Un santo entre dos fuegos

Este martes 24 se cumple el trigésimo quinto aniversario del asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, considerado el protector de las víctimas de la represión militar en El Salvador. Un francotirador le disparó al corazón mientras celebraba misa. Su homicidio fue producto de una confabulación fraguada por sectores de la ultraderecha, pero la izquierda armada también lo había amenazado. De hecho, a Romero “lo pudo haber matado tanto la derecha como la izquierda. Ambos lo habían desahuciado”, revela a Proceso Jesús Delgado, su secretario particular, biógrafo y postulador de la causa de su beatificación, la cual se llevará a cabo en mayo próximo.

San Salvador.- “Hoy sí estamos fritos. No sólo la derecha me amenaza, también estoy amenazado por la izquierda. ¿Qué hago?”, preguntó Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador.

“Usted siga adelante; usted es un pastor”, le aconsejó su secretario particular, el sacerdote Jesús Delgado.

Finalizaba 1979 y El Salvador se desgarraba en un conflicto en el que no parecía haber espacio para posiciones intermedias… salvo la de Romero, insistente en denunciar tanto la represión cometida por los militares como los excesos de la guerrilla. “Estamos atrapados entre dos fuerzas –le decía Romero a Delgado–. Por un lado están mis amigos de derecha que no quieren entender que hay que convertirse (en verdaderos cristianos que se apartan del egoísmo); y mis amigos de la izquierda que quieren que yo jale para su lado con ideas revolucionarias. Eso no puede ser. Debemos seguir el camino recto (…) el camino de Pablo VI, quien para mí es el guía en todo esto”.

Para esas fechas –fines de 1979– a Romero “lo pudo haber matado tanto la derecha como la izquierda. Ambos lo habían desahuciado”, señala Delgado. Y recuerda que las Fuerzas Populares de Liberación ( FPL) –organización que posteriormente integró el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional– había repartido panfletos en los cuales pedía enjuiciar a Romero por el apoyo que éste había dado a una reforma agraria que, a juicio de los guerrilleros, tenía por objeto desactivar la insurgencia revolucionaria.

Comenta que Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana (UCA), reaccionó ante esos panfletos y habló con los dirigentes del FPL para que no atentaran contra el arzobispo. “Ustedes están amenazando a la única personalidad que es la salvación de este pueblo”, les dijo.

Al final fueron personajes de la ultraderecha los que se confabularon para asesinarlo. Y entre éstos destaca Roberto D’Aubuisson, creador de los escuadrones de la muerte y fundador del partido Arena, quien habría contratado a un sicario para que cometiera el asesinato.

El 24 de marzo de 1980 éste disparó al corazón de Romero cuando oficiaba misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia, en la colonia Miramonte de San Salvador. Es justo por ser asesinado en el acto religioso que Romero es considerado un mártir “por odio a la fe”.

En el trigésimo quinto aniversario del asesinato de Romero –que se cumple este martes 24–, Delgado recuerda en entrevista con Proceso aspectos clave en la vida del arzobispo de San Salvador, considerado el principal defensor de los derechos humanos y protector de las víctimas de la violencia en este país.

Y es que Delgado tiene autoridad para hablar sobre Romero. No sólo fue su secretario particular y amigo; también es su biógrafo y el postulador salvadoreño de la causa de su beatificación a la que el Papa Francisco dio luz verde en febrero pasado al aprobar el decreto de su martirio.

Transformación

En febrero de 1977 Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador por el Papa Pablo VI, quien había sido su profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma. La noticia no fue bien recibida por un amplio sector del clero y de los laicos de la arquidiócesis.

Delgado ofrece la razón: Romero era “tradicionalista, muy conservador, de derecha y contrario a las ideas del documento de Medellín”, el cual, a la luz del Concilio Vaticano II, revolucionó la participación de la Iglesia en América Latina: anunciando el evangelio y denunciando las injusticias bajo el método de ver, juzgar y actuar.

Romero “era muy quisquilloso frente a las ideas de Medellín. No podía escuchar esas cosas y hasta llegó a decir que le daba náusea escucharlas. Nunca iba a las reuniones del clero porque éste era muy de avanzada y se guiaba por las ideas de Medellín. El clero no quería a Romero para nada”, comenta Delgado.

Romero tomó posesión como arzobispo el 22 de febrero de 1977 en una ceremonia sencilla en la capilla del Seminario Mayor de San José de la Montaña.

Delgado recuerda: “Tomó la palabra el arzobispo saliente Luis Chávez y González. Toda la gente de pie, llorando (…) Cuando el nuncio apostólico le dio la palabra al nuevo arzobispo Romero, éste agarró el Cristo que llevaba en el pecho y, temblando, empezó a hablar. Habló lindo, como siempre, pero nadie aplaudió.

