Los gobiernos de América Latina llegaron a la VII Cumbre de las Américas en posición de debilidad ante Estados Unidos: todos enfrentan graves problemas económicos y casi todos sufren crisis políticas derivadas de escándalos de corrupción, abusos de poder y conflictos de interés. Ello le quita a la región “iniciativa y liderazgo” para discutir temas sustantivos en la cita de Panamá y para evitar el doble juego de Estados Unidos, el cual oscila entre la búsqueda del entendimiento, como ocurre con Cuba, y la presión unilateral, como pasa con Venezuela.
Bogotá.- El esperado apretón de manos entre los presidentes de Cuba, Raúl Castro, y de Estados Unidos, Barack Obama, en la VII Cumbre de las Américas este fin de semana en Panamá, no sólo sería el símbolo más contundente del fin de una ruptura diplomática de 54 años entre sus países, sino que marcaría un “cambio de época” en las relaciones de Washington con América Latina.
De acuerdo con internacionalistas consultados por Proceso, ese cambio de época, que se inaugura con lo que algunos de ellos han llamado la primera Cumbre de las Américas “de la Posguerra Fría”, implicará mayor entendimiento entre Estados Unidos y la región. Esto no significa, en todo caso, que desaparecerán viejas formas de unilateralismo de Washington, las cuales dificultarán la articulación integral de un diálogo fluido con las naciones del sur del hemisferio.
La directora del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Los Andes de Colombia, Sandra Borda, señala que la decisión de Obama de superar más de medio siglo de distanciamiento con Cuba es “un paso gigantesco” que el mandatario llevó como plato fuerte a la VII Cumbre de las Américas, estos viernes 10 y sábado 11 en Panamá.
“Esto va mucho más allá de la política exterior de Estados Unidos hacia la isla, porque representa un cambio en la forma en la que Washington busca relacionarse con la región. Y es una señal en favor de entendimientos más horizontales con Latinoamérica y de apuestas más multilaterales.
“Pero ese mensaje contrasta con las sanciones que Estados Unidos aplicó a Venezuela (en marzo pasado, cuando retiró visas y congeló cuentas bancarias a siete funcionarios de ese país por estar presuntamente involucrados en violaciones a derechos humanos y casos de corrupción). Eso fue como dar dos pasos adelante y uno hacia atrás”, indica la doctora en ciencia política de la Universidad de Minnesota.
Esas sanciones, asegura, hacen desconfiar a los países latinoamericanos de la autenticidad de los cambios que busca Estados Unidos en sus relaciones con la región, “porque es volver a la vieja fórmula del unilateralismo para lograr cambios de regímenes en América Latina”.
Para el doctor en historia de la Universidad Lomonósov de Moscú, Medófilo Medina, las Cumbres de las Américas son hitos que reflejan el curso cambiante de la hegemonía de Estados Unidos en el hemisferio y las tendencias políticas en la región.
En ese sentido, dice, la VII mostró que, en esta nueva etapa de relaciones con América Latina, la intención de Obama es mantener en la región una acción diplomática de doble vía, entre el entendimiento –ejemplificado con la normalización de relaciones con Cuba– y la presión unilateral que significan las sanciones a los siete funcionarios venezolanos, “así invoque para esto la defensa de los derechos humanos o la lucha contra la corrupción”.
De acuerdo con el experto en historia contemporánea de América Latina, “es esperable que Estados Unidos acentúe este juego contradictorio y ambiguo durante los próximos años, en la línea del enfoque con que este país observa el mundo y la región: como un gran tablero en el que mueve sus fichas en direcciones distintas, incluso contrapuestas”.
Por su lado, la internacionalista Socorro Ramírez considera que la difícil situación económica y los escándalos políticos en varios países del área facilitan a Washington esa estrategia geopolítica.
“Hay recesión económica en Brasil, Argentina y Venezuela, y una desaceleración importante en el resto de los países del área. Esto le da a Estados Unidos un margen de acción muy importante, porque este país ha recuperado su crecimiento y pasa por un mejor momento económico. En Latinoamérica, en cambio, además de los problemas económicos hay muchos líos políticos. Los escándalos de corrupción van desde México hasta Argentina y pasan por Chile y Brasil”, señala la doctora en estudios latinoamericanos de la Universidad de La Sorbona.
Nuevo contexto hemisférico
De hecho, los equilibrios hemisféricos sufrieron modificaciones importantes en los dos últimos años.
