En medio de la noche, un grupo de cocineros enmascarados fabrica cristales de metanfetamina en despoblado; según explica uno de ellos, la receta la aprendieron de un señor americano y de su hijo, y ahora los mexicanos están a cargo. Entre lúcido y cínico, afirma que, como son pobres y en Estados Unidos se vende más droga que en ninguna parte del mundo, pues lo seguirán haciendo y su reino no tendrá fin.
Abundan ya documentales y películas de narcos, pero Tierra de cárteles (Narco land; México-Estados Unidos, 2015), innova porque explora un territorio inédito, el episodio de los Autodefensas en Michoacán, el nacimiento de un líder carismático (el doctor Mireles), la corrupción de su movimiento y su caída. El premio del Festival de Sundance reconoce el talento de Matthew Heineman, un joven realizador y fotógrafo atrevido que pone el dedo en la llaga, funciona por instinto y aprovecha, como corresponsal de guerra, la acción de la calamidad.
Tierra de cárteles contrasta dos universos: el de la población michoacana desolada y las atrocidades de los narcos, familias enteras masacradas, bebés de tres meses estrellados contra las piedras, el inevitable surgimiento de un caudillo que organiza a la aterrada población y asume el derecho a defenderse cuando el gobierno no garantiza la necesidad y sólo promete… Heineman registra el crecimiento del movimiento, la corrupción del poder, la pérdida de control, la infiltración del narco, el contubernio y la corrupción.
El otro es un universo que se quisiera sellado y seguro, pero que se halla amenazado –según Foley, un veterano de guerra– por una invasión alienígena: la de los ilegales. Posicionado en la frontera, cae en cuenta que el peligro más grave es el de los narcos; así, el solitario Rambo, con equipo precario en comparación a la sofisticación de los cárteles, termina por atraer a una banda de Rambos que en el fondo no da pie con bola. Pero la consigna es clara, buenas cercas hacen buenos vecinos y dos razas diferentes no pueden convivir; como si en Estados Unidos hubiese una sola raza y cultura homogéneas.
Si la yuxtaposición (el Western fronterizo con el infierno del narco) parece dispareja y forzada, por lo menos sostiene la metáfora moral del documental, la de la borrosa, quizá ilusoria, frontera entre el bien y el mal. La toma, repetida, de la cerca interminable pero llena de agujeros entre el país del Norte y el del Sur, se refleja abismalmente en la dinámica de las bandas de templarios con sus antagonistas, las Autodefensas que terminan por emplear las tácticas y técnicas de los narcos mismos, persecución y centros de tortura, fosas comunes y despojos.
O el gobierno y los vigilantes; o por supuesto, gobierno y narcos.








