A 100 años de la muerte de Porfirio Díaz, protagonista de 30 años de historia mexicana desde el poder, los especialistas Carlos Martínez Assad de la UNAM, Carlos San Juan Victoria del INAH, Ariel Rodríguez Kuri de El Colegio de México, Armando Bartra de la UAM, y Emilio Kourí de la Universidad de Chicago, emiten sus conclusiones sobre el controvertido personaje.
A Porfirio Díaz ya lo juzgó la historia. Y si bien con el pretexto del centenario de su muerte valen los revisionismos, evaluar lo que aportó al desarrollo económico del país, reconocerlo como el héroe de las batallas contra la invasión extranjera, el constructor de gran infraestructura y demás, no hay vuelta de hoja: Desde el primer momento en el cual deja la Presidencia es ya considerado un dictador.
Y no sólo por los 30 años que se entronizó en el poder sino por su gobierno autoritario, la represión con la cual encaró los movimientos disidentes, la persecución y genocidio contra varios grupos indígenas, el despojo de tierras y otros hechos.
Es la conclusión de varios historiadores consultados por este semanario con motivo del centenario del fallecimiento del hombre que gobernó México entre 1876 y 1911 –ocurrida el 2 de julio de 1915 en Francia–, a quienes se les interrogó sobre cómo deberían verlo hoy las nuevas generaciones.
Proceso acaba de editar el especial Juicio al Porfiriato. Cien años de la muerte de Porfirio Díaz, en cuyo primer volúmen colaboran Anne Marie Mergier, corresponsal en Francia, y los historiadores Paul Garner, Romana Falcón, Carlos Marichal, Lorenzo Meyer, Enrique Krauze y Álvaro Matute.
Ahora, otro grupo de especialistas analiza si es pertinente revalorizarlo, si fue la historia oficial de los gobiernos “emanados de la revolución” que su régimen desató la que lo convirtió en un villano, y si frente a la conducta de los gobiernos actuales la suya aparece menos perniciosa.
Desde luego persiste también la idea de que debería ser evaluado sin esquematismos, y hasta sigue planteándose la posibilidad de repatriar sus restos, depositados hoy en el cementerio de Montparnasse en París, para rendirle honores de Estado.
Juicio definitivo
Especialista en historia política y regional y miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Carlos Martínez Assad expresa su sorpresa porque se sigan buscando las efemérides y conmemoraciones. Piensa que es tal la incertidumbre sobre el futuro que se insiste en el pasado con esa idea de que “todo tiempo pasado fue mejor”.
Sin embargo, decir eso en el caso de Díaz sería una “desviación” pues desde su óptica el casi centenar de libros y los miles de artículos escritos sobre el personaje “ya han dado un juicio histórico”.
Así, aunque se puedan conocer nuevos aspectos sobre sus acciones y seguir analizando su régimen (adelanta que él trabaja ahora mismo sobre una biografía de Bernardo Reyes como el verdadero sucesor político de Díaz), el investigador considera que la historia “ha sido muy enfática”:
“Desde los primeros libros que se gestaron al año siguiente de su caída, ya se hablaba del Díaz dictador.”
Y responde a pregunta de Proceso que esa imagen no fue una construcción de la historia oficial creada por los gobiernos priistas “emanados de la Revolución”, pues para entonces ni siquiera se prefiguraba el PRI, y ya se hablaba desde entonces de los daños causados por el porfiriato al pueblo de México “tanto que había desencadenado una revolución”.
Agrega que la historia oficial ha sido frecuentada por políticos priistas, panistas y de otros signos, incluso por intelectuales que también han contribuido a crear la imagen de Díaz que más les conviene:
“En ese sentido creo importante que las nuevas generaciones aprendan no sólo de Porfirio Díaz sino de muchos otros personajes ignorados de la historia de México. Se debe volver a los hechos. Aunque, finalmente, un dictador que dura treinta años en el poder no deja de ser un dictador, independientemente del fuerte impulso dado al desarrollo del país.”
