Con El tambor de hojalata, el escritor alemán Günter Grass se colocó en la lista de creadores de las más portentosas novelas del siglo XX. Este lunes 13, a los 87 años, dejó de existir. Miguel Sáenz, quien tradujo al español parte de la obra del Nobel de Literatura 1999, recuerda que Grass era sumamente meticuloso en las versiones a otros idiomas. Habla también con admiración de la primera traducción al español de esa novela, del catalán Carlos Gerhard para la editorial mexicana Joaquín Mortiz en 1963. En la edición conmemorativa de los 50 años de aquella obra, traducida por Sáenz, éste rindió homenaje a Gerhard.
BERLIN.- Decía Günter Grass a los traductores de su obra:
“Hagan lo que quieran, sean libres. La exactitud de las palabras que empleo no es tan importante como el ritmo que quiero subrayar en mis textos. Ese es el importante.”
El escritor alemán estaba convencido de que un verdadero autor violentaba el lenguaje y dejaba a un lado los clichés y estereotipos. Eso mismo animaba a hacer a los traductores de sus obras.
Así es como Miguel Sáenz, traductor al español de gran parte de la obra de Grass, recuerda la forma de trabajo al lado del Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1999:
“Nos daba una libertad enorme y nos animaba mucho a hacer nuestras propias traducciones y a considerarlos como nuestros libros”, asegura en entrevista telefónica con Proceso.
Desde su residencia en Madrid, Sáenz –quien mantuvo con Grass una relación de trabajo de más de 30 años que derivó luego en una estrecha amistad– habla de la riqueza y complejidad de la obra del escritor alemán. De su pasión por la política y su debilidad por las causas perdidas pero justas. Del amargo trance de aquel 2006 cuando Grass confesó públicamente su pertenencia a las temidas SS del régimen nazi. E incluso de cómo aquella primera edición de 1963 de El tambor de hojalata publicada por Joaquín Mortiz en México fue la única opción para los lectores españoles ávidos de descubrirlo frente a otras traducciones que, en tiempos de censura, se distanciaban del texto original.
Inventor del lenguaje
Günter Grass le daba gran importancia al trabajo de traducción que se hacía de su obra. Mantener una relación cordial y abierta con quienes se encargaban de ello fue prioridad para él y, por eso, cada vez que escribía un nuevo libro convocaba a su grupo de traductores a una reunión que –dependiendo la obra y su extensión– podía durar hasta ocho días.
Ya fuera en las ciudades de Frankfurt, Lübeck o cualquier otro punto de su cartografía personal, durante esos días el escritor se dedicaba a convivir con ellos, leerles su libro y presentar y explicar los pasajes que podrían resultar complejos, como aquellos en los que hacía uso de expresiones dialectales.
“Eran reuniones muy útiles y productivas porque si bien Grass no podía solucionar nuestros problemas, sí señalaba dónde podía haber alguno. Además eran reuniones muy cordiales, de amigos. Él decía que éramos su familia ampliada y eso se reflejó en el resultado del trabajo. De Israel a China sus traducciones recibieron premios porque sus respectivos trabajos eran hechos con cuidado y afecto”, explica Sáenz, cuya traducción de El rodaballo de Grass le hizo acreedor al premio Fray Luis de León en 1981.
Conocedor absoluto de la obra del Nobel, este doctor en derecho aeronáutico y miembro de la Real Academia Española (RAE), señala que la complejidad principal de la obra de Grass residía sin duda en su riqueza lingüística.
“Grass escribía un alemán muy especial. Su lenguaje era muy rico e innovador, de manera que en ocasiones el traductor se encontraba en la necesidad de inventar palabras que no existen en el español al igual que no existen en el alemán y que él había inventado. Ello resultaba sumamente estimulante”, explica.
–¿Puede citar un ejemplo?
