Si hubiera que buscar una frase para definir el sentimiento de fracaso y frustración de las fuerzas políticas tradicionales de la comarca, luego de los resultados de la jornada electoral del 7 de junio, esa frase bien podría ser la que lleva por título el presente artículo. Y ello porque tanto al PRI como al PAN, al PRD, al gobierno de Jalisco y al grupo que controla a la Universidad de Guadalajara –para no hablar de otras fuerzas vivas de la región que de manera más o menos embozada anduvieron metidas también en la liza electoral– les fue sencillamente como al diablo con San Miguel en cualquiera de las pastorelas conocidas.
Para quienes se identifican con el PRI, el partido en el poder en el estado y que desde 2009 ha tenido el control mayoritario de los ayuntamientos de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), los comicios fueron verdaderamente catastróficos, pues no sólo perdieron la joya de la corona (la capital de Jalisco y también los municipios más cotizados de la entidad), sino la mayoría en la siguiente legislatura local, lo que llevará al gobierno de Aristóteles Sandoval a una situación bastante incómoda, al tener que hacer acuerdos –y aun concesiones, que serían impensables si los resultados electorales hubieran sido otros– con Movimiento Ciudadano (MC), la fuerza política más ganadora de la recién finiquitada contienda electoral, y a cogobernar con los inminentes alcaldes de ese partido en la ZMG, comenzando por Enrique Alfaro, quien a partir del 1 de octubre estará a la cabeza del ayuntamiento de Guadalajara. Y a lo anterior hay que sumarle el hecho de que, a partir de septiembre, el priismo jalisciense tendrá una menguada representación en la Cámara de Diputados.
Esta serie de calamidades va a darse en los meses venideros. Pero a mediano y largo plazo el panorama será aún más sombrío para la causa del gobernador y sus allegados, pues intempestivamente le salieron alas a su acariciado sueño de figurar en las boletas electorales de 2018 y nada menos que como candidato del PRI a la Presidencia de la República. Como es bien sabido, quien se encontraba al frente de ese utópico “proyecto”, de nombre Movimiento Aristóteles Sandoval (MAS), era el magistrado Leonel Sandoval, para más señas padre del gobernador de Jalisco. Pero todo se hizo humo después de que el primer padre del estado fue descubierto y exhibido cuando, muy confiado, promovía a su retoño para “la grande” e incitaba cínicamente a los priistas de la comarca para que impidieran a todo costa la llegada de Enrique Alfaro a la alcaldía de Guadalajara, para lo cual y de ser necesario, les dijo, habría que pasar por encima de la ley, aunque haciéndolo con disimulo. El último clavo en el ataúd para el MAS, que ahora ni siquiera llega a menos, fue, por supuesto, el desastre electoral del 7 de junio.
Por lo que hace al PAN, el varapalo no ha sido menos severo. Desde hace 20 años, cuando súbitamente se convirtió en la primera fuerza política del estado, ese partido nunca había recibido “una paliza” (el exgobernador panista Francisco Ramírez Acuña dixit) como la de hace un par de semanas. Literalmente las huestes blanquiazules no sólo fueron borradas del mapa de la ZMG, donde a manera de premio de consolación sólo obtendrán unas cuantas regidurías, sino que, con una sola excepción, no pintaron en los distritos electorales del estado, ni en los locales ni en los federales. Su candidato a la alcaldía de Guadalajara, el expresidente municipal tapatío Alfonso Petersen Farah, no obstante su pregonada “experiencia” acabó siendo uno de los más vapuleados con una votación tan magra que ni siquiera llegó al 10% que le auguraban varias encuestas. Fue como si los votantes hubieran dicho: “¡Ya chole, esa película ya la vimos y no vale la pena volverla a ver!”.
Los perredistas de la comarca, comenzando por el dueño del “negocio” (¿eres tú, Raúl?), quienes parecían convencidos de que no tenían nada que perder en la presente zafra electoral, tal vez considerando que eran la muy distante cuarta fuerza política de la entidad, descubrieron sin embargo que la capacidad de empeoramiento puede llegar a ser infinita. Más que dirigida a intentar ganar algunos de los cargos en disputa, su estrategia se orientó a establecer alianzas tácitas (con el PRI) y explícitas (con el PAN, partido con el que fueron al alimón en una veintena de municipios), con el propósito inocultable de descarrilar a Enrique Alfaro, quien de unos años para acá es visto por el grupo político que controla al PRD Jalisco y también a la UdeG como su némesis.
Antes que hacer una campaña para favorecer a sus candidatos, el PRD se afanó en una lodosa anticampaña para desacreditar a Alfaro y los alfaristas, buscando, entre otras cosas, asociar al ahora presidente electo de Guadalajara con el exgobernador panista Emilio González Márquez. Pero todo fue en vano, pues los “izquierdistas” del solar ni pudieron descarrilar el tren alfarista ni tampoco lograron sacar provecho de su “alianza estratégica” con la derecha del PAN ni de su mal disimulada colaboración con el PRI.
Pero si en la recién concluida contienda electoral hubo un gran perdedor –sobre todo a mediano y largo plazo– ese fue el grupo político que encabeza el exrector de la UdeG, Raúl Padilla, uno de los poderes fácticos de la comarca. Y ello porque dicho grupo salió derrotado prácticamente en todos los frentes, de los cuales el PRD Jalisco no pasa de ser una de sus trincheras más precarias. Entre esos daños hay que contabilizar la fallida docena de padillistas que aspiraban tanto a la siguiente legislatura estatal como a la federal (seis intentaron hacerlo por votación directa y otros tantos por la vía plurinominal) y uno de ellos era José Trinidad Padilla, nada menos que el hermano del mandamás de la UdeG, y quien fue ampliamente derrotado por el alfarismo en el distrito XIII. Aparte, en varios municipios de la ZMG, comenzando por Guadalajara y Zapopan, la cúpula udegeísta no contará con un solo regidor ni con recomendados del Licenciado.
Lo anterior significa que los tentáculos del padillato se verán drásticamente recortados hacia fuera del campus universitario, y que muchos perredistas, priistas, ecologistas y hasta panistas afines a la cúpula política que controla a la UdeG estarán buscando cobijo en la burocracia y entre el profesorado de esa casa de estudios para no quedarse a la intemperie. No pocas de las personas que forman parte de esa comunidad universitaria interpretan este traspié del padillato como un signo de que vienen días difíciles para la nomenklatura de la UdeG, aunque no necesariamente para la institución.
Y ello porque es casi seguro que las nuevas autoridades de MC saben que, aun cuando la cúpula padillista hizo con todo descaro campaña en contra de ellas, dicha cúpula no es la UdeG. Y como legítimas autoridades que serán de Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tlajomulco, Puerto Vallarta, Zapotlán el Grande, Tepatitlán, Ocotlán…, así como la primera bancada de la próxima legislatura local, las huestes de MC deberán privilegiar las relaciones institucionales con la universidad pública de Jalisco, dejando de lado a los poderes fácticos que están enquistados en esa casa de estudios. De este modo no sólo fortalecerían la vida institucional dentro de la UdeG, evitando una confrontación innecesaria con la comunidad universitaria, sino que de paso le pondrían unas buenas banderillas al padillato, el cual trae desde hace rato el santo de espaldas: el descenso y la devaluación de los Leones Negros, el fracaso en la intentona por quedarse con el estacionamiento de la Ciudad Judicial, el desastre electoral de casi todos sus incondicionales, el triunfo de Enrique Alfaro y compañía, más lo que se acumule en lo que queda del semestre.








