La reanudación de relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha tenido repercusiones mayores a lo esperado. Contribuyen a ello la cobertura mediática del apretón de manos y las palabras afectuosas pronunciadas por Raúl Castro y Barak Obama en la Cumbre de Panamá; el periplo de Castro por África, Moscú y el Vaticano, con las declaraciones que hizo; la llegada a la isla caribeña de miles de turistas que han colmado hoteles y cuartos privados; la presencia del presidente francés en La Habana; el anuncio de la visita del muy activo político Papa Francisco. En resumen, Cuba se pone de moda, y empresarios, turistas y líderes políticos muestran interés en las diversas posibilidades que ofrece.
En medio del entusiasmo y ánimo festivo, asaltan las dudas. ¿Cómo responderá la sociedad cubana a la situación creada por la nueva era de vínculos con Estados Unidos? ¿Cómo se definirán las relaciones exteriores de uno de los países que ha gozado de mayor influencia en la formulación de las demandas tradicionales del llamado Tercer Mundo?
El cambio en la nueva Cuba tiene que ver, ante todo, con la economía. Las transformaciones se iniciaron hace ya algún tiempo, al tomarse las primeras medidas para permitir ciertas actividades privadas y, en particular, para poner en marcha los trabajos del Puerto de Mariel y la zona aledaña, abierta a las inversiones del exterior. Sin embargo, es ahora, al darse a conocer la ley de inversiones extranjeras de noviembre del año pasado y reanudarse las relaciones con Estados Unidos, cuando las expectativas arrecian y la superación de obstáculos se vuelve más urgente. No obstante, la situación es incierta.
Según los comentarios de una de las revistas más leídas por el mundo empresarial (The Economist 16/05/2015), la implementación de nuevas leyes marcha lentamente. Se han autorizado pocos proyectos de industrias manufactureras, a pesar de cientos de solicitudes. Las señales enviadas por el gobierno son ambivalentes. Persiste la percepción de que hay poco gusto por la empresa privada y el deseo de mantener las empresas del Estado socialista al centro de la actividad económica.
Más difícil de predecir aún es el cambio que ocurrirá en la vida política de la isla. Algunos acontecimientos ya están anunciados; por ejemplo, la celebración del Congreso del Partido Comunista y la instalación de una Asamblea Nacional para la cual se proponen remozar el famoso Capitolio de La Habana. A su vez, Raúl Castro manifestó que dejará la presidencia en el 2018, con lo que se iniciará el cambio generacional tan esperado. Lo incierto son los procedimientos para la elección de nuevos dirigentes, así como las medidas que se tomarán, o no, para el establecimiento de marcos normativos dirigidos al funcionamiento de los partidos políticos.
Hasta ahora, las organizaciones de la disidencia cubana, sobre las que hubo expectativas respecto a su papel para modificar la vida política del país, se han desdibujado. La reconciliación con EU y el vendaval de turistas, empresarios y políticos que llega al país ha dejado a esas organizaciones en segundo término. Lo que interesa actualmente es la respuesta a nuevas circunstancias, como el papel del ejército en las relaciones de poder una vez que su jefe máximo desde los inicios de la revolución, Raúl Castro, deje la presidencia. En el otro extremo, hay curiosidad por conocer la influencia política que deseen ejercer los cubanos de Miami, jóvenes nacidos en Estados Unidos pero ansiosos de regresar a la tierra de sus ancestros y, eventualmente, instalarse allí. ¿Cómo se integrarán estos grupos y cómo canalizarán sus visiones e intereses políticos?
En materia de relaciones exteriores, Cuba no pasa desapercibida. Durante años ha sido notoria la influencia de esa pequeña nación –asediada por el embargo que decretó Estados Unidos y por las crisis económicas recurrentes– en el ámbito internacional. No se trata solamente de su fuerte presencia en el imaginario político de la izquierda latinoamericana, en particular entre los jóvenes que siguen venerando la imagen del Che. Se trata, también, de su peso en los grupos de concertación al interior de los organismos internacionales de carácter político. Difícil ganar una elección que requiera del voto de países africanos o caribeños si no se cuenta con la simpatía cubana.
El servicio diplomático cubano tiene gran profesionalismo, ejerciendo sus labores por la doble vía de relación con los gobiernos y con los pueblos. En el primer nivel puede haber rencillas, pero en el segundo, cultivado mediante la cooperación en salud y educación, siempre se han obtenido logros.
El gran reto ahora es encontrar el equilibrio entre la preservación de la presencia e influencia ganada por Cuba en sus relaciones con el exterior –sobre todo con los países del sur, más Rusia y China– y los esfuerzos para avanzar en la normalización de las relaciones con Estados Unidos y los socios europeos. El establecimiento de una embajada en Washington es sólo el primer paso; lo complejo llegará al abordarse los derechos humanos, la democracia y la recomposición del sistema económico. Los tiempos apremian porque los cambios políticos en Estados Unidos llegan pronto y un presidente republicano podría no compartir el entusiasmo por normalizar las relaciones.
Cierto que la importancia geopolítica de la isla es un factor que interesa a todos; los cubanos lo saben. Pero no es lo mismo negociar siendo punta de lanza en “la lucha contra el imperialismo” que dar batallas cuando la viabilidad de una Cuba que entusiasme al mundo, como se está manifestando en estos días, depende de alcanzar arreglos realistas en materia económica y política. El terreno ideológico tiene que abrir paso a una mentalidad nueva, pragmática, con otras estrategias. Es difícil predecir cómo y qué tan rápido se dará ese salto; por lo pronto, sólo se puede prever que será a largo plazo, azaroso y lleno de sorpresas.