–En algún pasaje del Rodaballo utiliza el verbo “zeitweilen”, que en realidad no existe y que significa dejar pasar el tiempo. Y entonces yo me inventé la palabra “tempotransitat” que tampoco existe en español. Y como esa hay más palabras que Grass se inventó. Pero lo más importante de su obra es el fondo, que cuenta con una fuerza extraordinaria y una elegancia de estilo admirable. Para mí siempre fue un desafío traducirlo y siempre me sentí muy arropado y apoyado por él.
Y porque con seguridad el propio Grass era consciente de su complejidad para ser vertido a otra lengua, él mismo impulsaba a sus colaboradores a jugar con el idioma:
“Nos decía, por ejemplo: ‘En este pasaje lo que me importa es el ritmo, la exactitud de las palabras que empleo no es tan importante como el que tenga el ritmo que quiero subrayar’ Otras veces nos leía algún pasaje en dialecto y decía: ‘Evidentemente los protagonistas no hablan un alemán normal, sino una variedad del idioma. Entonces hagan lo que quieran con ello al traducir’.”
Escritor político
Honrado de haber contado con la amistad de Günter, Sáenz enfatiza en los rasgos de generosidad, calidez humana y sobre todo compromiso político que, asegura, caracterizaron al escritor.
Fiel al tabaco de su inseparable pipa, que hasta los últimos momentos de su vida fumó, este corpulento hombre de bigote tipo morsa, nacido en la ciudad de Danzig, hoy territorio polaco, lo que le ocupaba y preocupaba además de su obra era la política y los temas humanos.
“Era ante todo un seguidor de las causas perdidas pero que creía justas y humanas. La mejor forma de movilizarlo era plantearle un caso desesperado, de injusticia, y entonces él estaba presente ahí donde se le buscara”, asegura.
Cuba, Israel, Yemen, y más reciente el conflicto en Ucrania fueron temas que lo hicieron levantar su voz pública desatando polémicas que no siempre le fueron favorables. Memorable fue la generada en 2012 por la publicación de su poema “Lo que hay que decir”, en la cual acusa a Israel de ser una amenaza nuclear y que le generó que el Estado de ese país lo declarara persona non grata.
“Se involucraba en cada causa y tomaba partido muy valientemente aunque a veces sus decisiones fueran discutibles o equivocadas. En el caso de España, por ejemplo, él consideraba que había que hacer cosas nuevas en el momento de la transición. Y yo le decía: ‘Mira Günter, esto es mucho más complicado de lo que parece. España no es Alemania’. Pero así era él, un hombre muy comprometido”, recuerda.
Sáenz menciona también la disputa verbal que durante un viaje a España sostuvo con el escritor Juan Benet. Grass le aseguró que la obligación de todo escritor era la de ser la conciencia de la sociedad en la que vivía, a lo que el autor español le contestó que la obligación de un escritor es escribir bien y listo.
“Grass no podía comprender que alguien pudiera ser tan frívolo y no sabía que Benet era también un escritor comprometido a quien le gustaba tomarse las cosas con un poco más de humor.”
El oprobio
Cuando en 2006 Grass publicó su novela autobiográfica Pelando la cebolla, el mundo se le fue encima. En ella abordaba con más detalle su paso como soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial y su pertenencia –involuntaria, aseguró siempre– a las temidas SS nazis, las escuadras de defensa del régimen de Hitler.
Sáenz, junto con escritores de la talla de Mario Vargas Llosa y Salman Rushdie, fueron de los pocos que entraron en su defensa pública. Hasta hoy considera el traductor de Grass que la severidad con la que éste fue tratado resultó injusta.
“Fue una polémica muy injusta porque él ya había hablado del tema en otros libros y había explicado cómo se dio todo. Además hay que tomar en cuenta que era un chico de 16 años que, como la inmensa mayoría de los alemanes de la época, creía en los principios del Tercer Reich y que era su deber defender a su patria en la guerra. Y por supuesto que las SS no le decían en absoluto lo que hoy nos dicen a nosotros.
“Creo que su único error fue no haberlo contado antes, pero lo comprendo muy bien. Se avergonzaba de ello. En el libro de poemas Payaso de agosto, que escribió luego de este episodio, hay un poema, “Mi oprobio”, que me parece muy significativo porque refleja a alguien que sabe que es culpable de algo que no tenía culpa de haber hecho.”
