La persona que desde hace un cuarto de siglo funge como el “cacique bueno” de la Universidad de Guadalajara, un tal Raúl Padilla López, ya puede añadir a su palmarés una hazaña equívoca que nadie le podrá disputar: ser el sepulturero de los Leones Negros, y por partida doble. La primera inhumación sucedió en 1994, cuando en su calidad de rector de la UdeG (es un decir) decidió vender la franquicia del equipo de futbol que durante más de dos décadas había sido el representativo de esa casa de estudios en el futbol profesional, y con el agravante nada menor de que nunca dio cuenta del paradero de ese monto, en la medida en que no informó de ello a la comunidad universitaria, menos aún a la opinión pública.
Y la segunda ocasión comenzó a gestarse apenas a mediados del año pasado, cuando en su condición de jeque de jeques de la universidad pública de Jalisco, el susodicho discurrió autonombrarse presidente del equipo que recién acababa de ascender a la Primera División, y a partir de entonces hizo las cosas tan mal, con la “invaluable ayuda” de un incompetente grupo de colaboradores y asesores, que a las primeras de cambio los Leones Negros no sólo perdieron la categoría, sino que, junto con ello, la UdeG acabó perdiendo más de 500 millones de pesos.
No obstante la gravedad de lo anterior, si alguien espera que las autoridades de esa casa de estudios convoquen a una sesión extraordinaria del Consejo General Universitario (CGU) de la UdeG –en teoría “el máximo órgano de gobierno” de esa institución– para llamar a cuentas y eventualmente sancionar a los funcionarios implicados en un caso que ha venido a representar una pérdida económica de por lo menos 35 millones de dólares (525 millones de pesos al tipo de cambio actual), según la estimación hecha por el vicepresidente del equipo, Alberto Castellanos (Público Milenio, sábado 9 de mayo), más vale que ese alguien espere sentado o recostado, por aquello del peligro de las várices para la persona que permanece mucho tiempo de pie.
Y ello por un motivo bastante simple: porque ese grave daño al patrimonio de la universidad pública de Jalisco –institución a la que pertenece la ahora devaluada franquicia de los Leones Negros, cuyo valor actual, según el mismo Castellanos, ya no sobrepasa los 5 millones de dólares, cuando meses atrás iba de “unos 40 o 50 millones” en la misma moneda estadunidense –ha sido obra de un grupo petulante y poco apto de funcionarios udegeístas, encabezado nada menos que por la persona que desde hace casi 26 años figura como el mandamás de la UdeG. Precisamente por esto, ya se puede ir dando por descontado que ni el CGU ni mucho menos el rector general, Tonatiuh Bravo Padilla, serán capaces de llamar a cuentas a los causantes de esta cuantiosa pérdida.
En el primer caso, ese eventual llamado no se daría porque, como es de sobra conocido, la mayor parte del centenar y medio de consejeros universitarios ha llegado al “máximo órgano de gobierno” de la UdeG por obra y gracia del dedazo padillista, con la consigna de defender a capa y espada los intereses del “cacique bueno” (Federico Campbell dixit), así como de parte de su cohorte de colaboradores y aduladores. Y por lo que hace al rector Bravo Padilla, la impotencia para ajustar cuentas es todavía mayor, pues ¿qué puede hacer en realidad alguien que sólo en teoría es “el más alto funcionario” udegeísta, sobre todo si se considera que desde 2007, a raíz de la destitución del finado Carlos Briseño Torres como rector general –una destitución instrumentada por el padillismo reinante– dicho cargo quedó convertido en punto menos que figura decorativa?
Así que es casi seguro que no habrá ninguna sanción contra los responsables de haberle hecho perder a la UdeG esos 525 millones de dólares, pues sería tanto como esperar que una serpiente se muerda la cola. Y prueba de que esto no va a ocurrir se tiene, por un lado, en el significativo silencio que el rector general Bravo Padilla ha guardado desde el sábado 9, cuando quedó sentenciado el descenso del representativo universitario en el futbol profesional, y por el otro, en el hecho de que el exrector Raúl Padilla, principal causante del estropicio, dijera muy quitado de la pena que no piensa renunciar a la presidencia de los Leones Negros y todavía, muy campante, hiciera gala de su condición de intocable, a los pocos días del desastre deportivo y económico, yéndose a Los Ángeles, California, a donde acudió con el pretexto de la edición 2015 de una de las más deficitarias empresas que el susodicho regentea, a nombre de la UdeG con los recursos de ésta, así como de otras instituciones públicas de nuestro país: la llamada Feria del Libro en Español de Los Ángeles.
El fracaso económico y deportivo de la escuadra universitaria comenzó desde el momento mismo en que ésta fue rehabilitada en 2009, cuando la cúpula padillista le compró al empresario Jorge Vergara la franquicia de El Tapatío, filial de las Chivas en la Primera A. Durante los cinco años que inicialmente permaneció en esa categoría –ahora llamada eufemísticamente Liga de Ascenso y a la que los desmelenados Leones Negros acaban de regresar– el representativo udegeísta pudo sostenerse y conseguir su pase a la Primera División, pero no con los ingresos de la taquilla y la venta de camisetas y souvenirs, sino con recursos financieros de la UdeG, sobre todo con las ganancias de su academia de idiomas (Proulex) como lo reconoció, hace algunos meses, el citado vicepresidente del representativo universitario, Alberto Castellanos: “la UdeG le ha aportado al equipo un promedio de 12 a 20 millones de pesos al año, que provienen de recursos autogenerados por la casa de estudios, no del presupuesto federal ni estatal” (Mural, 23 de mayo de 2014).
En otras palabras, desde su reaparición en el business futbolístico, el negocio ha sido pésimo para la casa de estudios, en la medida en que tuvo que subsidiar durante cinco años a los Leones Negros, independientemente de que haya sido con recursos “autogenerados”, como intentó minimizar las cosas Castellanos, o salieran del subsidio gubernamental, pues en cualquiera de los dos casos se trataba de dinero público. Según el dicho del mismo funcionario, para más señas es rector del Centro Universitario de Ciencias Económicas y Administrativas (CUCEA), de las arcas de la UdeG debieron salir, de 2009 y 2014, entre 60 y 100 millones de pesos.
Y lo peor del caso es que esa sangría de las arcas universitarias volverá a darse ahora que el equipo acaba de perder la categoría de Primera División y, con ello, se volatilizaron también sus “ventajosos ingresos” (Raúl Padilla dixit) por concepto de taquilla, derechos de televisión, publicidad estática, venta de camisetas, etcétera.
Aparte de lo anterior, lo que ahora queda de los desahuciados Leones Negros es un par de pésimas temporadas en la Liga Mx; una desastrosa gestión de sus directivos, con el “cacique bueno” a la cabeza, y un adeudo de 120 millones de pesos al Sindicato de Trabajadores Académicos de la UdeG, cuyos agremiados tuvieron que prestar esa suma voluntariamente a fuerzas, por la determinación de su representante (Martín Vargas Magaña), otro pelele del padillato.
Por último y pasadas ya más de dos semanas del desastre, algunos “cocos pensantes” de la UdeG, quienes hace todavía poco le cantaban loas al equipo de futbol que “había venido a darle identidad” a esa casa de estudios, no han vuelto a decir esta boca es mía. ¿Los mariachis callaron? ¿O es que funcionarios como los rectores Héctor Raúl Solís Gadea y Marco Antonio Cortés Guardado, o beneficiarios del padillato, como el intelectual orgánico José María Murià, se cuidan de contrariar al patrón, al sepulturero de los Leones Negros?








