Nos citó primero el 28 de noviembre. Era 2005. Nos veríamos en el hotel Hilton. Pero como le salieron muchos encuentros y estaba la FIL a un lado, prefirió posponernos la cita para las 11 de la mañana del 29, en las oficinas de la revista. Nosotros estuvimos puntuales en el lugar de reunión; él no, ni su comitiva. Aunque tampoco nos hizo esperar mucho. Llegó acompañado de Rafael Rodríguez Castañeda, el director; de Alejandro Caballero, el encargado de nuestra estampa jalisciense; por su hija María y de Enrique Maza, que ha sido junto con él espina dorsal de la revista Proceso desde su fundación.
Me dio mucho placer conocer en estas circunstancias tanto a Maza como a Scherer. Ellos dos han significado en la lid periodística del país un hito de rebeldía que yo seguí detenidamente desde sus inicios. El golpe que dio Echeverría a Excélsior en aquel ambiente de guerra sucia en que vivíamos en el 76 nos convocó a muchos a hacerle frente a la arbitrariedad, a la impunidad, a la hipocresía y a la cerrazón del régimen. Han pasado tres décadas y el proyecto de información veraz y libre de componendas, de compromiso con el pueblo mexicano, se sostiene. Más gusto me da que, con ocasión de abrir el suplemento regional de Jalisco, me hayan invitado a incorporarme a esta empresa de libre análisis y de creación de opinión desde la trinchera de los que carecen de voz.
Primero nos dedicó una buena sarta de preguntas técnicas en torno a cómo hemos estado funcionando a lo largo del año y de si sentimos que responda el público a nuestro esfuerzo y también de si sentimos que nosotros le respondemos a nuestros lectores. Fue una ronda de análisis autoevaluatorio, en el que se señalaron nuestras evidentes deficiencias y se elogiaron los logros escasos que hemos tenido. No pasó desapercibido el crecimiento complicado que hemos tenido porque recursos, lo que se llama apoyo logístico, no han menudeado. Por el equipo de Jalisco estuvimos tal vez los más empecinados. Fuimos unos 10 colegas: Felipe Cobián, Raúl H. Mora, Alberto Osorio, Víctor Manuel López, Qucho el cartonista, Cuco el fotógrafo, Javier Ramírez de lo cultural, Karla Planter y Gloria Reza.
Don Julio aderezó con su experiencia y sus comentarios muchos de los avatares que le fuimos señalando en nuestro primer año de trabajo. Se refirió a cómo torear amenazas, que no faltan; cómo volverse insensible a los ofrecimientos velados y, sobre todo, cómo nunca perder la solidaridad y el espíritu de cuerpo. Elogió, porque dijo sentirlo, el sentimiento de unidad acendrada y de solidaridad que detectaba en nosotros. Nos lo comparó a los primeros años de Proceso en la capital.
Luego pidió a Felipe, nuestro coordinador en Jalisco, que nos presentara a cada uno. Para antes se había referido a que la revista, a nivel nacional, ya había pasado el Rubicón. Preguntó a Rafael que de dónde venía esta expresión y Raúl Mora, que es jesuita también, contestó que era de un pasaje de la vida de Julio César. Yo solicité ampliar la información. Expliqué que César cruzó el río Rubicón para venir a poner orden por los disturbios de la guerra civil desatada por Pompeyo en Roma. Y agregué el dato de que esta decisión se tomó a partir de lanzar la moneda al aire. De ahí se acuñó el dicho clásico: alea iacta est (la suerte está echada).
Cuando Felipe dio la vuelta a las presentaciones, en mi turno dijo que era maestro universitario, de filosofía. Muy deferente, don Julio opinó: ya lo habíamos notado. Más adelante se ofreció otro latinajo y lo traduje. El director intercaló, señalando a Enrique Maza, que no nos fuéramos a desatar hablando latines. El dato cayó en gracia porque no es frecuente que en nuestro medio, así andemos entre intelectuales, haya suficiencia de helenistas o latinistas. Hubo más intervenciones interesantes. Sería extenso reseñarlas todas. Karla le hizo la pregunta clásica de sobre cuál consideraba haber sido el momento más complicado de su carrera periodística.
Señaló varios, pero de ninguno en concreto supuso que era el peor. Insistiendo ella en si había tenido algún momento de alto miedo, dijo que sí, en algunos, pero que la clave era no pensar en ello o bien no mostrarlo. Dijo que uno de los momentos en que sus emociones habían subido más alto era el de un día antes, cuando le habían entregado el reconocimiento universitario. Tanto Maza como yo sostuvimos que no se le había notado. Yo dije que me admiraba que lo dijera porque no se le traslució la emoción que dijo embargarle.
