Misiles contra el acuerdo nuclear

Paradojas del Medio Oriente: el acuerdo provisional alcanzado por las potencias occidentales e Irán para evitar que el programa nuclear de ese país tenga usos militares ha provocado que enemigos históricos se encuentren en el mismo lado: los conservadores iraníes junto con la derecha estadunidense, y los saudiárabes junto con el gobierno israelí. Todos, por razones distintas, tratan de boicotear dicho acuerdo antes del fin de las negociaciones el próximo 30 de junio… No parece importarles la paz, sino sus intereses geopolíticos.

Un entendimiento histórico fue alcanzado en Lausana, Suiza, el jueves 2 entre las potencias llamadas P5+1 –los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China) más Alemania– e Irán, respecto del programa nuclear de la nación islámica. Un principio de pacto al que se llegó tras negociaciones de infarto, sobrepasando el tiempo límite y que debe plasmarse hasta en los detalles y la letra chica a más tardar el próximo 30 de junio.

Pero de dicho entendimiento las partes parecen haber entendido cosas distintas. O eso parece a partir de lo que cada una de ellas asegura que se entendió.

Por ejemplo: “Ninguna de las instalaciones y actividades nucleares serán cerradas o suspendidas”, dicen los iraníes que entendieron; Irán “reducirá en casi dos tercios su actividad nuclear”, aseguran los estadunidenses que fue entendido.

Otro ejemplo: el momento de levantar las sanciones. “En cuanto empiece a aplicarse el acuerdo final”, aseguró el ministro de exteriores iraní, Mohamad Javad Zarif; “después de que se certifique que Irán está cumpliendo”, sostiene Washington.

Estos aparentes malentendidos, alimento de denuncias e inconformidad de ambos lados, son producto de las maniobras de cada gobierno para desactivar, precisamente, las denuncias y la inconformidad: se trata de “vender” el entendimiento de una forma que pueda semejar una victoria para los gobiernos ante sus respectivas opiniones públicas, de manera que se pueda blindar el frágil proceso de los 90 días de discusiones restantes para lograr un acuerdo definitivo.

Y es que los opositores al acuerdo han lanzado ya una ofensiva en múltiples frentes para descarrilarlo. Es la última oportunidad para la alianza de enemigos en la que se unen los conservadores iraníes con la derecha estadunidense, y los saudiárabes con el gabinete israelí de Benjamín Netanyahu.

Cada uno por su lado está haciendo lo posible por culminar una estrategia con dos alternativas de éxito visibles: que el Congreso de Estados Unidos ate de manos al presidente Barack Obama (posiblemente tan pronto como este martes 14) y que Alí Jamenei, el líder supremo de la República Islámica de Irán, desautorice a los negociadores del presidente Hasán Rouhaní.

Nuevos equilibrios

El grupo P5+1 intenta asegurarse de que las actividades nucleares iraníes no tienen fines militares y de que ese país no podrá construir un arma nuclear; Teherán quiere desmantelar el bloqueo económico al cual está sometido mediante una compleja red de sanciones internacionales, y reintegrarse como miembro de pleno derecho a la comunidad de naciones.

De acuerdo con un análisis del International Crisis Group –Diálogo sobre Irán nuclear: un logro extraordinario, pero una larga ruta por recorrer, publicado el jueves 2–, la finalización y aplicación de un Plan Comprensivo de Acción Conjunta sobre el programa nuclear iraní “le daría fin a un enfrentamiento (stand-off) prolongado y multidimensional, bloquearía vías hacia la militarización nuclear, establecería un precedente para el régimen de no proliferación nuclear, le daría alivio económico al pueblo iraní, ofrecería un camino para normalizar la relación de Irán con la comunidad internacional y así le abriría la puerta a la posibilidad de una colaboración constructiva en asuntos críticos de paz y seguridad en Medio Oriente”.

Este último punto podría tener tal impacto que redibujaría los equilibrios regionales, según el análisis El acuerdo marco sobre Irán impulsará la diplomacia regional, publicado el viernes 3 por el portal de asuntos de Medio Oriente Al-Monitor.

Estados Unidos e Irán podrían profundizar su trabajo conjunto para combatir al Estado Islámico y desalojar esa milicia yihadista de los territorios conquistados en Irak y Siria, país éste al cual la coordinación de ambos países “traería alivio humanitario a la asediada población” y “tal vez conduciría a una largamente buscada transición política” que dé fin a la guerra, lo cual es una perspectiva más esperanzadora que “comprar las agendas de Turquía y otros aliados de Estados Unidos”.