“Todos se quedaron sentados, nadie se puso de pie. La iglesia parecía un sepulcro. Hasta que a un sacerdote se le ocurrió gritar: ‘Bueno, y por qué no vamos a tomarnos un cafecito caliente’. Le aplaudieron. Qué bochorno. Todos salieron rapidísimo de la iglesia al seminario a tomar café”.

Muy pronto Romero se vio en la necesidad de manifestarse ante la represión desatada por el gobierno contra la población del país. El 28 de marzo –cinco días después de que tomó posesión como arzobispo– las fuerzas de seguridad gubernamentales disolvieron violentamente una concentración que se manifestaba contra el fraude electoral que había permitido ganar al general Carlos Humberto Romero en los comicios presidenciales del 20 de febrero de ese año. Decenas de muertos y desaparecidos fue el saldo de esa jornada.

Luego el gobierno impidió el regreso de varios sacerdotes progresistas que estaban fuera del país. Hostilizó a otros que denunciaban públicamente los abusos del ejército.

Pero el golpe más serio lo sufrió Romero el 12 de marzo de ese año, a escasas tres semanas de haber asumido como arzobispo de San Salvador: su amigo íntimo, el sacerdote Rutilio Grande, fue asesinado junto con dos campesinos en la ciudad de Aguilares, donde había promovido la creación de comunidades cristinas de base y la organización de los campesinos de la zona. A partir de ello, Romero radicalizó sus denuncias.

–¿Qué elementos cambian a monseñor Romero? –se le pregunta a Delgado.

–Las circunstancias –responde.

Y señala que éstas lo impulsaron a dar “un paso” lento pero irreversible: “De asumir una Iglesia que tenía como centro el culto religioso, pasó a asumir otra Iglesia que camina con el pueblo; de una Iglesia jerárquica a una Iglesia del pueblo de Dios”.

Tensiones con el poder

Delgado recuerda que cuando mataron a Rutilio Grande, Romero le dijo: “No sé qué está pensando este gobierno que me está matando al sacerdote mejor que yo tengo”.

“Pues hable con el presidente (Arturo Armando) Molina”, le aconsejó Delgado.

Romero así lo hizo. De acuerdo con Delgado, el presidente le dijo: “Mira Óscar, aquí hay 70 sacerdotes que según nosotros o tienen que ser sacados por ustedes del país o aquí corren el peligro de que los maten como a Rutilio”.

Romero contestó: “A mí nadie no me toca a ningún sacerdote. Tocar un sacerdote es tocarme a mí. Por eso estoy aquí. No tengo que poner fuera a mis sacerdotes. Son pastores. No son ustedes los que van a decidir quién va a estar aquí o no; somos nosotros los pastores”.

Delgado señala que el presidente y el arzobispo se despidieron tensamente.

Ese mismo día Molina asistió a una inauguración y los periodistas le preguntaron: “¿Parece que monseñor Romero estuvo con usted en la mañana”. El presidente contestó: “Sí. Y hablamos muy lindamente como amigos que somos. Le expuse la situación y él está muy de acuerdo en que vamos a ver cómo hacemos para que esos sacerdotes salgan del país”.

Delgado señala que cuando Romero se enteró de las declaraciones del presidente Molina decidió que en adelante enviaría sus mensajes hacia las autoridades de manera pública y desde el púlpito. En la homilía del domingo siguiente a la reunión con el mandatario dijo: “Desde ahora ya no visito más al presidente. Él y todos van a saber lo que el señor quiere desde aquí, desde el púlpito de la verdad”.

Así se iniciaron sus célebres homilías –transmitidas por la radio diocesana YSAX– en las cuales denunciaba la violencia tanto del régimen militar como de los grupos armados de izquierda. Ambos empezaron a verlo con desconfianza.

“Estamos atrapados entre dos fuerzas, pero nosotros debemos seguir el camino recto –asegura Delgado que le dijo Romero–. No quiero que mis amigos (conservadores de derecha) se condenen, pero tampoco puedo seguir las directrices de alguien que quiere que yo sea revolucionario. Voy a tratar de seguir el camino de Pablo VI, quien es para mí, el guía en todo esto”, dice Delgado.

“De esta forma –señala Delgado– Romero trató de mantener la línea media de Cristo, tratando de convertir el alma y la actitud de unos y otros; a unos los llamaba para practicar la justicia; a otros para no dejarse llevar por la violencia”. E insistía: “Aún no hemos gastado el cartucho de la palabra de Dios; debemos mantener un diálogo a través de la palabra”.

