De Farid Barquet Climent
Señor director:
La nota Extranjeros y naturalizados, en sacrificio de la cantera, firmada por Raúl Ochoa y Beatriz Pereyra (Proceso 1994), trata a mi juicio como uno solo (el encabezado es indicativo de ello) dos temas que ameritan un abordaje por separado: el de los futbolistas extranjeros que juegan en el futbol mexicano, y el de los naturalizados que también militan en las ligas de nuestro país.
Algunos argumentos que recoge dicho texto descansan sobre una falacia que es al mismo tiempo una abierta tentativa de coartar derechos individuales, consistente en sostener que las protecciones laborales a favor de los futbolistas mexicanos no comprenden a los mexicanos por naturalización. Dicho de otro modo: insisten en homologar a los naturalizados con extranjeros, como mexicanos de segunda.
Comparto el diagnóstico de los redactores de la nota en cuanto a la falta de oportunidades para que los jugadores jóvenes nacidos en México puedan llegar al profesionalismo. Mi discrepancia radica en que los periodistas y sus fuentes atribuyen la obstrucción de esas oportunidades a la presencia, que juzgan excesiva, tanto de extranjeros como de naturalizados, como si fueran lo mismo. En mi opinión, esto es equivocado porque implica desconocer el derecho de algunos mexicanos, como son los naturalizados, a ser tratados como iguales respecto de los que tienen esa misma condición por nacimiento. De la lectura del artículo 35 constitucional se desprende sin ambages: Los mexicanos por nacimiento no son más mexicanos que los mexicanos por naturalización.
Me parece que el auténtico problema estriba en que hay algunos futbolistas extranjeros de baja calidad de juego, de nula aportación a sus equipos y al espectáculo, de efímero paso por nuestro país o que rotan constantemente por diversas escuadras nacionales sin rendimiento plausible en las canchas pero cuyos traspasos constantes y a veces inexplicables representan jugosas comisiones para representantes o promotores y, desde luego, para los directivos, son los que efectivamente obstaculizan la llegada de jóvenes mexicanos a la Primera División.
La mención de los promotores (que, de acuerdo con el economista Ciro Murayama, en México son menos en cantidad que los equipos de futbol existentes, lo cual genera “una alta concentración en unas pocas manos de las cartas de los jugadores”) en la nota de Proceso es marginal, apenas tangencial en la página 78, a pesar de que ahí parece estar una veta de explicación del fenómeno:
A los directivos la formación de jóvenes no les reporta ingresos tan constantes y tan lucrativos en lo personal –ni siquiera para las instituciones en que trabajan– como los que les genera su relación con promotores con los que realizan recambios constantes de jugadores extranjeros. El tamaño de este mercado es descomunal: 30 mil millones de dólares en 2012 –de acuerdo con información de FIFA dada a conocer por el periodista chileno Juan Pablo Meneses–, generados por 11 mil 500 traspasos alrededor del mundo.
Dos contraejemplos desmienten que la presencia de futbolistas no nacidos en México sea la causa del problema que señalan Ochoa y Pereyra: España y Alemania, los dos últimos campeones mundiales, países cuyas ligas están obligadas a admitir como nacional a cualquier jugador con pasaporte europeo. Es más: Otra nota que aparece en la misma edición de Proceso (firmada por Alejandro Gutiérrez desde Madrid), relativa a la denominada “doctrina Bosman”, demuestra que hay jurisprudencia internacional, según la cual dar tratamiento laboral diferenciado a quienes tienen las mismas prerrogativas ciudadanas supone una violación de sus derechos fundamentales.
En lugar de alegar pretextos que tienen cierto tufo xenófobo –máxime en un país que dice clamar por una reforma migratoria con nuestro vecino del norte–, quienes en realidad estén interesados en promover a los jóvenes mexicanos deberían tener una política de puertas abiertas para ellos (entrar a las instalaciones de un equipo profesional de futbol en México es como pretender traspasar una fortaleza); publicitar suficiente y adecuadamente los periodos de pruebas (hay que tomar en cuenta que la mayoría de los jóvenes que quieren ser futbolistas son de escasos recursos y no tienen acceso a las apps, medio predilecto de las oficinas de comunicación social de los equipos para hacer ese tipo de anuncios); combatir genuinamente el influyentismo; otorgar apoyos a quienes enfrentan costos de transporte y alimentación que se constituyen en barreras para poder acudir a entrenar y jugar; hacer sinergia efectiva –y no sólo firmar convenios que únicamente sirven para que se tomen fotos los funcionarios públicos en turno– con las instituciones educativas, las delegaciones políticas y los municipios donde radican muchos talentos, alejados de los centros urbanos en los cuales tienen sus instalaciones los equipos profesionales, entre otras acciones auténticamente decididas para que los jóvenes que quieren incursionar en el profesionalismo tengan verdaderas oportunidades de demostrar su competitividad.
Atentamente
Farid Barquet Climent
fbarquet@hotmail.com
Respuesta de los reporteros
Señor director:
En el reportaje que menciona la carta precedente se consignan hechos reales respecto al incremento de jugadores extranjeros y naturalizados que, a juicio de los especialistas, repercute de forma directa en las fuerzas básicas de los equipos. Los comentarios del señor Farid Barquet Climent son tan respetables como los expresados por nuestras fuentes.
Atentamente
Raúl Ochoa y Beatriz Pereyra
Murayama, Ciro, La economía del futbol, Cal y Arena, México, 2014, p. 137.
Meneses, Juan Pablo, Niños futbolistas, Blackie Books, México, 2013, p. 84.








