Era la época del milagro mexicano, de la creación de Ciudad Universitaria, pero también de las primeras concesiones a la industria petrolera extranjera después de la nacionalización del 18 de marzo de 1938; de la creación de la Dirección Federal de Seguridad, y de la ampliación del concepto de disolución social en el código penal, negando el derecho a fianza a los inculpados de ese “delito”.
Era la época de Miguel Alemán Valdés, el “primer obrero de la patria”, a quien en la marcha del 1 de mayo de 1952 se rendiría homenaje por su “política obrerista” en vez de proclamar la solidaridad obrera internacional, como históricamente correspondía. Las centrales obreras, adherentes al gobierno priista, habían acordado no ondear la bandera rojinegra de la lucha obrera, sino la bandera tricolor. Cualquier otro estandarte estaba prohibido; el día de la marcha, agentes encubiertos los decomisarían en las calles.
Ya encaminada hacia el Zócalo, surgieron elementos armados del grupo fascista llamado Camisas Doradas, comandados por el coronel Aniceto López Salazar, para atacar a la columna del Partido Comunista Mexicano. Estaban atrincherados en el Palacio de Bellas Artes, el mismo donde Alemán asumió la presidencia.
Luis Morales Jiménez, estudiante del Instituto Politécnico Nacional y miembro de la Juventud Comunista; Marco Antonio Borreguí y José García Diego, obreros de la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM) y Lucio Arciniega Gómez, zapatero y dirigente del comité de inquilinos de la colonia 20 de Noviembre resultaron muertos. Seis personas más quedaron heridas.
Esta es la historia contada en el libro Columnas contra cordones: 1o de mayo de 1952, de Mario Héctor Rivera Ortiz (Guadalajara, 1927), entrevistado en estas mismas páginas la semana pasada). Médico de profesión, entonces pertenecía a la Juventud Comunista. Publicado en 1997 por Ediciones Mar y Tierra para la colección Letras Perdidas, la edición incluye fotografías del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista.
El autor no se detiene en la represión de ese día, sino que da cuenta de la coyuntura política de aquellos años. Desde una perspectiva marxista, el testimonio y análisis de Rivera Ortiz pretende explicar algunos problemas históricos del país que marcan el presente, tales como la relación de la izquierda pequeño-burguesa nacional con el Partido Revolucionario Institucional, el charrismo sindical, el cardenismo, el fraude electoral a Miguel Henríquez Guzmán (del cual resultó electo el candidato del PRI Adolfo Ruiz Cortines) y la vida de los presos políticos en Lecumberri arrestados durante la manifestación de aquel 1 de mayo.
La historia de Rivera Ortiz es también la historia combativa del país, la de los errores políticos que se siguen cometiendo por falta de conciencia histórica y claridad teórica; la de una generación de jóvenes ingenuos que tuvo que madurar políticamente para enfrentar la represión y la traición en su contexto nacional, y también las desilusiones que dejó el “socialismo real” de la Unión Soviética.
Se trata de un importante documento que trata de “rehacer la historia concreta de un período que podría tener algunas semejanzas con el presente”, y está dedicado a la memoria de Luis Morales Jiménez, a los presos y a los jóvenes de los años cincuenta.
Dividido en cinco capítulos, la lectura de este volumen “refrescará la memoria” a aquellos “que olvidaron que la democracia, en todo caso, no es sino el resultado de la lucha de clases sangrienta y brutal”.