Luego fue resorteada su memoria a que nos relatara acerca de las grandes entrevistas logradas. Mencionó la del Che y la de Fidel, con el que se gastó más de 12 horas continuas. Dijo que le había causado molestia grande que Pinochet se negase a contestar unas de las preguntas que le dirigía. Y que le exigió que le pasara el cuestionario por escrito, reservándose el derecho de contestar las que él quisiera. Como Julio se negara a conceder, al día siguiente tenía retirado el visado y, en sus manos, el boleto de avión con el que tenía que abandonar Chile.
Luego habló de algunas preguntas que, como siempre, una vez concluida o hasta publicada la entrevista, se había arrepentido de no hacer. No quiso mencionar ninguna otra, sino la que se le quedó con Octavio Paz, ya en su lecho de muerte. “¿Cómo ves la muerte con tus ojos de poeta, Octavio?” “Esa no, Julio”. “¿Por qué no?” “Simplemente no, retírala del cuestionario, no la voy a contestar”. “La retiro con una condición: que me des la razón de por qué no”. La respuesta de Paz es increíble: “Porque no le gustaba a Marijó hablar de la muerte, ni que él hablara de la muerte”.
Después insistió en que Gloria Reza lo entrevistara; que le notaba en los ojos que tenía intención de entrevistarlo. Pero que le hiciera preguntas de peso. Gloria aprovechó el momento y le envió varios toritos, aunque eran de escasa monta. Como Gloria estaba a mi lado, en un descuido de don Julio le sugerí: “Devuélvele la que él le hizo a Paz”. Gloria no se amilanó y le dio la estocada. “¿Cómo ven la muerte los ojos de periodista de don Julio?” Primero dio como respuesta la misma broma de Paz, apoyándose en su hija. Pero luego buscó una respuesta seria.
Calcó lo dicho en el Fedón por Sócrates, según Platón. Buscó con la mirada a Enrique Maza, quien lo aprobó. En ese momento sí sentí yo que a don Julio le embargaba la emoción. Habló buen rato sin que nadie le interrumpiera. Fueron momentos de expansión sincera, muy personal. Cosas que no han de repetirse porque las citó en confianza. Se sintió rodeado de amigos, aunque con algunos de los presentes era su primer encuentro.
Casi para terminar la entrevista, Osorio y yo le movimos el tema del galardón universitario. Yo quise inquirirle si tenía confianza a tales amigos. Pero Osorio pidió mano. Le espetó que si nos podía decir por qué había aceptado el premio. Su respuesta fue la misma que publicó Rodrigo Vera en la página electrónica de Proceso el día 28: Desde hacía 11 años los fejosos le rogaban que lo aceptara. En este año le amenazaron con otorgárselo en ausencia, si no se presentaba. En los 10 años anteriores siempre se había negado. Era demasiada ya la insistencia de sus amigos, el rector, Raúl Padilla y Tonatiuh. Y si no lo hacían con él, era a través de uno de sus hijos. Don Julio juzgó que se hubiera visto demasiado soberbio al no asistir personalmente a recogerlo.
Buen trozo de silencio nos abrumó con su respuesta inesperada. A mí me espoleó inmediatamente el magín para cuestionarle con mi pregunta comprometedora. Pero ya no me atreví a hacerla. Me quedé con las ganas. Lo noté demasiado emocionado. No quise echarle a perder el momento. Ya antes, cuando abordó el punto del perfeccionismo y de la timidez, que siempre abruma, le había yo preguntado que si, cuando había vivido situaciones muy álgidas, había estado consciente de la distancia que hay entre la ingenuidad y la bonhomía. Me contestó que sí; que lo último que había que ser era tontos.
Lo más doloroso, lo que más le había angustiado en sus momentos más difíciles era “la traición”. La peor de sus experiencias vitales tenían que ver con las traiciones de quienes, gozando de su amistad muy próxima, no se habían tentado a asestarle la puñalada trapera. Hubo un momento en que sentí que mi pregunta para él hubiera tenido que ver más con mis prevenciones para con los hombres de la universidad, por los que no doy una higa, que con su sentido del riesgo a ser traicionado. Por eso me contuve y por darle mano a Osorio. Ahora me arrepiento.
Volvió a hablar de sus experiencias de timidez y del consejo que le dio Anne Marie Mergier en París de que se volviera invisible para superar esos malos pasajes. Yo le asocié semejante experiencia con la lectura del mito del anillo de Giges, que se halla en Platón. Y más cosas que siguieron rolando en sabroso ambiente, hasta que llegó el momento de despedirnos porque tenía que acudir él a una comida previamente concertada. Nos despedimos y yo le pedí la foto a su lado, fetiche de rigor, al que accedió de grado.
Cuando nos abrazamos me dijo en lo corto que el maestro universitario le había causado grata impresión. Yo contesté a su elogio diciéndole que a mí me embargaba más conocer en persona y estrechar entre mis brazos a una efigie viviente de la resistencia en el país. Así concluyó esta entrevista que no puedo dejar de registrar en los anales de mi memoria.








