“Quiero que el mundo sepa que la inmensa mayoría de los habitantes de Gaza queremos paz, que sufrimos un bloqueo terrible y tenemos miedo a una nueva guerra”, explica.

Las amenazas que ha recibido por Twitter­ no la amedrentan. “Hay israelíes que me escriben para decirme que saben cómo encontrarme y que deje de enviar tuits, pero nada puede pararme”, asegura.

Su discurso conmueve por la madurez y la firmeza que transmite. A modo de despedida, Farah piensa en voz alta: “Quiero que la gente sea consciente de que me gustaría viajar, comprar cosas por internet y vivir un día en España. Pero no puedo, porque soy una palestina de Gaza y estoy presa aquí”.