El sacerdote recuerda que Romero siempre contó con el apoyo de Pablo VI. Señala que cuando el arzobispo viajaba a Roma, el Papa le daba palmadas en la espalda y le decía: “Siga adelante monseñor, siga adelante. Va muy bien. Usted es el pastor de San Salvador”.

A Delgado se le comenta que Romero era en esencia un mediador y un orientador del pueblo a través de la palabra. Pero que fueron sectores de la derecha los que rechazaron todo intento de diálogo y los que se confabularon para asesinarlo.

El sacerdote expone: “Según la Comisión de la Verdad, evidentemente es de la derecha de donde vino la bala (…) Pero hurgando, hurgando y hurgando, la muerte de Romero no la decidió ningún partido político, sino un conjunto de señoras de la alta oligarquía que eran muy amigas de él y que se dijeron: ‘Nosotras lo llevamos al arzobispado, nosotras quitémoslo’.

“Ahora bien –añade–, estas señoras pidieron ayuda a personas que estaba dentro de la vida militar. Éstas organizaron el crimen. Se lo encargaron a Roberto D’Aubuisson (líder de ultraderecha), quien a su vez contrató a un francotirador. Pero ello ocurre en un contexto en el que tanto la derecha como la izquierda lo habían amenazado”.

Martirio

El 23 de marzo de 1980 –un día antes de su muerte– Romero hizo desde el púlpito un enérgico llamado al ejército para que cesara la represión.

Dijo: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera muy especial, a los hombres del ejército (…) Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios (…)

“Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión”.

Un día después Romero fue asesinado mientras celebraba una misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia. Su cuerpo fue trasladado al hospital Policlínico de San Salvador.

Delgado recuerda que “sucedió algo extraño cuando le sacaron las entrañas. Las pusieron en una bolsita de plástico y las dejaron a la vera de todos. Mientras al cuerpo de monseñor Romero lo arreglaban, una monja viejita del Hospital Divina Providencia agarró la bolsita y se la llevó hacia el pecho cubriéndolas con el hábito. Luego las trasladó al hospitalito y dijo: “Miren, estas son las entrañas de monseñor Romero”. Entonces las monjas las enterraron en el jardín del hospitalito, donde también vivía Romero.

“A principios de marzo de 1983 el Papa Juan Pablo II visitó El Salvador por primera vez y ellas dijeron que probablemente el Papa visitaría la casita de monseñor Romero. Como a él le gustaba la virgen María, decidieron poner una imagen de ella en el jardín. ‘Muy bien”, dijo una de ellas, pero reparó en que ahí estaban las entrañas de monseñor Romero, por lo que debieron sacarlas antes de que los obreros pusieran manos a la obra.

“Cuando las sacaron, seguían igual que como se habían enterrado: frescas, rosadas y sin mal olor. Fueron donde monseñor Arturo Rivera y Damas (sucesor de Romero en el arzobispado), quien es especialista en derechos canónicos y dijo: ‘Este es un milagro, debemos presentarlo al Papa’. Pero no hubo tiempo ni el Papa vino a la casa de monseñor Romero”.

Un par de semanas después de la visita del Papa, Delgado viajó a Roma. Llevaba en un frasco pedazos de las entrañas de Romero. En su encuentro con Juan Pablo II se las mostró y le dijo: “Santo Padre, el arzobispo (Rivera y Damas) le envía esto”. Delgado señala que explicó al Papa el argumento de Rivera y Damas para beatificar a Romero. Pero Juan Pablo II replicó: “Monseñor Romero no necesita milagro. Él es un mártir”.

Delgado sostiene que entonces preguntó al Papa si se podía iniciar un proceso de beatificación. Sostiene que éste dio su total aprobación y que desde entonces inició el largo proceso que culminará el próximo 23 de mayo en San Salvador cuando Romero sea beatificado.

–En lo personal y en su corazón, ¿qué simboliza Monseñor Romero para todos los salvadoreños? –se le pregunta a Delgado.

–Un hombre de Dios, un salvadoreño que ama a su país y a su gente; es cierto que él se codeó en San Miguel con gente rica, pero no es que él los buscara, eso es normal, era su gente, sus feligreses. En lo personal monseñor significa un prócer de la nueva época de El Salvador. Él nos ha liberado de las ataduras de tanto miedo, condicionamientos sociales y personales que existen en este país desde hace mucho tiempo (…)

“Romero no se quejaba, sino que decía: ‘¿Señor qué quieres de mí?’ y poco a poco se dio cuenta que el Señor lo quería como instrumento de la fraternidad salvadoreña, pero una fraternidad que se lograría a través de sacrificios, penalidades, sufrimientos, sangre…”