México en la Berlinale “indígena”

Entre los cineastas mexicanos que participan en el Festival Internacional de Berlín provoca una intensa polémica el que se designe con los nombres de “cine indígena” la sección NATIVe, pues se reclama –por lo menos en el caso de América Latina, al que se dedica este año– su factura occidental. ¿Los términos son resultado del racismo? Obviamente no es lo que se propone NATIVe, que de 18 filmes presentó cuatro de México.

BERLÍN.- Manuel Jiménez recibió un día en sueños el don de la palabra florida, que es el lenguaje que comunica a las criaturas terrenales con las divinidades. Tal condición lo convirtió en el anciano más respetado de  la comunidad tzotzil de Chenalhó, en Chiapas, y a quien todos en el pueblo acuden para pedir ayuda en la solución de problemas colectivos y también individuales.

Con los años, Manuel o Bankilal (el hermano mayor, en lengua tzotzil) ha sido testigo de la irrupción de distintas religiones dentro de su pueblo que han modificado el pensar de sus habitantes, y aun dentro de su misma cosmovisión, enfrentar la invasión de productos externos, como el refresco de cola, sin el cual ahora resulta imposible realizar una ceremonia.

A unos kilómetros más al noroeste del país, en la comunidad nahua de San Agustin Oapa, Guerrero, don Silvestre Pantaleón se enfrenta al irremediable paso del tiempo. Las dolencias propias de la edad lo sumen en una crisis. Su cuerpo no es el de antes y ya no responde a las duras jornadas físicas que exige su oficio como artesano de la fibra de maguey.

Con la esperanza de recobrar el vigor perdido mediante un ritual que lo aliviará de sus males, el anciano nahua acude a su familia, que en un gesto de amor y solidaridad trabaja con él para reunir el dinero de la ceremonia. Juntos se afanan para cumplir con un encargo especial: elaborar unas cuerdas tradicionales que servirán para atar al santo de su pueblo durante la celebración de la Semana Santa.

Bankilal y Silvestre Pantaleón son dos de las once películas mexicanas que cautivaron a la audiencia alemana durante la 65 edición del Festival Internacional de Cine de Berlin, a concluir este domingo 15 de febrero.

Como nunca antes en la historia de la Berlinale, la presencia de México fue robusta. Y ello en buena medida gracias a la  más reciente sección especial del festival, NATIVe, que otorga un espacio exclusivo al cine indígena del mundo entero, este año dedicado a América Latina.

De los 18 filmes que la integraron, cuatro fueron mexicanos: Eco de la Montaña, del experimentado Nicolás Echevarría; Koltavanej, de Concepción Suárez Aguilar; la multipremiada Silvestre Pantaleón, de Roberto Olivares, y Jonathan Amith y Bankilal, de la novel chiapaneca María Dolores Arias Martínez, y una coproducción con Bolivia y Noruega, Yvy Maraey, del reconocido Juan Carlos Valdivia.

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El canto de Rosa López Díaz al otro lado de la línea telefónica es firme y armonioso. El corrido de Valente Quintero es la única canción que dice saberse y con una timidez inicial acepta cantarla. El espectador nunca puede ver el rostro de esta indígena tzotzil, sólo escuchar su voz.

Cuando  el documental sobre su caso fue filmado por su paisana Concepción Suárez, Rosa se encontraba recluida en el cerezo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, cumpliendo una condena de 27 años por un crimen que no cometió. Las autoridades del estado nunca permitieron el ingreso de cámaras al penal. Pese a la tragedia vivida, Rosa canta alegre.

En la oscuridad de la enorme sala de cine sólo se escuchan las estrofas del corrido de Valente Quintero interpretadas por Rosa, al tiempo que corren los créditos de la producción. Koltavanej, como se titula el cortometraje, es un vocablo ztotzil que significa «desamarrarse», pero también da una idea de «ayudémonos», según explica su directora, Concepción Suárez. Cuando termina la interpretación de Rosa, estalla una ovación.

Entusiasmada con el hecho de que su trabajo se proyecte en uno de los festivales de cine más importantes de Europa, Suárez Aguilar lamenta, sin embargo, que todavía el cine que aborda temáticas de pueblos originarios reciba la etiqueta de indígena para poder ser difundido.

Con ella coinciden otros dos de los directores que llegaron hasta esta capital para presentar sus trabajos, y quienes a pesar de valorar los espacios de difusión que cada vez más se abren al cine de este tipo, señalan su deseo porque un día desaparezca la etiqueta.

