Fascinante por la narrativa, seductora por la técnica y sorprendente por la museografía, la muestra Pinocho por Toledo en el antiguo Palacio del Arzobispado se impone como una espléndida experiencia museística distinta a los repetitivos abigarramientos conceptuales, minimalistas y escenográficos tan característicos de los museos de arte en la Ciudad de México.
Integrada por el cuaderno de trabajo que realizó el reconocido pintor Francisco Toledo entre 2008 y 2009 –a partir de la interpretación libre del cuento escrito por el italiano Carlo Collodi (1826-1890)–, la muestra descubre a un artista que cada vez se introduce con mayor sutileza y profundidad en el misterio del erotismo.
Considerado por el inquietante pensador Goerge Bataille (1897-1962) como una operación de la actividad sexual cuyo fin no es la reproducción sino alcanzar al ser en lo más íntimo, el erotismo juega con la disolución de las convenciones sociales para alterar el orden de la individualidad. Ubicado en territorios de violencia, violación, prohibición y transgresión, el erotismo permite la continuidad de los seres aprobando la vida hasta en la muerte.
Desde la selección de Pinocho como personaje, tanto en los dibujos de la muestra como en numerosos grabados que no se exhiben, Toledo devela su atracción y cuestionamiento ante el desequilibrio humano. Creados como páginas independientes de 35×35 cms., los pasteles trabajados en gis, óleo o pastel graso sobre papel reciclado deslumbran por la sensual expresividad de sus atmósferas. Transparentes, pastosos, oscuros o luminosos, los pasteles de Toledo, organizados en composiciones que a veces enfatizan el dibujo lineal y otras el dramatismo de los campos saturados, introducen al espectador en un mundo fantástico en el que la belleza visual disimula la obscenidad de algunas imágenes.
Con un esbelto Pinocho que remite a la primera imagen del personaje creada por Enrico Mazzanti (Italia, 1850-1910), el cuaderno de Toledo, a través de sus 55 obras contenidas en 102 páginas, presenta escenas tanto provenientes como ajenas de la narración original. El grillo surge de un gran maguey, además de un gato también existe un pulpo, en algunas escenas Pinocho se exhibe defecando o penetrando a una muñeca como si fuera un grillo y, al final de la exposición, Geppetto corta al títere en piezas y las siembra en macetas para provocar su reproducción. Un ciclo de muerte y vida enmarcado por la violencia y la transgresión.
Emplazada con un excelente diseño museográfico –a cargo de Julieta Ruíz y el subdirector del museo, Rafael Pérez y Pérez– que permite apreciar las planas completas y hojear cada una de las páginas, la exposición Pinocho por Toledo es una exhibición con poco ruido y muchas nueces.