Recuerda entre algunas de las acciones realizadas por Díaz acertadamente el haber colocado a México en la escena internacional, para lo cual dio su sello a las fiestas del Centenario de 1810.
El académico destaca cómo Díaz se confrontó con el gobernante estadunidense William Taft, durante la primera visita oficial de un presidente de Estados Unidos a México, realizada en 1909 en Ciudad Juárez, para defender la soberanía del continente americano:
“Le hace el reclamo: ¿Cómo América para los americanos?… Taft se va de la reunión enojadísimo con Díaz. De inmediato, el gobierno de Taft comienza a hacerse de la vista gorda con los revolucionarios para el contrabando de armas.
“Como ve, creo que siempre hay cosas por decir, pero definitivamente la historia ha hecho su trabajo y lo ha hecho bien, así que es un poco vano considerar que éste es el momento del juicio absoluto a Díaz.”
Se le pregunta si se le considera dictador por los más de 30 años de gobierno o por el despotismo y violencia con que repelió la protesta social. A decir suyo todos los regímenes que ven cerca su fin tienen actitudes represivas, como los imperios otomano y romano. Insiste entonces:
“No podemos andar en esa actitud que se quiere tengamos los mexicanos de reivindicar figuras históricas porque si lo hacemos pues sigue Santa Anna, ¿no? Y ahí nos vamos.
“Son actitudes muy conservadoras para observar los hechos pero el juicio está dado. Los mismos hechos lo han emplazado así de tal forma que no veo la pertinencia, por ningún motivo, de reivindicación cuando procede simplemente el juicio de la historia.”
Es muy puntual al señalar frente al tema de si los restos de Díaz deben permanecer en Montparnasse o ser traídos a México que se trata de “una cuestión familiar que no compete para nada ni a la sociedad en su conjunto ni al Estado mexicano, hay que dejar en manos de la familia la decisión de traerlo y enterrarlo con el resto de su parentela muerta”.
Héroe y oligarca
Vía correo electrónico, Carlos San Juan Victoria, economista e historiador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) plantea la necesidad de sopesar los dos aspectos de Porfirio Díaz e –irónicamente– reconocerlo como el forjador de la Revolución Mexicana:
“Hay dos Porfirios. Uno es el héroe del 2 de abril, uno de los generales que recupera para el liberalismo mexicano grandes ciudades y expulsa a los invasores franceses. El otro se va perfilando en 35 años de ejercicio de poder y es uno de los grandes actores de otra transformación que va en sentido contrario, aliado con los grandes poderes de entonces. La economía se monopoliza en pocas manos, se expropian a favor de la propiedad privada de los poderosos muchos territorios de los pueblos, las ciudades crecen y el campo se empobrece, la política se hace oligárquica y autoritaria.”
Considera que las nuevas generaciones deben asomarse a los dos Porfirios, “no pueden eludir ese dilema… para entender y actuar en su propia circunstancia”.
Habla también de cómo se puede juzgar a Díaz en comparación con los gobiernos actuales que adolecen de los vicios arriba mencionados:
“Sin ironía de por medio, pero don Porfirio fue más nacionalista pues daba entrada y contrapesaba a las grandes potencias y a las empresas internacionales de entonces. Mas entrenado en los equilibrios políticos, los pactos y acuerdos donde movía los muchos hilos de interlocución directa que mantuvo con viejos oficiales que hablaban por sus pueblos. También ejerció la corrupción, la violencia contra sus opositores y el control de la prensa y el congreso. Estaba inserto en el claro-oscuro de una gran experiencia nacional. Las tecnocracias actuales están desgajadas de gran parte de ello, preservaron y amplificaron la corrupción y ejercen otras formas de control autoritario. En sus decisiones mayores, por ejemplo las recientes reformas estructurales son literalmente post-nacionales. Así nos va.”
Honores
Para el historiador Ariel Rodríguez Kuri, investigador de El Colegio de México, no hay duda de que Díaz fue, al mismo tiempo, un estadista y “propiciador de la mayor revolución social latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Díaz alentó el crecimiento económico y destrozó cualquier pacto político oligárquico para resolver su sucesión”.
