Los problemas raciales han dominado la imagen de lo que ocurre en Estados Unidos durante las últimas fechas. Para algunos es una situación inesperada. Después de la llegada a la presidencia de Barack Obama, se creía que tales cuestiones estaban superadas. Se consideró posible que el color de la piel no fuese la barrera infranqueable para acceder al derecho a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, la famosa frase inscrita por Jefferson en las primeras líneas de la Constitución estadunidense.
La realidad no ha permitido mantener ese optimismo. Las relaciones raciales siguen dominando en la problemática social en Estados Unidos. La ira de la población afroamericana ante la brutalidad de la policía hacia jóvenes negros ha estallado causando disturbios que, en el caso de Baltimore, han llegado incluso a la imposición del toque de queda. Según encuestas, la mayoría de los afroamericanos y cerca de la mitad de la población blanca piensan que las relaciones raciales no tienen una solución satisfactoria. La guerra civil, los movimientos cívicos, las promesas de Obama no han sido suficientes para poner fin a esa línea que, en ocasiones calladamente y en otras con profunda violencia, divide a la sociedad estadunidense.
Cierto que ha habido cambios. Los movimientos a favor de los derechos civiles de los años 50 y 60 obtuvieron victorias. Las políticas que consagraban el racismo, como la segregación en las escuelas o en el transporte público, por recordar los ejemplos más evidentes, desaparecieron. También cambiaron el comportamiento y las actitudes de la población blanca, que difícilmente haría referencia ahora a la superioridad de una raza sobre otra, aceptando de buen ánimo las metas de integración racial.
Sin embargo, no es suficiente que cambien las leyes y actitudes para modificar la realidad. Al adentrarse en las condiciones de vida de quienes son víctimas de la brutalidad policiaca aparecen datos muy duros que indican que la desigualdad racial no sólo no desaparece, sino que se profundiza. En efecto, afroamericanos y otras minorías, como los hispanos, se encuentran en clara desventaja frente a la mayoría de la población blanca.
Desde el punto de vista de la salud, la vivienda, el empleo, las oportunidades de ascenso social y el acceso a la justicia penal las diferencias son enormes. Un caso muy dramático es el de la justicia. Los afroamericanos e hispanos tienen seis posibilidades más de ir a la cárcel que los blancos. La privatización de las cárceles ha favorecido la tendencia a encarcelar a esa población por delitos menores, como puede ser conducir sin licencia o pasarse un alto en el tránsito. En el terreno de la educación, la oportunidad de acceder a la educación superior es sólo la mitad de la que tienen los blancos.
La reacción a los disturbios registrados ha sido diversa. Desde luego, ha puesto sobre la mesa el tema de policías mal entrenados, carentes de la formación necesaria para cumplir sus funciones sin hacer uso de la fuerza, y particularmente predispuestos en contra de los jóvenes negros o hispanos. La recomposición de fuerzas policiacas es, pues, una tarea a cumplir si Estados Unidos pretende mantener legitimidad para defender los derechos humanos.
Por otra parte, dentro del pensamiento conservador, cuya mejor expresión son los simpatizantes del Tea Party que colaboran en prensa y televisión, los problemas que se han suscitado tienen su origen en la cultura de los afroamericanos que no cultiva el esfuerzo personal, la superación a través del estudio y el trabajo. Desde su punto de vista, con la abolición de las leyes discriminatorias, la cuestión racial ya no existe. Se trata ahora de avanzar por el terreno de los esfuerzos personales que han sido la raíz del éxito en Estados Unidos.
Una mirada muy distinta se encuentra en un número reciente de la revista Foreign Affairs (marzo-abril de 2015), destinado, entre otros puntos, a analizar la desigualdad racial después del racismo, para concluir en uno de sus artículos que “Estados Unidos es un lugar donde el papel de la raza es más sutil y más escondido que antes, pero no menos potente”.
Con el antecedente del descontento social detonado en los últimos meses, el tema de la desigualdad racial está destinado a ocupar un lugar en las campañas electorales que se avecinan; en efecto, ni demócratas ni republicanos podrán evadirlo. No obstante, como puede advertirse en líneas anteriores, sus propuestas y matices pueden ser muy distintos y no necesariamente corresponderán a la complejidad del asunto que se debe enfrentar.
El empeoramiento de las condiciones sociales de la población afroamericana no puede abordarse sin una llamada de atención sobre el aceleramiento de las desigualdades que ha caracterizado a la evolución del capitalismo tras la crisis financiera que inició en el 2008. Esto último ha atraído la atención de los economistas más renombrados del último año, como Thomas Piketty, uno de cuyos objetivos principales es el diseño de políticas redistributivas más eficaces que hagan frente a las consecuencias tan negativas de la creciente desigualdad.
Es dudoso que las ideas de Piketty orienten, aunque sólo sea en parte, el devenir de la economía estadunidense. Lo indudable es que, sin poner freno a la desigualdad racial que reina en ese país, los disturbios que hemos visto en Ferguson, Baltimore y Nueva York seguirán siendo la nota sobresaliente de las relaciones sociales en Estados Unidos.








