Funciona la maquinaria, ¿y luego?

Para el historiador Lorenzo Meyer, los comicios de 2015 no son indicador de lo que se supone en una democracia; de ahí que, independientemente de sus resultados, el proceso que culmina este domingo 7 sólo haya sacado a la superficie las “variables centrales” del país que van más allá de lo electoral.

Esto, comenta, no es novedad. Y explica:

En 1910 el tema no era tanto la elección, sino el desgaste de un régimen –el de Porfirio Díaz– y su incapacidad para resolver el problema de la sucesión luego de una prolongada dictadura.

Tres décadas después, en 1940, el cardenismo había dado de sí. Lázaro Cárdenas tuvo que decidirse por un sucesor que no iba en su misma línea ideológica. Y en 1952 la crisis se resolvió consolidando los rasgos del presidencialismo mexicano, en adelante indisputable y sin desgarres internos de los grupos de poder hegemónico.

Para 1988 la elección manifestó que, ahora sí, el sistema había llegado a un límite, y en el 2000 nadie tenía en primer plano el triunfo del panista Vicente Fox, sino que se abriera una posibilidad histórica de transformación política.

“No es que las elecciones sean las únicas coyunturas críticas para el proceso político mexicano, pero ayudan. Más que la elección, es lo que está detrás, el entorno que se da en la elección”, comenta Meyer, catedrático de El Colegio de México y autor de una veintena de libros.

En el caso concreto de las elecciones de este 2015, el investigador observa que la naturaleza del peñanietismo ya cambió, pues dejó de ser la del Pacto por México, con la unión de tres partidos y un jefe verdadero, “la trinidad consagradora de la vida política del país” que Meyer define de la siguiente manera: “un liderazgo (Peña Nieto o el PRI de Atlacomulco); tres partidos obedientes, un proyecto, y el mundo”.

Y al igual que lo hizo Díaz en 1908 al conceder una entrevista a James Creelman, de la revista estadunidense Pearson’s Magazine, Peña Nieto lo hizo en febrero de 2014 con la revista Time, que tituló su portada como Saving Mexico.

“Pero realmente –se pregunta Meyer–, ¿quién ha salvado a México? No hay quién lo esté salvando; por el contrario, persiste la sospecha de que se está hundiendo. Esa es la coyuntura.”

Para el historiador, el resultado de los comicios de este domingo 7 es previsible: un abstencionismo superior a la mitad del padrón; la victoria de la maquinaria territorial del PRI que, con la suma de votos de su “sector Verde”, puede superar hasta 40% de las preferencias, suficiente para mantener el control del Congreso.

Con todo, advierte, eso no va a modificar el problema económico. Comenta:

Se suponía que los priistas sí mantendrían a raya al crimen organizado, pero ya está visto que no lo lograron, ni siquiera en el Estado de México; las reformas estructurales, “el corazón del peñanietismo”, tampoco significan nada, pues la educativa se revirtió y la fiscal no dio resultados. Lo que queda es la reforma energética, y eso no cambiará con las elecciones.

A su juicio, hay desánimo ciudadano y una violencia por elecciones que, se creía, correspondían a 1940, 1952 o quizás a 1988.

“Eso se creía superado, pero no: nos vuelve a alcanzar. No son fantasmas del pasado, sino presencias reales que se expresan en material electoral quemado, bombas molotov en instalaciones electorales, que por otra parte ofrecen todos los signos de que va a ganar el PRI, mientras más de 60% de los que van a votar no tiene confianza en el Instituto Nacional Electoral”, asegura el autor de La segunda muerte de la Revolución Mexicana y El espejismo democrático. De la euforia del cambio a la continuidad.

La reflexión es que, en un país donde la población no acepta o no cree que haya democracia, las elecciones pueden carecer de significado:

“No es comparable, lo acepto. Pero esto tiene, en cierto sentido, las características de las elecciones del priismo en su etapa clásica: pura forma y nada de contenido. ¿Qué significaban las elecciones en 1958, 1964, 1970 o 1976? Nada. Estaba el aparato pero no significaban nada.”

Luego, las elecciones no corresponden con las variables centrales del país. Un ejemplo: el mal desempeño económico, en otras sociedades, se refleja en las urnas, pero en México no.

Vuelta al pasado

Con la idea de que los comicios carecen de significado democrático, Lorenzo Meyer abunda: éstos sólo hablan de la organización de los partidos para sus movilizaciones, del clientelismo, del aprovechamiento de su voto duro, pero no de la democracia que, se suponía, habría en el país a partir de 1997 y 2000, para que tuvieran sentido y canalizaran las actitudes, miedos, deseos y esperanzas de la población.

E insiste: en 2006 los partidos echaron a perder esos canales y con mayor fuerza en 2012.

“Ahorita es como si hubiéramos vuelto al pasado.”

Ante la implementación de la reforma electoral, Meyer, quien publica un artículo cada semana en el periódico Reforma y participa en un foro de debate que transmite Canal Once los lunes por la noche, es implacable: esa reforma está muerta, hecha un desastre, y la estructura formal no puede repetirse para 2018; “serían idiotas –que puede ser que lo sean, pero no tanto– los dirigentes de los partidos políticos para repetirla”.

Considera que las reformas no son el problema, sino la manera en que se hacen. Advierte que desde la presidencia de Manuel Ávila Camacho no hay sexenio sin una y, a veces, hasta dos reformas electorales, pero no resuelven el problema central: la falta de voluntad para entrar al fondo de la democracia.