La década pasada, Estados Unidos arrastraba el descrédito de su fallida guerra en Irak en medio de dos años de recesión económica (2008 y 2009) y de un crecimiento modesto, de apenas 1.3% anual. Latinoamérica, en cambio, registró una expansión de 3.6% por año entre 2004 y 2012, y la subregión sudamericana creció a tasas mayores de cuatro puntos porcentuales, gracias a su creciente comercio con China.
En ese contexto, los presidentes sudamericanos irrumpieron con fuerza en las cumbres de las Américas en Mar del Plata (2005), Puerto España (2009) y Cartagena (2012). En varios países, como Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, Chile y Uruguay, habían llegado el poder gobiernos de izquierda que alentaron posiciones de mayor independencia frente a Washington e hicieron escuchar su voz con el respaldo de sus economías en ascenso.
En Mar del Plata, en 2005, los entonces presidentes Hugo Chávez (Venezuela), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Néstor Kirchner (Argentina) enfrentaron a su par estadunidense George W. Bush y lograron enterrar la Alianza de Libre Comercio para las Américas.
Obama, su sucesor, acudió a los cónclaves hemisféricos de Puerto España y Cartagena sin mucho que ofrecer más allá de la cooperación para combatir el narcotráfico.
Hoy la situación es distinta. El martes 7 la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) revisó a la baja la proyección de crecimiento en la región para este año: del 2.2% anticipado en diciembre, redujo el cálculo a 1%. Argentina se estancará en 0%; Brasil se contraerá en 0.9%, y Venezuela lo hará en 3.5%.
Por el contrario, Estados Unidos crecerá 3.6% y es el único país con potencial para aumentar sus compras a Latinoamérica en momentos en que los países del área ven contraer su comercio con China, luego de que éste se había multiplicado por 22 entre 2000 y 2013. La potencia asiática llegó a la región para quedarse y es el segundo principal mercado para las exportaciones de América Latina en su conjunto y el número uno para Brasil, Chile y Cuba, pero la economía estadunidense se mantiene como el mayor destino para los productos de exportación de los países del área.
Mientras China compra 10% de las exportaciones latinoamericanas, Estados Unidos adquiere 30%.
Reformulación del discurso
De acuerdo con Sandra Borda, la nueva realidad económica en el hemisferio es un factor determinante en las relaciones entre Washington y la región. “El discurso de la autonomía latinoamericana frente a Estados Unidos por la buena marcha de sus economías tendrá que ser reformulado”, advierte la investigadora de asuntos internacionales.
Por eso no resulta extraño que, a diferencia de pasadas reuniones hemisféricas, la VII Cumbre de las Américas en Panamá se haya caracterizado por el limitado protagonismo de los gobernantes latinoamericanos. Varios de ellos llevaron a cuestas escándalos de corrupción, abusos de poder y conflictos de intereses, además de escasos logros económicos y sociales, pues, según la Cepal, hasta el combate a la pobreza, uno de los temas de la cumbre, se ha estancado en la región.
“La crisis económica, el estancamiento social y los escándalos de corrupción le quitaron a la región iniciativa y liderazgo en la reunión de Panamá a la hora de discutir los temas sustantivos (‘prosperidad con equidad’, era el lema del cónclave). América Latina está debilitada”, dice la internacionalista Socorro Ramírez.
La experta comenta que los dos países con las mayores economías de la región, Brasil y México, que debían ejercer un liderazgo, están tan ocupados en sus agendas domésticas que son incapaces de cumplir ese papel.
En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff enfrenta un escándalo de corrupción por unos 3 mil 800 millones de dólares en la petrolera estatal Petrobras, en una trama que incluye sobornos y lavado de dinero registrados cuando ella presidió el directorio de la compañía (2003-2010).
En México, Enrique Peña Nieto enfrenta serios cuestionamientos por la actuación del gobierno federal en el caso de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa así como por la adquisición, por parte de su esposa, Angélica Rivera, de una mansión de 7 millones de dólares por medio del empresario Juan Armando Hinojosa Cantú que ha recibido contratos del gobierno.
En Argentina, la presidenta Cristina Fernández está bajo sospecha por la muerte del fiscal Alberto Nisman, quien investigaba a la jefa de Estado por encubrimiento en el caso del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina en 1994, mientras el vicepresidente, Amado Boudou, está procesado por corrupción.
La presidenta chilena Michelle Bachelet, por su parte, está inmersa en una crisis política por un presunto tráfico de influencias que involucra a su hijo Sebastián Dávalos.
En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro afronta una crisis económica y social que incluye desabasto de productos básicos, hiperinflación y un aumento de la pobreza. Su exministro de Planificación, Jorge Giordani, ha denunciado que altos funcionarios del gobierno están involucrados en un desfalco de más de 20 mil millones de dólares en divisas que debían canalizarse al mercado controlado de cambios.