“Me parece que independientemente de nuestro origen étnico, el cine que aprendimos a hacer es el mismo en cualquier parte del mundo, pues partimos de los patrones occidentales. En ese sentido, me parece que habría que reconocer que el cine que hacemos es como cualquier otro, un producto de un esfuerzo artístico y humano y que nace de una necesidad vital de comunicar algo, para lo cual echamos mano de ese instrumento como lo hace el europeo, el asiático, el africano o cualquiera”, señala Suárez Aguilar en entrevista.

La joven directora resalta, sin embargo, la paradoja que existe en el hecho de que ante la falta de espacios que hay para promover sus trabajos, sea  necesario cargar con una etiqueta de “cine indígena” para acceder justamente a  éstos.

“En el caso de la Berlinale, me parece que es de los que mejor catalogan porque no lo hacen en torno al producto en sí, sino al tema. NATIVe busca que los filmes aborden las problemáticas y realidad de los pueblos indígenas y no apuesta por el folclorismo. Eso me parece lo más viable cuando quieres hacer este tipo de categorías”, explica.

Oportunidad única

Para la joven cineasta Maria Dolores Arias Martínez, por ejemplo, la Berlinale ha sido la oportunidad para mostrar por primera vez su trabajo. Sin embargo, también espera que llegue el momento en el que secciones especiales como NATIVe no tengan más razón de ser «porque se entenderá el cine como cine, así simplemente e independientemente de quién lo haga y de dónde venga.

“Soy de la opinión, tal como lo dice un buen amigo, que los indígenas deben desaparecer, en sentido figurado. Debemos comenzar a ver de una forma horizontal el cine hecho en Chenalhó o donde sea.”

Roberto Olivares, por su parte que con su Silvestre Pantaleón recibió el premio del Festival Internacional de Morelia, el del Festival de Cine Documental de la Ciudad de México y el del Festival Présense Autochtone de Montreal, se trata de un debate muy complejo, el cual tendría que acabar en algún momento con la desaparición de etiquetas.

“El tema me lo explico equiparándolo un poco al movimiento feminista. Tomemos como ejemplo el asunto de las acciones afirmativas, por las que el feminismo ha peleado tanto. Pero resulta que en los últimos años, y sobre todo  a las nuevas generaciones, les ofende. Así mismo sucede con el tema del cine indígena. Se agradece mucho que hace algunos años haya habido esfuerzos por abrir una ventana para las películas producidas por o con realizadores en comunidades.

“Pero hoy yo creo que el cine es cine y listo. Entonces, en algún momento fue necesario establecer esa etiqueta, pero quizás ahora no lo sea más.”

–Pero sin etiqueta a veces estas producciones no tienen vía de salida.

–En el caso de Silvestre Pantaleón nunca ha estado en una categoría indígena. Yo le quité de la sinopsis el término “etnográfico” que el productor quería ponerle; y es que lo importante es la historia de un hombre que cuestiona su existencia, más allá de los rasgos etnográficos que pueda contener la producción. Y creo que esa ha sido la clave de la película.

Entonces, menciona lo que para él ha sido un error dentro del denominado cine indígena:

“Sin darnos cuenta, muchas veces se pone el acento en lo que nos hace diferentes de los demás. Y ese es un problema porque entonces es como un cine regañón que todo el tiempo le dice a los blancos o mestizos lo malos que son. Entonces, cuando alguien que no es apasionado del tema va a ver por pura curiosidad una película de éstas, se sale cuando comienzan a meterle puro discurso político.

“Y no digo que se tengan que eliminar las reivindicaciones políticas, pero creo que hay que poner el acento de lo que nos une con el otro. Esa es una manera más efectiva de romper con la discriminación y el racismo. E insisto, no quiero decir con esto que hay que hacer cine rosa, sino un cine que en lugar de exacerbar las diferencias señale más bien las coincidencias como seres humanos. Porque pocas veces conectamos las historias humanamente indígenas con el público no indígena.”

–Sin embargo, por el actual contexto político de México, el cine que aborda temáticas de los pueblos indígenas también se ha convertido en cine de denuncia con fuerte contenido político.

–Sí, y eso siempre va a ser fundamental que se mantenga. Tenemos por ejemplo el trabajo de Concepción Suárez, que es un claro ejemplo de cómo se debe hacer. Pero hay películas hechas con tal militancia que resulta frustrante ver cómo en el intento de denunciar se acaba auto-restringiendo. Es como convencer a los convencidos y no llegar al público que de verdad es el objetivo: ese que sí cree que está muy padre que lleguen los canadienses a invertir en las minas porque su contexto de vida les dice que eso está bien. Entonces si a esa gente le tiras un discurso ideológico, se van a parar del cine y se van a ir. Creo que hay que ser sutiles y, como al niño, envolverles la medicina en dulce para que se la tomen.