“No hay estadistas entre quienes hacen las reformas. Eso ya quedó claro. No sacrifican lo inmediato en aras del futuro. Sacrifican el futuro en aras de lo inmediato”, sentencia.

El entrevistado admite que hay cosas diferentes, pues “la historia no se repite”. Es el caso de las candidaturas independientes y la expectativa generada en torno a Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, quien busca la gubernatura de Nuevo León.

Las cuestiones que plantea Meyer son: qué tan independiente puede ser El Bronco, pues hay empresarios detrás de él; cuál es su biografía. Se dice también que enfrentó al crimen organizado, lo cual –apunta el académico– es indicador de que tiene valor personal; que militó 30 años en el PRI, pero… ¿cuáles fueron sus luchas?, ¿cuál fue su independencia?

“Me da cierto pendiente recordar a Vicente Fox: muy buen catalizador del descontento, (pero) pésimo para saber qué hacer con eso. En Nuevo León hay mucho descontento que no puede ocupar la izquierda por la historia de ese norte más identificado con la parte conservadora de la sociedad mexicana.”

–A su juicio, ¿puede el sistema calcular los efectos de los independientes? –se le pregunta.

–Sí. Decir, “¡bueno, ahí están, los aceptamos y los cooptamos”, pues hay una parte sustantiva del presupuesto que llegará a Nuevo León de la federación.

Según Meyer, es muy poca la fuerza que puede tener un gobernador independiente frente a la mayoría de los mandatarios y un presidente priistas.

Con respecto al Movimiento de Regeneración Nacional, que este año participa por primera vez en elecciones, su planteamiento es otro. Confía en que esta fuerza política contribuya a la democracia en el largo plazo. No obstante, Meyer prevé que tendrá una minoría.

Anticipa que ese partido será llamativo en algunas zonas, en especial del Distrito Federal, pero tendrá poco margen para resolver problemas en el corto plazo, en un país donde las cosas están ocurriendo a gran velocidad.

Con respecto al anulismo del voto o el abstencionismo, Meyer considera que influirán poco en el resultado final: “De por sí la gente no vota en elecciones intermedias, por lo que la abstención ocurre siempre, y quizá sólo aumente ligeramente”.

Intentos autoritarios

“Yo veo un sistema híbrido. No es el autoritarismo que fue: el más exitoso de América Latina y quizás del mundo en el siglo XX. No es la democracia que se prometió en los primeros años de este siglo. Es una mezcla que está en ebullición y no sabemos cómo va a terminar”, dice el investigador en referencia al presente.

–¿Es esto una reedición autoritaria? –se le pregunta.

–Es un intento, pero con pocos instrumentos, como sí había en el pasado.

Explica: en el régimen de partido único no había oposición. Se llegó al arreglo después de la Revolución y su problema era cómo distribuir el poder entre los distintos grupos.

Pero, afirma, la sociedad de hoy es más plural y el poder priista puede resolver de manera sencilla lo que afecta su posición. Puede cortar a Carmen Aristegui, pero en CNN continúa su programa.

Añade: “Hay una clase media que desciende y está frustrada porque sus satisfactores del pasado se pierden. El crimen organizado, en el pasado, era siervo del régimen, pero ahora les salió respondón. Y si se le ponen duros les tiran el Cougar.”

En el escenario internacional, la Guerra Fría posibilitaba que nadie pusiera en duda a México en el exterior. Hoy, si Time Magazine sale a decir Saving Mexico, mañana aparece The Wall Street Journal con la revelación de la casa de Luis Videgaray que no se puede explicar.

“Da la impresión de que perdimos la oportunidad histórica de democratizarnos por las buenas, rápidamente, de manera civilizada y sensible. Ahora, con las oportunidades perdidas, está difícil saber por dónde vamos”, reflexiona Meyer.

El reportero le pregunta sobre la violencia que, en otros momentos de la historia, apareció en comicios federales; la de 1940, por ejemplo, cuando se eligió a Manuel Ávila Camacho, o la de Ruiz Cortines en 1952, periodos que él ha analizado.

Meyer retoma la idea del conflicto interno:

En 1940, la candidatura de Juan Andrew Almazán tuvo el apoyo de un sector del Ejército y personajes mexicanos y extranjeros, pero la mayoría decidió no ir a las armas, pues sus propios cálculos demostraban que sería inútil. Y en 1952, la de Miguel Henríquez Guzmán estaba dirigida a provocar una explosión en el Ejército.

Entonces, dice, se trataba de conflictos dentro de la clase política, de manera que era un solo frente.

–En el pasado, la respuesta del poder era la represión. ¿Cuál sería ahora?

–No pude ser la represión, al menos no en todas partes. En algunos casos, pareciera que va hacia allá, como en Guerrero, pero no con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). En ese caso, no hubo represión; fue la entrega de lo que llamaron reforma educativa.

En cuanto al crimen organizado, hay varios casos, según el historiador. “En el Rancho del Sol, en Michoacán, los agarraron (a un grupo de presuntos sicarios) y les dieron una lección en la que pagaron justos por pecadores. Pero el crimen organizado no es el mismo en Tamaulipas que en Michoacán. Contra él han intentado siempre la represión y no tienen éxito porque los propios aparatos encargados de acabar con ellos están penetrados”.

A diferencia de antes, “ahora está todo bastante fragmentado: en unos lados es el crimen organizado, en otros la CNTE o la resistencia de los que se quedaron al margen, como los padres de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa y de una zona de Guerrero… Hay agravios que pueden tener dimensión nacional, pero todo está fragmentado”.