Tres años sin justicia

XALAPA, VER.- La placa es apenas una hoja de lámina con orillas doradas. El nombre resalta sobre un fondo negro: “Plaza Regina Martínez”.

Es una chapa discreta, austera. Como la persona a la que honra, no por su muerte sin sentido y sin justicia, sino por su vida y sus pasos en el periodismo.

“Los recuerdos (de Regina) fortalecen nuestra memoria. Y a usted, Javier Duarte, ¿quién lo recordará positivamente?”, se escucha decir durante el tercer homenaje a la periodista, en la plaza Lerdo, que periodistas y organizaciones sociales ya llaman plaza Regina Martínez.

La pregunta toca las puertas cerradas de los balcones de Palacio de Gobierno. Nadie abre.

Es el martes 28 de abril, reporteros, fotógrafos, cafeticultores, activistas por la paz y el maíz, estudiantes, bordadoras, campesinos y amigos de Regina, corresponsal de Proceso asesinada hace tres años en su casa, se reúnen y leen en voz alta las notas, los reportajes, el trabajo periodístico que le sobrevive.

“Una pluma llena de razón. Una reportera cuya labor fue hacer anotaciones de la realidad. Sus verdades molestaron”, lee Majloc, activista de la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana.

“La mataron en plena madurez periodística. Su visión estaba en el punto que muchos quisieran –quisiéramos– tener. Tiempo, pausa y silencio se combinaban en sus trabajos”, le escribe su amigo Guillermo Manzano.

“No escogió el periodismo fácil. Dio voz a campesinos e indígenas, a quienes acompañó hasta el final”, le dedica la reportera Guadalupe López.

Regina, efectivamente, dio voz a las protestas, a la denuncia por la corrupción, el abuso de poder, la violencia, las desapariciones, las vejaciones a los migrantes centroamericanos. Habló de los periodistas amenazados, exiliados, después asesinados o desaparecidos.

El 28 de abril los organizadores del homenaje anual a Regina –el tercero– comienzan el día frente a su tumba.

Le ponen crisantemos, rosas, claveles, girasoles. Una veladora de color rojo mantiene la llama, débil pero persistente. Imposible permanecer incólume frente al nombre de la lápida.

De parte del grupo de corresponsales de Proceso, un ramo de alcatraces se une al tumulto de colores sobre el pasto.

Hace tres años –entre el azoro, el dolor incrédulo cuando se conoció su asesinato y el peligro que vivían los periodistas en Veracruz– resultó imposible estar aquí, velarla.

Hoy regresa el mismo llanto.

Al mediodía, en la antigua plaza Lerdo ubicada frente al Palacio de Gobierno, jóvenes estudiantes escriben sobre cartulinas blancas las enormes letras negras de las palabras que Julio Scherer lanzó a la cara del gobernador Javier Duarte (PRI) unas horas después de enterarse del asesinato de la corresponsal:

“No les creemos”.

Ante los hechos, ante la realidad, no fue creíble la hipótesis, la supuesta trama con que las autoridades estatales quisieron envilecer la vida de la reportera para justificar su muerte.

“A los poderosos nada los detuvo para torturarla ni para pretender manchar su nombre”, reclama Araceli González, del Colectivo por la Paz.

Daniela Griego, del colectivo Maíz, esboza a una Regina más viva que nunca en la memoria social veracruzana, porque como reportera fue una solidaria acompañante de multitud de causas: luchas agrarias, violaciones a derechos indígenas y de mujeres; prácticas clientelares de organizaciones serviles al poder. “Como organizaciones campesinas reconocemos su valioso aporte, su valiente posición al denunciar la corrupción. Por eso la mataron. La lectura (de sus reportajes) indignaba, generaba reacciones. Por eso la mataron”.

Celis, un cafeticultor de la Coordinadora Nacional, toma el micrófono porque a Regina le interesaba lo que decían los campesinos; porque los acompañó en distintos movimientos y luchas; porque quiere que otros periodistas lo sepan y aprendan.

Élfego Riveros, director fundador de Radio Teocelo, fue uno de los pocos amigos de ese círculo breve, íntimo, de Regina, con quien coincidió en 24 de los 50 años de la radio comunitaria.

El tiempo transforma algunos recuerdos, extravía otros, pero revitaliza algunos que fueron guardados por el dolor de la ausencia, el dolor o el miedo. Élfego habla de aquella vez en que acompañó a Regina a uno de los aniversarios de este semanario y, de regreso a Veracruz, en el autobús ADO, ella conversaba sobre lo que otros corresponsales compartían al entrar en las tierras inhóspitas en que se convirtieron tantas zonas del país.

“Pero en Proceso hay que seguir”, le dijo Regina.

Guillermo Manzano saca del bolsillo las palabras que le dedica a Regina:

“Escribir con libertad no es delito. Censurar, prohibir y matar para impedir esa libertad, sí lo es. En Veracruz lo tenemos claro. Lo sabemos. Nos atenemos. A 36 meses del asesinato de Regina Martínez Pérez nos queda claro. Ustedes lo saben, nosotros lo sabemos. En tres años sólo hemos pedido justicia y que nos digan la verdad. Que los autores intelectuales paguen con cárcel su crimen. ¿Acaso es mucho pedir?”

En tres años, continúa, se ha visto cómo este gobierno, este gobernador, “se cae en medio de su pudrición, despreciado por su presidente, ninguneado por sus subalternos, perdido en su mediocridad”.

Un círculo de lectura a cargo de reporteros y reporteras se abre paso para recuperar reportajes de Regina sobre la devastación económica estatal, la corrupción oficial… historias de hace 10, siete, tres años. Historias del Veracruz de hoy por las que el trabajo de Regina permanece.

La memoria de los presentes libera la indignación y el dolor. Se mantiene, como dice Guillermo, la esperanza: “Tampoco nos la han matado”. Éste es un gremio que del aislamiento pasó a acompañarse, a denunciar en grupo, a ser solidario entre sí, en medio de otras plumas complacientes que conocen bien, de las presiones publicitarias, los despidos y los asesinatos de otros colegas, como Moisés Sánchez o Goyo Jiménez.

Es jueves 30. Han pasado dos días del acto luctuoso y, en la plaza, la pequeña placa permanece en su lugar al pie de un escalón, seguramente provocando incomodidad a quienes la miran desde el edificio de enfrente.

Como la enorme manta colgada de los muros de Tribuna, harto visible, que restriega a aquéllos que han mantenido impune el asesinato de la periodista:

“Regina: honrar tu memoria es honrar tu trabajo.”