La estrategia de Washington podría apuntar a “crear algún tipo de balance entre Arabia Saudita y sus socios del Golfo Pérsico (Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Omán) e Irán y sus socios en Siria e Irak”, dice Daniel Rubinstein, profesor de asuntos árabes de las universidades israelíes Hebrea y Ben Gurión.

Ese nuevo equilibrio permitiría que Estados Unidos maniobrara entre ambos bloques para prevenir una escalada en la zona, aunque en el largo plazo “Irán saldría ganando”, pues a diferencia de sus rivales tiene una extensa clase media con un buen nivel educativo, celebra elecciones periódicas, su sociedad es dinámica y aspira a modernizarse (lo cual podría eventualmente derribar el régimen de los ayatolas en favor de un sistema más progresista).

En cambio, opone Rubinstein, “los gobernantes de Arabia Saudita y de los países del Golfo no tienen más que un solo objetivo: aferrarse a la monarquía y a las grandes ganancias del petróleo”.

En este escenario, prosigue Rubinstein, Israel tiene “sólo un papel secundario”. Las amenazas de destruir el Estado judío, proferidas por el anterior presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, “no se deben a una postura ideológica musulmana, sino más bien a un esfuerzo por atraer simpatías entre los Estados árabes que le son hostiles”. Rubinstein considera que la forma de suavizar la actitud iraní es llegar a un acuerdo con los palestinos.

Amos Yadlin, quien fue jefe de inteligencia del ejército israelí entre 2006 y 2010, declaró el viernes 3 a Al-Monitor que el entendimiento con Irán no es “ideal”, pues “le da legitimidad como un Estado en el umbral nuclear” y lo deja “más o menos a un año de construir un arma nuclear”. Sin embargo, valora, sigue siendo “un paquete bastante bueno”, pues si Netanyahu lograra descarrilarlo, “Irán podría ignorar a la comunidad internacional, negarse a responder preguntas sobre su arsenal, seguir enriqueciendo (uranio) y armar una bomba antes de que nadie tuviera oportunidad de reaccionar”.

Esta opinión es compartida en los estamentos militares y de seguridad nacional, pero no por los políticos del gobierno israelí, que ven en la amenaza de la bomba atómica iraní una forma de mantener a su país fuera del Tratado de no Proliferación Nuclear (TNPN) y al margen de iniciativas internacionales para limpiar Medio Oriente de todas las armas de destrucción masiva.

En el documento final de la última Conferencia de Revisión del TNPN, en Nueva York en 2010, se llamó a las naciones nucleares que no han firmado el tratado –India, Paquistán e Israel– a sumarse a él sin demora ni precondiciones. Específicamente se destacó la importancia de poner las instalaciones nucleares israelíes bajo las medidas de seguridad del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Estas conferencias de revisión son quinquenales y la próxima está a punto de celebrarse, el miércoles 22, también en Nueva York. Se espera que el asunto de Israel sea uno de los temas por discutir, así como el acuerdo de la conferencia de 1995 de eliminar las armas nucleares de Medio Oriente.

Ofensiva en Washington

“Este logro (el entendimiento) no es definitivo”, advierte el informe del International Crisis Group. “Es tan frágil como formidables son las fuerzas en contra”. Entre sus numerosos críticos, sigue el documento, “el comodín más importante son los miembros del Congreso de Estados Unidos, que sostienen que no restringe suficientemente las actividades nucleares iraníes”.

Y están dispuestos a recurrir a cualquier argumento: “Hitler consiguió menos de Chamberlain que lo que los iraníes consiguieron de los negociadores estadunidenses”, declaró el senador republicano Mark Kirk el jueves 2, haciendo una comparación con el Acuerdo de Múnich de 1938, cuando el primer ministro británico Neville Chamberlain accedió a las ambiciones de Hitler de anexarse parte de Checoslovaquia.

“Con el acuerdo de hoy”, prosiguió, “Estados Unidos y sus socios internacionales van a desmantelar el régimen de sanciones contra Irán, mientras a Irán, el mayor exportador de terrorismo del mundo, se le permitirá retener vastas capacidades para hacer armas nucleares”.

