Foros hemisféricos desdibujados

El desconcierto reina entre los observadores de las relaciones interamericanas. El caso más comentado es el de la parálisis ante la crisis de Venezuela; el más ilustrativo, el desinterés por la elección de un nuevo secretario general de la OEA. Ambos hechos hablan de un continente cuyos foros de cooperación política se han desdibujado hasta el grado de casi desaparecer. El problema no es trivial; revela que, a pesar de la vieja tradición de colocar las relaciones interamericanas como capítulo especial en el estudio de las relaciones internacionales, aquéllas carecen de realidades tangibles en el siglo XXI. El distanciamiento de Estados Unidos del resto de los países del continente es cada vez más notorio; las diferencias entre las naciones latinoamericanas son cada vez más profundas; la perspectiva del futuro de los foros hemisféricos es cada vez más pesimista.

La parálisis de todos los foros hemisféricos regionales y subregionales ante la crisis de Venezuela ha provocado múltiples reacciones negativas. Mucho se ha comentado la poca validez de la Carta Democrática Interamericana cuando, llegados momentos de crisis, no sirve para inducir acciones conjuntas. Convencido de que poco se logra en los foros multilaterales, el presidente Obama decidió actuar unilateralmente mediante una acción ejecutiva que lo llevó a imponer sanciones económicas a algunos funcionarios del gobierno de Maduro.

Sin embargo, debido a la necesidad de cumplir con requisitos exigidos por el Congreso estadunidense, antes de proceder Obama hizo declaraciones en el sentido de que la situación de Venezuela es una seria amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. La desproporción de semejante declaración evidenció, por una parte, la escasa sensibilidad de los consejeros del presidente y, por ende, el lugar secundario que los asuntos hemisféricos ocupan en la burocracia washingtoniana; por la otra, que un mal cálculo político tiene efectos contraproducentes.

Las sanciones a funcionarios venezolanos no tuvieron consecuencias mayores, pero la desafortunada declaración sobre la seguridad nacional ocasionó un cambio en el eje de la discusión sobre la crisis de Venezuela. El problema pasó de la urgente necesidad de evitar la profundización del caos económico, las medidas represivas y la polarización que tanto daño están causando al pueblo, a las amenazas del imperialismo estadunidense. Con tales temores se han justificado la ampliación de las competencias de Maduro para enfrentar a la oposición, y el reforzamiento de la solidaridad hacia el gobierno venezolano, no sólo de los miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América (Alba), sino de todos los gobiernos de izquierda latinoamericanos.

Otro indicador significativo del debilitamiento de la cooperación política interamericana ha sido la elección del secretario general de la OEA, que tuvo lugar el 18 de marzo. No hubo discusión notoria previa a esa elección, la cual fue casi ignorada tanto por las cancillerías como por los medios de comunicación. Se presentó un solo candidato, el excanciller de Uruguay Luis Almagro. Hubo y habrá consenso sobre sus pronunciamientos generales en torno a: “modernizar la organización”, fortalecer su participación en el desarrollo integral de los países miembros, funcionar sobre la base de la igualdad jurídica, alentar la reincorporación de Cuba, seguir brindando atención a la promoción y defensa de los derechos humanos. En resumen, reiterar los objetivos que, dentro de una notable escasez de recursos financieros por parte de la OEA, han estado presentes durante los últimos años.

Después de la etapa de debilitamiento que caracterizó a la OEA en el decenio de los ochenta, el fin de la guerra fría, el auge del multilateralismo, el retorno a la vida democrática en los países latinoamericanos que habían sufrido de dictaduras militares, y el ingreso de Canadá, crearon el momento para una revitalización del organismo hemisférico. Fue entonces cuando tomó fuerza el compromiso de la OEA con los dos temas que le dieron legitimidad y prestigio en aquellos tiempos: el compromiso con la democracia y la defensa de los derechos humanos. Las acciones en ambos campos fueron la época dorada de la organización a finales del siglo pasado y, al mismo tiempo, la oportunidad para ver sus limitaciones por motivos estructurales que se revelaron como muy difíciles de superar.

Varios comentaristas advirtieron entonces del peligro de caer en optimismos exagerados sobre la posibilidad de que la OEA fuese un factor real de influencia en el devenir político y económico de los países latinoamericanos y caribeños. El continente americano no tiene el grado de homogeneidad, la tradición o la confianza para hacer de la OEA un organismo de vocación supranacional, con capacidad de sancionar y conducir el cambio político en el hemisferio. Sin dejar de ser significativa, su contribución a la democracia es marginal, en un contexto en el que perduran democracias imperfectas y temores ancestrales a la injerencia externa proveniente de países poderosos, en particular Estados Unidos. Tales limitaciones fueron más claras a medida que las diferencias ideológicas, el distanciamiento de Estados Unidos y Canadá y los enfrentamientos entre los países latinoamericanos se profundizaron en el siglo XXI. Todo ello explica la parálisis actual y la indiferencia ante el cambio del secretario general.

Hay elementos inesperados, como el súbito interés por la OEA que se expresa en el artículo escrito por el canciller mexicano, José Antonio Meade, en El País (18/03/15). Sin duda, se han dado acciones positivas por parte de México en la OEA. Sin embargo, la utilización de situaciones y espacios para contrarrestar la ola negativa que cubre la imagen internacional de México en los últimos meses, así como la debilidad de los argumentos con que se pretende tener liderazgo en el fortalecimiento de la organización, son demasiado evidentes. Lo cierto es que el debilitamiento de la OEA en el futuro próximo es una tendencia irreversible.

*Este artículo debió publicarse en Proceso 2003, en lugar del que aparece en dicha edición.