Dice, por correo electrónico, que “su pecado mayor” fue “no haber realizado ninguna reforma política que abriera posibilidades de su propia sucesión pacífica en la década de 1900”.
Con respecto a los gobiernos recientes, el académico indica que no fue especialmente corrupto, sobre todo “si entendemos por corrupción el dinero mal habido”. En cambio fue “soberbio en el ejercicio del poder, celoso patológico de sus contrapartes (Bernardo Reyes), sin doctrina propiamente tal (un hiperrealista de la política, lo más peligroso)”.
A guisa de ejemplo menciona que el colmo de su soberbia fue haber rechazado una política militar, por lo cual México fue el país más débil de Latinoamérica en términos de su ejército.
Finalmente, Rodríguez Kuri manifiesta ser uno de los partidarios del regreso con gloria de Díaz:
“Es un héroe militar de la república. Debe estar enterrado, y con honores, en suelo nacional, por su contribución a la revolución liberal y a la lucha contra el segundo imperio. Aunque como estadista está sobrevalorado.”
La familia Díaz no quita el dedo del renglón. Así lo expresaron algunos de sus miembros recientemente en entrevistas con diferentes medios: su bisnieta María Eugenia Díaz Gastine y su tataranieto Carlos Tello Díaz, quien dejó ver que su familia no se conformaría con un traslado discreto, como sugiere Martínez Assad.
Varios historiadores han expresado que eso no sería posible pues son muchos los grupos ofendidos, por ejemplo los yaquis. Incluso la directora del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, Patricia Galeana, declaró a la prensa que sería como hacerle un homenaje al dictador español Francisco Franco.
Neoporfiriato
Especialista en historia de México y de temas agrarios, el sociólogo de la Universidad Autónoma Metropolitana Armando Bartra está de acuerdo en la necesidad de hacer permanentemente un revisionismo histórico de momentos y personajes del pasado, en este caso de Díaz, pero no por el centenario, sino porque “estamos viviendo una reedición del porfiriato en el siglo XXI”.
Hace falta entonces comprender la lógica de “una dictadura modernizante, antipopular y antinacional con muchas virtudes y con eficacia política” para entender mejor “cómo se comporta hoy un autoritarismo” con las mismas características que el régimen de hace más de un siglo.
Está convencido de que ver hacia el pasado no modificará el juicio negativo hacia Díaz, pues “ya no vale el juicio moral hacia atrás”, sino ponderar las implicaciones que tuvo, pero en su opinión para el presente sí es válido:
“Los herederos de Díaz, sus discípulos y continuadores merecen nuestra más radical y tajante crítica moral. Díaz es historia, ellos están aquí.”
Explica que a Díaz le tocó a finales del siglo XIX estabilizar un gobierno, “un gobierno centralista en un país balcanizado y en un siglo muy complicado”, donde no había un poder central ni control territorial. Y el gobernante “tejió fino”, hizo del país uno, combatió cacicazgos, poderes locales, y eso hay que reconocérselo.
Pero “el siglo XIX fue de grandes insurrecciones”, cuenta, y especialmente indígenas, mayas, yaquis, “que fueron aniquiladas, destruidas, sometida a sangre y fuego, y no estoy hablando del ‘¡mátalos en caliente!’ que se refiere a otro acontecimiento (el levantamiento en Veracruz del 25 de junio de 1879), pero la política de Díaz respecto a la Guerra del Yaqui, que se trataba de apresar indios fueran o no yaquis y enviarlos a trabajar forzados y encadenados en las plantaciones del sureste, particularmente Yucatán, pues es una forma de genocidio”.
Subraya tajante que en ese juicio Díaz no tiene salvación:
“A quienes les gusta encontrar en él a una suerte de tecnócrata del XIX y XX pues le podrán echar porras, pero salvo eficiencia para lograr objetivos deleznables no hay otra virtud, y genocidio sí lo hubo.” l








