Señor director:
Nuevamente le agradeceré la publicación de estas líneas orientadas a buscar una respuesta común a la polémica sobre el boicot electoral.
Mi escrito publicado en Palabra de Lector de Proceso 2000 lo concluí con una muestra de optimismo ante la perspectiva de la unidad planteada por el Papa Francisco. En el siguiente número (Proceso 2001) Santiago Cardoso Villegas plantea que “la unidad de los mexicanos consiste en solidarizarnos para no legitimar con nuestro voto este sistema corrupto e insostenible”.
Aquí quiero recordar que el mismo Papa considera, como también lo cité, que “la unidad no es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna”.
Supongo que en esto podemos estar de acuerdo. Siendo así, proponer la unidad en torno al boicot es proponer la absorción de uno en el otro, como también lo sería proponer la unidad en torno a un voto que negare la necesidad de una Constituyente Ciudadana.
Me permito sugerir que el criterio de unidad lo podemos encontrar en la bipolaridad dada entre el espacio y el tiempo, con respecto a la cual Francisco observa: “Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación”.
Para el caso, encuentro oportunas las líneas de Enrique González Rojo en esta misma sección de Proceso 2001, donde distingue el tratamiento electoral que debemos dar a distintas zonas del país, como son la Ciudad de México y el estado de Guerrero, concluyendo al final que “si Morena interviene con candidatos a la gubernatura y a los municipios de Guerrero, traiciona al pueblo. Por eso creo que debe abstenerse de hacerlo en dicho estado”. Esto no podemos decirlo de la Ciudad de México, donde, como él agrega, “…es necesaria una práctica reformista para impedir el paso a la derecha”.
De aquí debemos pasar de la consideración geográfica o espacial a la histórica o temporal, pero no sin antes recordar que la noción de Estado queda definida por tres elementos: 1. la nación o grupo de individuos que quieren vivir en común; 2. un territorio determinado, y 3. una autoridad común que en lo interno se traduce en poder de gobierno y en lo internacional como independencia política. Así pues, hay que distinguir, en nuestras críticas, entre gobierno y Estado.
El origen más cercano del Estado Mexicano es la Constitución de 1917, que nace de los dos ideales centrales de la Revolución de 1910: “Sufragio efectivo, no reelección” y “Tierra y libertad”. Hasta la fecha las personas que han dado su sangre por el sufragio siguen pidiendo justicia, y desde Carlos Salinas de Gortari empezaron a perder terreno las conquistas agrarias, y ahora el petróleo. Los orígenes de esto son los fraudes electorales de 1988 y de 2012. No tendríamos la posibilidad y legitimidad para reclamar y reivindicar esto si en dichos comicios hubiera predominado el voto nulo, blanco o boicoteado.
Ahora bien, Sicilia sostuvo en su polémica con Martí Batres que el problema estructural más grave son las víctimas, y no el petróleo. Por lo tanto, primero tendría que resolverse aquél.
La sola idea de la Constituyente Ciudadana no nos permite pensar así. En la misma se tienen que plantear ambos derechos. De hecho forman parte de un mismo problema, como también podemos apreciarlo en el Salmo 24,23 y en la concepción que, de la economía, nos presenta el Papa Francisco en su Evangelii Gaudium:
En el salmo 24,23 leemos: “Del Señor es la tierra y cuanto contiene, el orbe y cuantos en él habitan; pues él lo edificó sobre los mares, él fue quien lo asentó sobre los ríos…”. Los mismos que, sin ser Dios, pretenden adueñarse del petróleo que contiene la tierra necesitan, para ello, disponer biológica y biográficamente de la vida de los que en el orbe habitan.
Ahora bien, el Papa Francisco escribe: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es la raíz de los males sociales” (Evangelii Gaudium 200-202).
Más adelante agrega: “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males del mundo!”.
Aquí, desde luego, la raíz más profunda es el pecado original en el que, como los que sin ser Dios pretenden adueñarse de la tierra y sus habitantes, construimos nociones del bien y del mal al margen de Dios, es decir, al margen de lo que nace del Espíritu (Juan 3,5).
Diálogo es lo que necesitamos para la construcción de la Constituyente Ciudadana propuesta por monseñor Raúl Vera y Javier Sicilia, entre otros. Hay una intención de voto que la implica.
Atentamente
Miguel García Partearroyo