Kirk se hizo eco de una línea de argumentación establecida por el gobierno israelí, varios de cuyos miembros, en diversas entrevistas realizadas  en la última quincena de marzo, propusieron cambiar el nombre de Lausana, donde se realizaban las negociaciones, por el de Múnich, ya que las pláticas se dirigían hacia una “bancarrota moral”, en palabras del viceministro de Exteriores, Tzachi Hanegbi.

El republicano Bob Corker, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadunidense, promueve un proyecto de ley –que se presentará el martes 14– que le daría al Congreso la facultad de aprobar o rechazar el acuerdo definitivo, prohibiría retirar las sanciones contra Irán durante dos meses desde la firma del pacto y exigiría que el presidente certificara cada 90 días que Teherán está cumpliendo.

Cada uno de estos pasos permitiría que una mayoría simple de legisladores (y los republicanos la tienen) resolviera en contra y anulara todo el proceso.

En las condiciones actuales, sin embargo, Obama, que está en campaña para “vender” el acuerdo a sus conciudadanos, puede imponer su veto para evitar que la legislación se apruebe. Para superarlo, sus opositores necesitan dos terceras partes de los votos, que en el caso del Senado son 67: ya que los republicanos son 54, necesitan el apoyo de 13 demócratas. En entrevistas para televisión, Corker asegura que ya tienen a 10 u 11 y están por conseguir los que faltan.

En Israel, Netanyahu pone las esperanzas en sus amigos del Congreso estadunidense.

Entre los gobernantes árabes sunitas, enfrentados con el Irán chiita por rivalidad religiosa además de política, prevalece la decisión de ganar autonomía para competir con Teherán en cualquier caso, se descarrile o no el acuerdo: además de crear una fuerza militar de reacción rápida con sus aliados regionales, Arabia Saudita contrató este año tres poderosas agencias de cabildeo estadunidenses alineadas con los republicanos para que promuevan sus intereses en ese país: Targeted Victory, Zignal Labs y Pillsbury Winthrop Shaw Pittman, según informó el portal de firmas de relaciones públicas O’Dwyer’s el 23 de marzo.

En Irán, por supuesto, la batalla también se está dando. Aunque el país está dotado de un sistema republicano con tres poderes, se trata de un Estado teocrático donde existe uno superior, con autoridad sobre todos los demás: el del líder supremo, el ayatola Alí Jamenei. Hasta ahora Jamenei ha otorgado al presidente Rouhaní lo que la agencia Reuters llama un “apoyo cauteloso” en las negociaciones.

Pero el ayatola demoró una semana en pronunciarse públicamente y, cuando lo hizo fue con ambiguedad. Al igual ocurre con Obama, tanto Rouhaní como su ministro de exteriores han tenido que hacer campaña para convencer de que han logrado un buen trato, presentando el entendimiento como una victoria nacional.

Están encontrando una dura oposición de los conservadores que denuncian como traición todo acuerdo con “el gran Satán”, como el ayatola Jomeini, primer líder supremo y padre de la República Islámica, denominó a Estados Unidos.

El domingo 5, al presentar resultados ante el Comité de Política Exterior y Seguridad Nacional del Parlamento, Zarif se enredó en una dura discusión con el legislador derechista Javad Karimi-Ghodousi, leal al expresidente Ahmadineyad.

El debate no fue sobre las virtudes o defectos del entendimiento con el P5+1, sino sobre si Jamenei estaba o no de acuerdo con algunos de sus aspectos. Especialmente con el enriquecimiento de uranio en una de las dos plantas nucleares, Fordow y Natanz. Irán aceptó dejar de hacerlo en la primera. Javad aseguró que el líder supremo le había advertido a Rouhaní que no podía tocar ninguna de las dos. Zarif negó que esto hubiera ocurrido y acusó a su interlocutor de mentiroso.

El martes 7 el gobierno iraní se anotó un punto cuando el general Mohamad Alí Jafarí, el de mayor rango en los Guardianes de la Revolución, el principal cuerpo militar del país y con gran influencia en la política, agradeció a “los queridos negociadores por sus honestos esfuerzos y por su resistencia en las líneas rojas definidas” por Jamenei.

Los conservadores, no obstante, critican que una cosa es lo que entendió Irán que se acordó y otra lo que Washington afirma haber entendido. Y el líder supremo, dueño de la última palabra, no dijo si ni no. El jueves 9 se limitó a alimentar la incertidumbre al negar que existan “garantias para un acuerdo final”.