Se estima que son 12 millones las personas que viven en Estados Unidos sin documentos. Muchos son mexicanos, muchos son jóvenes, y su existencia allá es un infierno: los agobia el estrés ante la posibilidad de ser descubiertos y deportados, y por esa razón tratan de no llamar la atención. Tanto así que ni siquiera acuden a los servicios públicos de salud. Viven con miedo y, a veces, enfermos. Así, se desmorona el argumento antiinmigrante que los acusa de ser unos vividores que sólo llegan a la Unión Americana a aprovecharse de los servicios gratuitos.
LOS ÁNGELES.- La voz de Norma es suavecita, casi como un susurro. A sus 18 años habla con alegría, pero también como si deseara pasar inadvertida. Norma estudia, trabaja y trata de hacer su vida como cualquier joven de su edad; sin embargo, siempre siente sobre ella una sombra de temor. Si sus amigos hacen algo que pueda llamar la atención de la policía, se pone nerviosa. Circular por ciertas áreas, viajar a ciertos lugares, realizar ciertas actividades, es un riesgo que evita. Norma es indocumentada, y el hecho de saber que en cualquier momento puede ser identificada por la autoridad, arrestada y deportada, ha marcado todos los días de su vida desde que tiene memoria.
Esta situación es una realidad cotidiana para 12 millones de personas que viven sin documentos en Estados Unidos, y afecta particularmente a los jóvenes que ven limitadas sus opciones en el momento determinante de su vida: cumplen la mayoría de edad, se enfrentan a la planeación de su futuro y encuentran que cualquier decisión –estudiar, trabajar, viajar, conducir un auto– está restringida, marcada por su condición de indocumentados.
Ante este problema padecido por miles de ellos en sus comunidades, un grupo de jóvenes investigadores realizó el estudio Indocumentados y sin seguro de salud (Undocumented and Uninsured), para determinar el impacto que tiene en la salud física y mental de los muchachos indocumentados la constante preocupación por su estatus migratorio.
Los resultados fueron reveladores: 69% de los encuestados carece de acceso a servicios de salud, aunque 71% dijo necesitarlos. De quienes sufren una enfermedad, la mitad respondió que no acude al médico por no tener un seguro de salud o por temor a que le pregunten su condición migratoria, y 58% dijo utilizar internet para buscar información sobre las alternativas que les permitan resolver sus problemas de salud.
Para obtener estos resultados, 34 encuestadores, dirigidos por tres coordinadores que forman parte del proyecto Healthy California, impulsado por el grupo Dream Resource Center de la Universidad de California Los Angeles, conversaron con 550 jóvenes entre 18 y 32 años en ese estado. Y a fin de lograr un mejor acercamiento, pusieron una condición: todos los involucrados en la investigación debían ser también indocumentados o haberlo sido en alguna etapa de su vida.
“Lo que encontramos es que nuestra situación no ha cambiado en los últimos años”, explica Alma Leyva, una de las coordinadoras del estudio. Y añade: “A pesar de que algunas personas son beneficiarias de DACA –la medida de protección temporal para jóvenes indocumentados impulsada por el gobierno de Barack Obama, también conocida como Acción Diferida–, seguimos viviendo la experiencia de que las políticas policiales, de vigilancia, siguen dando forma a nuestra vida. La gente vive sin hacer cosas por temor a la deportación, y esto se ve reflejado en el cuidado de la salud”.
De acuerdo con la investigadora, los jóvenes indocumentados en Estados Unidos no buscan la atención de un médico por el temor a ser identificados como indocumentados, aun cuando son víctimas de dolores crónicos o de enfermedades fácilmente tratables.
En muchas ocasiones, dice, las molestias que les provocan estos padecimientos no son graves, pero sí constantes, y la falta de atención conduce con el tiempo a situaciones que ameritan un tratamiento más complejo. Los dolores pequeños son paliados con remedios caseros y la medicina preventiva no es una costumbre. Cuando el padecimiento se agrava, los afectados terminan en las salas de emergencia de los hospitales y adquieren enormes deudas debido a la carencia de un seguro médico u otro tipo de cobertura de servicios de salud.
Una pastillita y un rezo
Cuando se le pide a Norma que mencione la última vez que fue al médico, no puede. Hace un silencio prolongado y un esfuerzo por recordarlo:
“Honestamente no me acuerdo; tal vez cuando tenía como cinco o seis años, que me pusieron las vacunas para la escuela. Agradezco no tener enfermedades, pero sí tengo mucho estrés y creo que por eso tengo dolores de cabeza. Creo que también tiene que ver con que no como mucho por la presión de la escuela y el trabajo; entonces me siento mareada, o me duele la cabeza, y me tomo una pastilla o busco algún remedio yo sola.”
Norma tiene 21 años y durante los últimos 18 ha vivido en Estados Unidos. Su familia llegó a este país sin documentos, procedente de Guadalajara, Jalisco, cuando ella tenía tres años.
“Normalmente vivo bajo bastante estrés en lo que tiene que ver con mi escuela”, reconoce la joven estudiante de la carrera de ciencias del medio ambiente. Gracias al DACA, Norma ahora puede pagar colegiaturas más bajas y no tiene que cubrir las altas tarifas de extranjero que se exigen a quienes no pueden comprobar su residencia legal o su ciudadanía estadunidense.
“Pero no es sólo el dinero; está siempre el miedo de que de pronto te quiten lo que te están dando”, comenta.
