Obama: el combatiente desarmado

Fue el penúltimo informe de Obama sobre la situación del país. El primero después de haber perdido la mayoría en las dos Cámaras del Congreso. Allí no hay ánimos conciliatorios; por el contrario, los republicanos que ahora las dominan se oponen a todo lo que provenga del Ejecutivo. Sin embargo, el presidente hizo caso omiso de los resultados de las últimas elecciones. Su tono fue triunfalista; sus propuestas, de avanzada, desde el punto de vista de una agenda social. Fue muy firme la decisión de usar el veto presidencial si se intenta dar marcha atrás en asuntos como la reforma al sistema de salud o la migración. En resumen, Obama se proyectó como un guerrero comprometido con el bienestar de la clase media en Estados Unidos y la lucha contra la desigualdad que asedia a ese país.

Tenía elementos para el triunfalismo. El hecho es que la economía estadunidense, como dijo en las primeras líneas de su informe, “ha dejado atrás la sombra de la recesión”. Pero en cambio preguntó: “¿Aceptaremos una economía en la que pocos tienen logros espectaculares mientras la clase media y los trabajadores permanecen igual? ¿O nos comprometemos con una economía que genere ingresos crecientes y oportunidades para todo aquel que haga un esfuerzo?”.

A partir de esa pregunta, el meollo del discurso de Obama fueron sus propuestas para elevar impuestos a los sectores más ricos, lo cual permitiría financiar la creación de empleos, la elevación de los salarios, la ampliación del número de guarderías, los créditos para la educación superior y la asistencia gratuita, por dos años, a las escuelas públicas de educación superior.

Es casi seguro que todas esas propuestas encontrarán oposición de los republicanos en el Congreso. Por ello, un titular de The New York Times cuestiona La utilidad de fijar metas inalcanzables (20/01/2015). A primera vista, la crítica es válida. Sin embargo, la agenda social ambiciosa que Obama colocó sobre la mesa está lejos de ser un acto gratuito de populismo. Al hacerlo, el presidente inició ya la próxima campaña presidencial. La preo­cupación por los problemas sociales, que han oscurecido el atractivo de un país que antaño se caracterizaba por ofrecer oportunidades al ascenso social a partir de la educación, entre otros factores, es un tema que Obama ha colocado en el centro del debate político; sus consecuencias son diversas para uno y otro partidos.

Quienquiera que sea nominado por los demócratas para contender por la Presidencia (Hillary Clinton es una de las más sonadas) no podrá sacudirse los compromisos con el bienestar de las mayorías que Obama ha proclamado. Para algunos, es posible que esto se convierta más en una carga que en una ventaja; lo importante es que ya está allí. Lo mismo puede decirse de otras acciones de Obama, inescapables para los futuros dirigentes demócratas, como son la acción ejecutiva en materia de migración y la legislación relativa a la salud. Sobre estos dos últimos temas Obama anunció que usaría una de las pocas armas que le quedan disponibles –el veto presidencial– si los republicanos intentan revertirlas.

En el caso del Partido Republicano la situación es más compleja. Como se vio en la respuesta al informe dada por la recién llegada senadora republicana por Iowa, la insistencia en los problemas sociales da ahora el tono a su discurso, aunque desde perspectivas y matices muy distintos a los de Obama. La preocupación por los empleos estuvo muy presente, pero la propuesta de cómo crearlos fue a través de la construcción del oleoducto de Keystone, un megaproyecto fuertemente defendido por los republicanos y más vivamente desechado por la actual administración con argumentos diversos, entre ellos los daños al medio ambiente.

En todo caso, dado que los republicanos anhelan volver a la Casa Blanca, no harían bien en presentarse como los opositores a la agenda social de Obama. Empieza, pues, una batalla republicana para quitar toda legitimidad a Obama, pero sin pagar los costos electorales de ser contrarios a preocupaciones compartidas por amplios sectores de la clase media y de los trabajadores.

El tema de la política exterior ocupó menos espacio que el de los asuntos internos,­ en torno a los cuales se darán las principales luchas electorales. Una de las preocupaciones más importantes a las que se hizo referencia fue el problema del Estado islámico en Irak. Hasta ahora, Obama había declarado que la acción contra ese movimiento sería principalmente a través de aviones no tripulados (drones). No obstante, bajo las presiones que se han incrementado a partir de los actos terroristas en Europa, Obama se pronunció por mandar tropas estadunidenses sobre el terreno, lo cual requiere de los votos republicanos en el Congreso.

Hizo un llamado para que el Congreso levante el embargo a Cuba y se refirió a la oportunidad de alcanzar un acuerdo con Irán sobre su programa nuclear. El presidente advirtió que vetaría intentos del Congreso de imponer nuevas sanciones a ese país que dificulten la negociación diplomática en marcha.

Así, el presidente demócrata, cuyo partido sufrió una de sus derrotas más serias en los comicios del pasado noviembre, utilizó sus preocupaciones sociales y su bien conocida habilidad de ser carismático en sus discursos para fijar una agenda que, aun si no se aprueba, tendrá influencia en la vida política de Estados Unidos hasta las próximas elecciones presidenciales. Tomando en cuenta el asedio al que se ha visto sometido desde que llegó a la Presidencia, mantenerse como un combatiente que coloca esa agenda difícil de ignorar no es un logro menor.