Sentencia ciudadana

Este domingo 7 los votantes de Jalisco deciden la suerte de los candidatos y partidos políticos que en los meses recientes trataron de convencer a la ciudadanía de que eran ellos –y no sus adversarios– la mejor opción para renovar el Congreso local y también la representación de nuestro estado en la Cámara de Diputados, así como los gobiernos de los 125 ayuntamientos de la entidad.

Para lograrlo, representantes partidistas y candidatos en pugna se valieron de todo tipo de recursos en unas campañas bastante percudidas, marcadas por las descalificaciones recíprocas, con sus buenos ribetes de infamia, antes que en hacer propuestas sensatas. De esa suerte, el objetivo central no pareció haber sido el de ponderar las cualidades propias, sino hacer énfasis en los presuntos defectos de los adversarios.

Muy explicablemente y de manera por demás significativa, casi todas las baterías estuvieron centradas contra el candidato de Movimiento Ciudadano (MC) a la alcaldía de Guadalajara, Enrique Alfaro Ramírez, a quien las huestes del PRI, del PAN y del PRD trataron de hacerle corralito. Para muchos observadores, la razón de esta insólita alianza entre partidos de signo ideológico presuntamente opuesto era bastante simple, en la medida en que el susodicho abanderado emecista apareció siempre, a lo largo de todo el periodo proselitista, como puntero en las encuestas y demás sondeos de opinión para el cargo más cotizado en disputa: la presidencia municipal de la capital jalisciense.

Ante esa persistente situación y conforme se acercaba el cierre de campañas, los embates contra el mencionado candidato fueron arreciando hasta el extremo de que para priistas, panistas y sobre todo para los perredistas de la plaza lo prioritario ya no era tanto apuntalar a sus respectivos candidatos a la primera alcaldía del estado, sino hacer todo lo posible para impedir que Alfaro pudiera alzarse con el triunfo. Varios medios masivos de comunicación, que en mayor o menor medida no pudieron ocultar su talante oficialista, también hicieron su parte en el guión antialfarista.

Fue especialmente patético ver los desfiguros del PRD, el otrora “orgulloso representante de la izquierda democrática”, pues justo una semana antes de la veda electoral del miércoles 3, desplegó una súbita y costosa campaña en los paradores del transporte urbano pero, ¡oh sorpresa!, no para promover a su descafeinada candidata a la alcaldía de Guadalajara (Celia Fausto Lizaola, a la cual olímpicamente su partido dejó al garete), sino para tratar de descalificar al abanderado de MC, afanándose en asociarlo con el exgobernador panista Emilio González Márquez, el villano favorito no sólo de las huestes del PRD y el PRI, sino también del PAN, cuya dirigencia municipal, discurrió promover su expulsión dizque por “traicionar” a dicho partido.

Y a la par de ello, el panismo de la comarca salió con otra puntada, al darle vuelo a la presunta insania o “inestabilidad emocional” de Alfaro, lo que, según la dirigencia blanquiazul, presentaba al susodicho candidato como poco confiable, no apto y hasta peligroso para gobernar a los tapatíos.

Al PRD, ya en los últimos días de mayo, le dio por instalar en la vía pública carteles de gran formato, a partir de una vieja fotografía, en la que aparece el entonces alcalde de Tlajomulco –y ahora aspirante de MC al de Guadalajara– saludando a quien a la sazón era el gobernador de Jalisco, con inscripciones de mala leche o francamente insidiosas: “Detrás de Alfaro está Emilio”, “Votar por Alfaro es votar por Emilio”, “No permitas que regrese Emilio: Alfaro es su candidato”…

Pero más allá de la credibilidad pública que a estas alturas del juego pueda tener el grupo político que emprendió esta singular anticampaña alfarista, y el cual desde hace años explota la devaluada franquicia del PRD Jalisco –la misma agrupación que, por lo demás, regentea también desde 1989 a la Universidad de Guadalajara–, la pregunta en automático es por el móvil que llevó a dicha cofradía y en particular a su cabecilla (¿eres tú, Raúl?) a convertirse en burdos colaboracionistas del PRI, partido contra el cual, por cierto, nació el PRD en 1989.

Para muchos, la respuesta es muy sencilla: aparte de que la nomenklatura de la UdeG veía en el candidato priista a la presidencia municipal de Guadalajara, Ricardo Villanueva, a uno de los suyos (tanto así que este último encabezó en algún momento la representación estudiantil de dicho grupo político: la nada prestigiosa FEU), el motivo principal es el temor que existe entre los círculos padillistas de que Alfaro, quien no se come una jícama junto al “cacique bueno” de la UdeG, pudiera llegar a la primera alcaldía del estado.

Y no tanto porque desde esa posición el abanderado de MC pudiera representar una amenaza para los intereses políticos del padillato, sino porque, en caso de que consiguiera alcanzar dicho cargo y de que luego, de no tener un mal desempeño en el mismo, en tres años más podría ser votado para la gubernatura de Jalisco, posición desde la que, entonces sí, estaría en condiciones de poder sacarle un susto al jeque de jeques udegeísta y a más de uno de los integrantes de su cohorte.

Debido a ello y como el miedo no anda en burro, sino que viaja más presto que la velocidad de la luz, algunos cocos pensantes del padillato juzgaron conveniente valerse de su organización partidista (el PRD Jalisco, al que manejan como franquicia) para, en un acto de acto de desesperación, luego de desentenderse de su desangelada candidata a la alcaldía de Guadalajara y, en una alianza tácita con el PRI y el PAN y hasta con el recién resucitado Lagrimita, echar su resto contra Alfaro, a fin de impedir a toda costa una eventual llegada de éste a la presidencia municipal de la capital de Jalisco.

Sin embargo, en el caso de Guadalajara tanto como en el del resto de los municipios de la entidad, así como en el de los distritos electorales que integran el estado, la última palabra la tiene la ciudadanía. De ella y de nadie más va a depender quiénes sean los sucesores de los alcaldes salientes, así como de los diputados (locales y federales) que están también a pocos meses de ahuecar el ala.

Ya hablaron –y en muchos casos lo hicieron de más– los candidatos de todos los partidos y también aquellos que jugaron tanto por la vía independiente como por la seudoindependiente y quienes, justa o injustamente, consiguieron su registro. Todos ellos y ellas conforman una fauna variopinta que desde el miércoles 3, por disposición de ley, tuvo que guardar silencio.

Desde ese momento comenzó la hora de los electores. Éstos primero tuvieron que reponerse del aturdimiento provocado por la avalancha de palabrería y de mensajes electorales (con consignas, lemas, ofrecimientos y “compromisos” de todo jaez) a los que estuvieron sometidos prácticamente desde fines del año pasado. Lo siguiente fue tomar la decisión de acudir o no a las urnas y, en caso positivo, dictar sentencia; una sentencia que venturosamente habrá de ser punto menos que inapelable, pues sólo eventualmente –en casos aislados y anómalos– podría ser modificada a posteriori por las autoridades electorales.

Las primeras consecuencias, las implicaciones políticas y los alcances ídem de la decisión que los electores hayan tomado en las urnas, durante la jornada de este domingo 7, los estaremos conociendo en los próximos días, para júbilo de unos y desconsuelo de otros. Pero aun estos últimos, si de veras son demócratas, deberán aceptar y de buen talante que la sentencia ciudadana es inapelable.