“Hoy las leyes me permiten ir a la escuela, pero esto puede ser derogado en cualquier momento y me provoca mucho estrés no saber si voy a poder terminar. Es un estrés que se suma al de todos los días, cuando hay algo que puede salir mal: si mis amigos están haciendo algo raro, algo que pueda levantar sospechas, y viene un policía y nos interroga, ellos tal vez reciban una sanción y salgan bien librados, pero yo puedo terminar deportada en México. Es una tensión que siempre vive conmigo.”
Norma jamás ha recibido un servicio preventivo de salud y nunca ha tenido acceso a un servicio de salud mental. “Es que no hablo de esto con nadie porque muchos de mis amigos no saben mi estatus y no sé cómo reaccionarían”, confiesa.
Según los resultados del reporte de Dream Resource Center, de los 550 encuestados apenas 27% dijo tener acceso a algún tipo de consejería psicológica o emocional en caso de requerirlo; 30% manifestó contar con acceso a algún servicio de salud mental y únicamente 19% reportó ser parte de un grupo que le brinde apoyo emocional.
“Usualmente me guardo las cosas para mí o se las digo a mi hermana; es todo lo que puedo hacer. Creo que ser indocumentada me ha hecho estar siempre consciente de mi situación. Mis amigos me cuentan sus problemas, pero no sé exactamente dónde están con respecto al tema de la inmigración y a veces me siento abrumada porque incluso si tratan de ser comprensivos, no pueden entender lo que es vivir de esa manera”, dice Norma.
Si la ayuda no abunda fuera de casa, la situación adentro no es mucho mejor. Toda la familia de Norma se encuentra en la misma situación migratoria, de manera que la atención a la salud es una carencia familiar. “Cuando uno de nosotros se enferma, todos los demás tratamos de ayudar: buscamos medicina que no requiere de receta médica, rezamos, y esperamos que todo salga bien”.
“Nosotros tratamos de ser muy cuidadosos, de no tener problemas”, puntualiza la joven, quien asegura que cuando se gradúe quiere trabajar mejorando la calidad de vida de las comunidades en entornos urbanos.
El trabajo de Dream Resource Center indica que algunos otros obstáculos para el acceso a servicios de salud son no saber en dónde buscarlo (de acuerdo con 17% de los encuestados); no entender el sistema (15%); no saber si pueden ser beneficiarios (14%) y la imposibilidad de salirse de su trabajo para atenderse (11%).
Autopolicía y autoayuda
En cuanto a los riesgos de los jóvenes indocumentados ante las autoridades, Alma Leyva comenta: “A veces no necesitas a la policía, la gente se vigila a sí misma”.
Al igual que el resto de quienes participaron en el estudio, Leyva describe la situación de los migrantes indocumentados con conocimiento de causa, hablando desde adentro de su comunidad:
“Encontramos en el estudio que 83% de los encuestados reconocieron que se ‘automonitorean’ durante el día para evitar actividades que puedan llamar la atención de las autoridades hacia ellos; es decir, viven todo el día en alerta, evitando situaciones de riesgo.
“No van al doctor porque temen que les pidan sus documentos; cambian su comportamiento para evitar situaciones en las que gasten más dinero. El problema es que ese vivir en constante estado de alerta, siempre en modo de supervivencia, provoca una gran cantidad de estrés, de aislamiento entre esta comunidad.”
Uno de los aspectos que preocupa a los investigadores es el hecho de que lo que inicia como estrés o depresión, se convierte en padecimientos físicos ante la falta de atención.
“Vivir bajo el estigma de ser indocumentado trae consigo un elevado nivel de estrés y situaciones traumáticas. Si además se ha enfrentado algún tiempo en prisión, una deportación, abuso laboral, pérdida de relaciones personales por el estatus migratorio o discriminación, esta situación se agrava”, explica Leyva.
Es por esta razón que el estudio de Dream Resource Center cuenta con una ventaja sobre trabajos similares de centros académicos: al ser realizado por personas indocumentadas, los encuestados se sienten en confianza para revelar información acerca de su situación de salud. “Con nosotros se sienten en libertad de tocar ciertos puntos porque saben que nos podemos relacionar con su experiencia”, dice Leyva.
La investigadora agrega que el objetivo del reporte, además de revelar “en papel” una situación sabida de manera empírica, es cambiar el discurso con respecto a la comunidad indocumentada. “Como inmigrantes enfrentamos el mito de que venimos a Estados Unidos a usar servicios públicos, pero el reporte muestra que cuando los jóvenes indocumentados llegan a los servicios médicos, 39% lo paga de su bolsillo y 32% pide prestado a su familia y amigos. Son muy pocos los que usan los servicios del Estado por esa situación de miedo a la autoridad. La narrativa de ‘inmigrante bueno/inmigrante malo’ debe cambiar”.
Norma por su parte asegura que involucrarse en el trabajo de Dream Resource Center ha sido de ayuda para ella: “Leyendo los otros testimonios siento que no soy la única y eso es un gran alivio, porque me puedo conectar con alguien que me entiende. Puede parecer tonto, pero sí sirve hablar de ello”.
Para Leyva, el objetivo a corto plazo es que el conocimiento obtenido por los investigadores regrese a la comunidad en forma de recursos informativos sobre sus derechos y sus opciones.
“La investigación se ha convertido en algo muy exclusivo para la gente de la academia, pero las comunidades deben producir su propio conocimiento y usarlo de manera que beneficie a la sociedad, en lugar de publicarse en una revista médica y quedarse en una base de datos”, afirma.
Y puntualiza: “Generar su propia información y usarla, les da poder. Mucha gente aún piensa que la falta de atención a la salud es el precio que debe pagar por estar aquí sin documentos. Necesitamos cambiar la percepción y empezar a vivir vidas dignas, donde sintamos que efectivamente vivimos, no que sólo sobrevivimos”.








