En su libro más reciente (Agonística. Pensar el mundo políticamente, FCE, 2014) Chantal Mouffe revisa las dos propuestas de política radical que circulan en relación con dar una alternativa a la globalización neoliberal: la primera es la “deserción de las instituciones” y la segunda es “un involucramiento crítico con las instituciones”.
La primera rechaza la democracia representativa y argumenta que la multitud no es representable, pues es “un agente activo autoorganizado, antiestatista y antipopular”. La democracia de la multitud no puede ser concebida en términos de una autoridad soberana representativa, por lo que se necesitan nuevas formas no representativas de democracia. De ahí que se proponga una “deserción” de las instituciones existentes, a fin de fomentar la autoorganización de la multitud.
En contraste, la segunda propuesta, que es la que suscribe Mouffe, concibe un “involucramiento crítico” con el objetivo de dar lugar a una hegemonía diferente, en un proceso de rearticulación de los discursos y las prácticas existentes. Más que una “extinción” del Estado o de sus diversas instituciones, esta propuesta plantea la necesidad de provocar una “profunda transformación” de esas instituciones a través de las cuales se debe organizar el pluralismo existente. Mouffe piensa que esta “profunda transformación” se podría alcanzar a través de una combinación de luchas parlamentarias y extraparlamentarias, que serían un vehículo para la expresión de la diversidad de demandas. El objetivo compartido sería el de extender el principio de igualdad a la mayor cantidad posible de relaciones sociales. Para respaldar la propuesta de un involucramiento crítico que sanee y fortalezca progresos democráticos, ella subraya la importancia de la colaboración de diversos movimientos sociales para proponer e implementar una serie de reformas que mejoren de manera significativa la situación de los sectores populares.
En la disputa entre las dos propuestas subyace una antigua polémica sobre la naturaleza de la democracia y el papel de la representación. Desde su clásica reflexión sobre Hegemonía y estrategia socialista, Ernesto Laclau y Mouffe señalaron que finalmente las transformaciones políticas (que ellos califican de “radicalización de la democracia”) que nos van a permitir trascender el capitalismo se fundan en la pluralidad de luchas de los agentes sociales.
Como la política siempre tiene lugar en un campo atravesado por antagonismos, también siempre va a haber una lucha entre proyectos en conflicto que buscan presentar sus visiones como la encarnación verdadera de lo universal o del “bien común”. Pero nunca va a haber una resolución racional al antagonismo y al conflicto. Por eso ella, siguiendo a Gramsci, apuesta por una guerra de posición, que debe ser lanzada en una multiplicidad de lugares, pero que exige cierta sinergia entre movimientos sociales, partidos y sindicatos. Mouffe asume que “otro mundo es posible” y que eso es precisamente lo que la teoría gramsciana sobre la hegemonía ayuda a comprender. El objetivo de una intervención contrahegemónica no es develar la “verdadera realidad” o los “verdaderos intereses” sino rearticular una situación dada en un terreno determinado de relaciones de poder.
Mouffe revisa las formas emancipatorias de la política subterránea de muchas movilizaciones de los últimos años y hace una crítica a la tendencia pospolítica predominante. En la profunda insatisfacción con el orden existente, que se expresa con lemas como “tenemos el voto pero no tenemos voz” o “que se vayan todos”, está presente una poderosa crisis de representación.
Para Mouffe no obstante las simpatías que despiertan las formas recientes de protesta, desde los indignados en España al movimiento Occupy, son preocupantes su estrategia antiinstitucional y su rechazo a la democracia representativa. Para ella las luchas extraparlamentarias y todas las prácticas del activismo ciudadano por fuera de las instituciones, aunque tienen un gran valor y son un elemento esencial en la democracia, no pueden ser un sustituto de las instituciones representativas. Siempre van a existir antagonismos, luchas y división de los grupos sociales, y también siempre existirá la necesidad de instituciones para abordar los conflictos que producen.
Mouffe está convencida de que el proyecto emancipatorio ya no puede ser concebido como “la eliminación del poder” y que el adversario actual ya no puede ser definido en términos amplios y generales como “el capitalismo” o “el imperio”, sino que tiene que ser visualizado en términos de puntos nodales de poder. Por eso ella apuesta por una guerra de posición orientada a una profunda transformación de las relaciones de poder existentes y subraya la importancia de establecer una sinergia entre distintas formas de intervención para una “ofensiva contrahegemónica contra el neoliberalismo”.
En un artículo anterior retomé la reflexión de Claudia Hilb sobre los graves dilemas que enfrentan quienes desean refundar su comunidad “después del crimen”. ¿Se dará en México esa sinergia entre movimientos sociales, partidos y sindicatos, capaz de no sólo lanzar esa imprescindible ofensiva contrahegemónica contra el neoliberalismo, sino también refundar nuestra nación?