“No hay país en América Latina en el que este tipo de escándalos no hayan quitado a los gobiernos márgenes de acción y la posibilidad de enfrentar sus problemas”, afirma Ramírez.
La doctora en ciencia política considera que, en esas condiciones, es de esperarse que en las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica se impongan el pragmatismo y los intereses económicos, mientras que las ideologías quedarán en un segundo plano.
Cuba, la mejor muestra
Lo que mejor ilustra hasta ahora esta tendencia es el proceso de normalización de relaciones entre Washington y La Habana, que figuró como el gran tema de la VII Cumbre de Las Américas en Panamá.
“Ni Cuba ni Estados Unidos quieren que se diluya el impacto del acercamiento que han comenzado. Y ninguno de los dos está interesado en que este momento, que es significativo para ambos y para el hemisferio, se diluya en una confrontación por las sanciones que aplicó Washington a Venezuela”, indica Ramírez.
Para la internacionalista, el diálogo que mantienen Cuba y Estados Unidos con miras a reestablecer sus relaciones diplomáticas está caracterizado por el pragmatismo. Esa es la impronta, dice, que impulsó a los presidentes Raúl Castro y Barack Obama a dar el paso en esa dirección.
Así lo ratifican las reformas económicas que Raúl Castro ha impulsado desde que relevó en el poder, en 2006, a su hermano Fidel, quien ese año estuvo al borde de la muerte por una hemorragia intestinal. Obama elogió a su homólogo cubano por “abrir su economía de manera gradual”.
Y es que Raúl, quien había sido el eterno número dos del régimen comunista encabezado por su hermano Fidel desde el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, asumió el mando del país mucho más dispuesto a flexibilizar su ortodoxia marxista y entablar un diálogo con Washington.
Desde 2007 Castro emprendió un proceso de cambios económicos estructurales orientados hacia el mercado. En el sector agrícola, el Estado otorgó 1.7 millones de hectáreas de tierra en la modalidad de usufructo a 300 mil 800 ciudadanos particulares que tienen acceso al crédito, aunque en forma limitada.
Y en los centros urbanos ha comenzado a surgir un pequeño sector privado por el auge de los trabajadores “por cuenta propia” autorizados por el gobierno. Ellos son propietarios de pequeños negocios, como restaurantes, peluquerías, reparadoras de calzado y sastrerías.
Carmelo Mesa-Lago, profesor de economía y estudios latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh y un reconocido experto en la economía de Cuba, su país natal, sostiene que las reformas “no son tímidas, para nada, sino, muy por el contrario, son las más importantes que se han hecho (en la isla)”. El problema, dice, es que marchan muy lentamente y no han producido crecimiento económico, pues el PIB sólo ha aumentado a una tasa promedio de 1.7% anual entre 2009 y 2014.
De acuerdo con el economista, el presidente cubano sabe que la fuerte dependencia de su país con Venezuela presenta riesgos para el régimen de la isla debido al creciente deterioro de la economía y a la inestabilidad política en el país que preside Maduro, por lo cual Estados Unidos es una opción.
Según estimaciones de Mesa-Lago, entre los 100 mil barriles diarios de petróleo que Venezuela abastece a Cuba y que este país paga con servicios médicos y educativos, y las inversiones y el comercio, la ayuda venezolana llega a 13 mil millones de dólares al año, equivalentes a 22% del PIB de la isla caribeña.
Pero, debido a su crisis, Venezuela es incapaz de mantener esos niveles de ayuda, que llegaron a representar la tercera parte del producto nacional cubano.
De esa manera, para Cuba es vital restablecer las relaciones diplomáticas, económicas y comerciales con Estados Unidos, aunque ese proceso será lento pues no depende exclusivamente de Obama. El retiro de muchas sanciones requiere de la intervención del Congreso estadunidense, hoy dominado por la oposición republicana.
Obama sabe, a su vez, que pasará a la historia como el gobernante de su país que puso fin a más de medio siglo de un bloqueo a Cuba que, a la luz de los hechos, no produjo el resultado esperado –la caída del régimen castrista– y en cambio se convirtió en los últimos años en un escollo para las relaciones con América Latina.
Y aunque Cuba no está feliz con las sanciones que aplicó Obama a Venezuela, en la VII Cumbre de las Américas dejó en claro que tampoco está dispuesta a sacrificar, por ese hecho, la reanudación de relaciones con Estados Unidos.








