Qué nos hiere del otro, ¿lo que conocemos o lo que desconocemos después de que se ha ido?
Un joven arregla las cosas del padre después de su muerte y encuentra unas cartas secretas que revelan una relación apasionada con otro hombre. La confusión lo invade al leer los sentimientos que el remitente expresa, y decide buscarlo.
Las heridas del viento habla de este encuentro, y la historia se va mostrando entre ambigüedades, secretos y sorpresas. No hay mucho más que saber de su padre; más bien confirma su carácter estricto, frío e inaccesible. El joven sólo sabe lo que siente el otro, pero su padre seguirá siendo una página en blanco.
La puesta en escena, protagonizada por Antonio Algarra y Javier Olguín, alternando con Allan Flores, es dirigida por Luly Rede en un pequeño espacio donde en los extremos ubica el universo de cada uno de ellos. Inicia con un monólogo del hijo que le habla al espectador sobre lo que le ha ocurrido. Muestra las cartas y su decisión de encontrar respuestas. En el otro extremo está el hombre mayor que pareciera ser, por un acierto de la directora, en principio su padre, pero que en realidad es el amante. El tránsito entre un espacio y el otro, aunque de manera borrosa escénicamente, indica la relación que se va estableciendo entre ambos personajes.
El autor español de Las heridas del viento, Juan Carlos Rubio, juega con la información y va deshaciendo, poco a poco, las ideas que el espectador tenía. Si en un principio parecía una relación amorosa entre dos hombres, descubrimos que ésta es unilateral pues sólo el amante es el que escribe sobre ella de manera platónica pues expresa el deseo de amar sin importar el depositario de esos sentimientos. Uno crea en su interior la historia sin necesidad de que exista. El universo del hombre mayor abre la visión que el joven tiene del mundo y nos presenta a un ser decidido a vivir la vida como él quiere, donde la libertad, la ironía y la frivolidad es el ingrediente sustantivo del personaje. Antonio Algarra, que lo interpreta, refleja una sensibilidad exquisita, una ternura y una interioridad que poco tiene que ver con el personaje, pero construye otro ser afectivo y optimista que reinterpreta al personaje.
El joven no es un personaje cuya inquietud hacia su padre lo induzca a buscar en el fondo de su ser, pero el encuentro con el hombre mayor le abre puertas para él desconocidas. Allan Flores rescata al personaje dándole la naturalidad y el aplomo necesario para ser el medio de este recorrido. La directora consigue realismo en la interpretación aunque los deseos de transitar por distintos espacios, como un parque o un autobús, lo hace demasiado ilustrativo. La escenografía de Pedro Pazarán, que consiste en unos templetes de madera, no son en realidad el espacio, pues los personajes suben y bajan de ellos, perdiéndose el reto del acotamiento del mismo. La directora ha decidido que los espectadores también se encuentren en el foro del teatro y que, de un lado y del otro, puedan verse las caras y las reacciones que el acontecer de la obra provoca.
Las heridas del viento, estrenada en Nueva York y montada en diversos escenarios de otros países, se presenta hasta el día 27 en el Teatro Sergio Magaña.








