Tianguis cultural, a la letra

Normalmente no suele ser noticia el tipo de evento que reseño hoy aquí: la graduación profesional de un estudiante universitario. Ocurre con tanta frecuencia que se ha convertido en un acto rutinario, de los muchos que ocurren a nuestro alrededor y que dejaron de llamarnos la atención. Pero éste particular me exige hoy dar la nota. Contiene elementos por resaltar que no puede mi atención dejar pasar de largo.

Su protagonista es un muchacho oriundo de Arandas, Jalisco, David de Anda González. Paisano de don Arturo Rivas Sáinz, fundador de la antigua Escuela de Artes y Letras, primero, y luego de la Facultad de Filosofía y Letras, ambas de la universidad estatal. También paisano del maestro Francisco Javier Hernández, uno de los organistas epónimos con que aún cuenta la pléyade de músicos jaliscienses. Curiosamente, el maestro Hernández, quien fue director de la escuela de Música de la UdeG, decidió un día ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras y ahí coincidió con David, personaje de quien es hoy la charla. Arandenses de cepa, los tres.

Me precio de ser amigo personal de David. No suele continuarse después del encuentro y de la convivencia en las aulas esta especie tan rara que es la amistad auténtica, como es el caso entre nosotros. Un día me pidió él que si le dirigía los trabajos de su tesis. Es uno de los compromisos a los que un maestro universitario de planta no puede negarse. Para darle sabor romántico al asunto, se suele tomar el hecho como una distinción de honor tal solicitud. De esa manera, David y quien redacta estas líneas iniciaron, a mediados de la década de los noventa, los planes y trabajos para su futura recepción.

Que quede bien asentada esta nota de distancia temporal a los ojos del lector, pues hasta el menos avisado se preguntará cómo fue que tal empeño tardó 20 años en cuajar. Por más insistencia con que le empujábamos desde la dirección de la tesis, de la animosidad de los sinodales y de la propia administración escolar a que concluyera el trámite, David se empecinaba en revisar renglón por renglón, en darle extensión y amplitud a su trabajo y a presentarlo hasta que él consideró que había cuajado su aportación.

Finalmente tenemos ante nuestros ojos el producto generado de su esfuerzo. El título de la tesis es sencillo: La cultura emergente. Pero admira, de entrada, la extensión del volumen. Supera el millar de páginas, 1040 para ser exactos. Es un ladrillo, figura con la que suelen pintarse los trabajos de tamaña extensión. Recurriendo otra vez al anecdotario, era recomendación insistente que se presentara como tesis una parte de dicho material, nada más, para agilizar un trámite que se ha visto aminorado en exigencias. Ahora es difícil conocer algún trabajo de tesis de licenciatura que rebase el centenar de cuartillas. Y con las tesinas se anda hasta por la mitad de esta cifra. De manera que hablar de un texto para estos fines, que supera el millar de cuartillas, tiene sus bemoles.

David se empecinó en detenerse a detalle en sus análisis, porque quiso abarcar con suficiente amplitud el fenómeno que se decidió estudiar. Se embarcó en desmenuzar y destazar el entramado de los chicos que realizan actos simbólicos, significativos, culturales pues, pero que no son englobados en la tesitura de lo que la sociedad califica “oficialmente” como cultura. De ahí que se entretuviera tanto, no sólo en la confección de su confitura, sino en la elaboración de las tipificaciones y la conceptualización y simbología de su material de trabajo.

Ahora, tras 20 años de labor, consigue cristalizar al menos una parte de lo que buscó. David expone a detalle las presencias de muchos, de muchísimos de estos fenómenos expresivos y expositivos de nuestros chavos, de sus devaneos y cabriolas con que arrebatan la atención de nuestros ojos. Este trabajo de filigrana, propio de un artesano de la letra y del acontecimiento social particular que ocurre ante nuestros ojos, a ras de banqueta, al lado de cada uno, por la vía de los transeúntes, en el tendido peatonal, se nos vuelve un obligado referente para su conceptualización y juicio posterior.

Desfilan por su inventario: los contestatarios, la píldora anticonceptiva, los hippies, la generación beat, el fenómeno de la drogadicción, la guitarra y la batería, el rock, el hard rock, el folk rock, el pop, el performance, las comunas, la contracultura, la revo china, la revo afroamericana, el poder negro, los chicanos, la liberación femenina, el movimiento gay, el conocimiento libertario, el Che, los distintos 68, la posmodernidad pasota, el punk, el anarquismo, los góticos, darketos y emos, el graffiti, baile y hip hop, el ska, el reggae, la cultura rastafari, jebis y metaleros, tatuajes, perforaciones y suspensiones, patineteros y deportes extremos, otukas y el cómic, los revers, ninis, fresas, buchones, maras e hinchas… “Contracultura, ¿qué sigue?… ¿Está la contracultura viva? Sí, palpita, vive, respira. Se hace cultura al andar.” (p. 641.)

Sería un contrasentido, así se trate de la contracultura, ensayar siquiera a resumir un texto de tal dimensión. Pero el inventario que contiene el capítulo cuarto (“La contracultura”) de los seis que componen la tesis, viene siendo el que llamo el referente obligado para lo que estamos viendo y viviendo en cuestión de aparición de manifestaciones culturales, inducidas o no, espontáneas o no, originales o prefabricadas, pero nuestras, vivas y actuantes. El material daba para esto y mucho más. No es de admirar que ocupe el centro de la tesis y que se extienda de la página 329 a la 642.

Lo más loable de este trabajo excepcional radica en el hecho de que su autor, David de Anda, no se hundió los 20 años de su elaboración, como rata de biblioteca, en los andenes y catacumbas de las guarderías de libros, sino que tomó a brazo partido lo que producen nuestros jóvenes en la ciudad. Día con día, tarde con tarde, del codo con libreros, grupos musicales, pintores, grafiteros, conferenciantes y más entes creativos y creadores, cruzó nuestros parques y jardines, marchó en nuestras manifestaciones, abrió frentes propios y sacó información sobre expresiones de cultura marginal de donde tiene que salir, de la práctica misma, del propio hacer cultural, el suyo y el de los que lo rodearon. Su obra cumbre concreta, tan llamativa para una ciudad conservadora y gazmoña como la nuestra, es la persistencia del Tianguis Cultural. Es creación que se debe a su empeño y a su visión. La historia cultural tapatía tiene escrita ya una página propia, de pleno derecho, aunque no sea un producto al gusto de nuestros achaques conservadores. ¡Enhorabuena y felicidades, David!