El poema citado por Sáenz dice:
Tarde, dicen, demasiado tarde.
Decenios demasiado tarde.
Yo asiento: sí, necesité tiempo
hasta encontrar palabras
para la gastada palabra «vergüenza».
–Al final de su vida, ¿alguna vez habló sobre la muerte?
–Creo que la muerte no era una obsesión para él. Lo único de lo que se quejaba era de la disminución de sus fuerzas físicas. Antes tenía la capacidad de construir novelas maravillosas como Años de perro con una estructura complicadísima, y la última vez nos dijo que ya no tenía ni fuerzas ni ánimos para una gran novela. Así que sí creo que le dolía la disminución de sus facultades físicas o intelectuales.
Traducción mexicana
En 1963 la recién fundada editorial mexicana Joaquín Mortiz publicó por primera vez al español la novela emblemática de Günter Grass El tambor de hojalata, cuya aparición en el mercado alemán fue en 1959.
La traducción corrió a cargo del catalán exiliado en México Carlos Gerhard, y durante 46 años esa fue la única versión del libro que llegó a miles y miles de lectores de Grass en los países de habla hispana.
El motivo: no sólo se trataba de una versión rigurosa y de alta calidad, sino que durante la década de los sesenta y parte de los setenta la censura de la dictadura franquista prohibió editar las obras de Grass.
“En España tuvimos mucha suerte porque contamos con la traducción mexicana de El tambor de hojalata. La censura española era muy absurda porque los libros que no dejaban publicar en España sí los dejaban entrar cuando venían de México o Argentina. Y yo tengo muchos libros mexicanos de esa época editados por Joaquín Mortiz”, explica Sáenz.
Más aún. A decir del traductor de Grass, la edición mexicana de la obra cumbre del alemán se apegaba fielmente al texto original sin ningún dejo de censura, como tuvieron otras obras suyas en esa época.
“En España fue censurada porque tenía pasajes casi blasfemos y pornográficos. Incluso en la primera edición inglesa había algún pasaje que, si bien no estaba censurado, al menos sí estaba ‘arreglado’ porque el original era muy pornográfico. Supe también que –en aquel entonces– en Portugal la obra se publicó pero con algunos pasajes suprimidos. Entonces nosotros tuvimos mucha suerte de contar con la edición mexicana”, rememora.
Sáenz aprovecha para elogiar el trabajo de Carlos Gerhard en 1963:
“Es una traducción exacta a la que no le falta nada. Es excelente y me alegro de que se siga vendiendo porque él fue un enorme traductor”, dice.
Y sí. En el epílogo de la nueva traducción de El tambor de hojalata publicada en 2009 por la editorial española Alfaguara y que cuenta con el trabajo conjunto del propio Grass, Sáenz rinde homenaje a esa primera edición y a su traductor catalán muerto en la Ciudad de México en 1974.
“Al enfrentarme luego con la tarea de traducir de nuevo la novela, me sorprendió la calidad de la traducción hecha por Gerhard medio siglo antes. Es cierto que había erratas (fruto sin duda de las innumerables reediciones), auténticos errores (¿qué traducción no los tiene?), aspectos efectivamente mejorables… Pero el castellano de Gerhard era excelente.”
El día de la muerte de Günter Grass, el lunes 13, el editor de sus obras en Alemania, Gerhard Steidl, anunció que justo antes de su deceso el escritor y él tuvieron en sus manos el borrador final del último libro de Grass, Vonne Endlichkeit (“De la finitud”). Se trata de un experimento literario, dijo, que combina prosa y lírica y tendría que ser publicado al alemán a más tardar el próximo otoño.
Sáenz considera que la obra póstuma del Nobel germano tendría que ser publicada en español.
“Y esperaría que la editorial que lo haga se ponga en contacto conmigo porque sería un enorme placer poder traducir el último libro de Günter Grass”, confiesa.








