Cuauhtémoc. Así, completo. Nada de “Cuauh” ni “Temo”, hipocorísticos tristes que reducen la noble sonoridad del nombre y sirven para simular aprecio y familiaridad con el que hace poco tiempo era ofendido con la certera e innecesaria confusión entre cómo se vive y se juega. En un futbol desorganizado que ha reclutado un ejército variopinto de burócratas del balón, chamacos soñadores de la cancha y un puñado de jugadores de futbol –¡Salve, Leandro Augusto! ¡Salud, Ailton!–, Blanco es el único héroe a la altura del arte. Acá en la tribuna es solamente Cuauhtémoc.
Los camaradas enseñan las primeras picardías con el juego y el hombre. Los choques de orgullo con escasos premios que los convierten en contendientes de obra y de palabra. Son los rudimentos del oficio mágico y del arte que después los harán dueños de los instantes fulgurantes que consagran al balón como la pieza central de una estética momentánea que se manifiesta en una jugada, pase o gol, dibujados con las líneas invisibles de lo inesperado. Si ése es el origen, de Blanco son por derecho propio los engaños legítimos del mago y del artista para pasmo del rival y asombro de la multitud.
El oficio de Cuauhtémoc no se aprende en la universidad ni el conservatorio. No es un asunto de escuelas de artes plásticas. Anticiparse, aparecer y desaparecer silencioso, astuto –casi perversamente– en los espacios de la cancha es un misterio que resuelve en un instante supremo de belleza. Proviene de la vieja tradición de los enigmas que esconde hábilmente entre las manifestaciones de su arte. Blanco, que no renuncia a sus herencias antiguas, es el primer futbolista mexicano de la modernidad, para bien o mal.
Su futbol de raíces viejas, no nace como antaño, del amor a las mañanas futboleras. Proviene de los rencores y los resentimientos. Él, como el público, sabe que el juego permite los desquites. Sus enojos y rabietas, reales o simulados, los reclamos al árbitro que representa la autoridad no son reprobados sino repetidos cada día en las casas y en las calles de las ciudades. Es la molestia sorda de saber que el dinero en el bolsillo no cubre el gasto doméstico; la humillación que inunda el espíritu y los ojos cuando alguien es asaltado en una esquina y la autoridad ministerial y judicial lo abandona con la arrogancia de la indiferencia para quedarse como Cuauhtémoc sentado bajo la techumbre azul del cielo del estadio.
Sus pleitos son de todos. Los que gana y los que pierde. Si golpea a un adversario después de que ha concluido un encuentro, con él la muchedumbre se enoja, reflexiona y arrepiente. Si se burla del equipo brasileño, como en las mejores fiestas, bailando un jarabe tapatío, el público corea el proverbio que irrita a los cariocas: “Ganan los negritos, todos contentitos; pierden los negritos, gritos y gritos”. Si suelta un mamporro desde la ventana de un vestuario y le atina –dolosa o culposamente, como dicen los abogados– a un locutor, comienzan las apuestas: “Se cobró viejos agravios”, o bien después del golazo que les anotó a todos cuando, sin jugar su mejor partido, se llevó el trofeo Galilea para su casa, lo ofendieron tomando por asalto su intimidad o su vida privada, entonces le arrimó al gordito como lo hace con cualquier defensor del otro equipo. Otros aseguran que fue un remedio para curar al periodista de una enfermedad: la incontinencia metafórica.
La crítica deportiva casi no tiene palabras. Padece la mudez del diccionario breve del alarido y el anuncio comercial al que acude con pereza profesional. La crónica no tiene lenguaje ni estilo. Éste sí es un juego que ha sacrificado con crueldad mercantil la modernidad empresarial. Los críticos y comentaristas usan las palabras con la escasez con que el avaro destina las monedas para sobrevivir creyendo que se vive en la fortuna. Casi todos cumplen a plenitud la sentencia de su clásico: “¡Nada de intelectuales narrando el futbol!”.
Así pues, la plasticidad del juego de Cuauhtémoc, que a la tribuna le permite evocar en muchas ocasiones a Garrincha, carece de poetas con la inspiración para describir lo que hace este hombre para que la cancha deje de ser un tablero de ajedrez y sea simplemente un espacio de césped ancho y largo para jugar futbol. Sin poetas, se habrá de recurrir entonces a Manuel Picón, cuando cantó a Mané:
“Lo lleva atado al pie /como una luna atada al flanco de un jinete /lo juega sin saber /que juega el sentimiento de una muchedumbre /le pega tan suave, tan corto, tan quedo… /el balón es palomo de comba en vuelo /y lo toca tan suave, tan leve, /tan quedo /que lo limpia de barro y lo cuelga en el cielo.”








