De reclusos de alto riesgo a refugiados de baja peligrosidad

Pasaron más de una década recluidos en condiciones infrahumanas, sin ser juzgados, sin asistencia legal, lejos de sus países y de sus familias. Estados Unidos los acusó de terrorismo y los encerró en la peor de sus cárceles: Guantánamo. Pero a partir de diciembre están libres. El presidente uruguayo José Mujica –quien vivió una pesadilla idéntica durante la dictadura– les dio refugio. Así, cuatro sirios, un palestino y un tunecino pasaron de ser reos de “alto riesgo” a refugiados de “baja peligrosidad” y ahora tratan de reconstruir sus vidas en Uruguay, apoyados por la central sindical nacional, entre yerba mate y seguidores del Peñarol y del Nacional.

Montevideo.- El hombre va hasta el balcón y le da un sorbo a su mate amargo. Viste una playera que dice “Uruguay”, bermudas y chanclas. Tiene barba abundante pero bien recortada. Podría pasar por un uruguayo más que sale a disfrutar de una cálida jornada veraniega en el barrio de Palermo, en esta capital.
Pero no. No se apellida González ni Fernández, ni se llama Walter, Jorge o Pablo. Es Alí Husein Shaaban y es sirio. Según documentos clasificados del estadunidense Departamento de Defensa, formó parte de células terroristas en su país, huyó a Afganistán en 2000 y participó en actividades hostiles contra Estados Unidos. Según la categorización inicial de la Casa Blanca, era considerado de “alto riesgo” por ser “probable que represente una amenaza para Estados Unidos, sus intereses y sus aliados”.
Lo curioso es que Estados Unidos encontró en Uruguay a un “aliado” que aceptó acoger a seis detenidos sin juicio –uno de ellos, Alí Husein–, quienes estaban en la base militar estadunidense de Guantánamo, en Cuba, y llegaron al país suda­mericano en calidad de refugiados. Y casi como por arte de magia, los reclusos de “alto riesgo” se convirtieron en personas de “baja peligrosidad”.
Desde el pasado 7 de diciembre los sirios Alí Husein Shaaban, Abd Hadi Faraj, Ahmed Adnan Ahjam y Abu Wa’el Dhiab, el palestino Mohammed Tahamatan y el tunecino Abdul bin Mohammed Abis Ourey deambulan por las calles montevideanas intentando mimetizarse con los uruguayos. Una cosa no les ha costado trabajo: toman mate con naturalidad, porque en Siria suele tomarse té y la yerba sudamericana no es muy distinta a la infusión que acostumbraban.
Cuando el presidente José Mujica hizo saber su compromiso con la Casa Blanca de acoger presuntos terroristas como refugiados, en Uruguay se alzaron voces de protesta. “Aceptar presos de Guantánamo es aceptar el régimen de Guantánamo, sin tratado internacional ni habilitación del Parlamento”, escribió en Twitter el senador del derechista Partido Nacional y candidato a vicepresidente en las pasadas elecciones, Jorge Larrañaga.
Tampoco vio la idea con buenos ojos el expresidenciable colorado Pedro Bordaberry (derecha): “Bastantes líos tenemos aquí como para importar líos de otros. Las prioridades son otras, no Guantánamo”, opinó.

De preso a preso

En marzo de 2014, en su audición radial de la emisora M24, Mujica salió a defender la palabra empeñada. Dijo que Washington le había consultado “varios meses antes” si Uruguay podía recibir algunos refugiados, entonces detenidos sin juicio en Guantánamo. “Luego de algunas gestiones contestamos que sí, porque hoy y siempre, con la excepción de los dolorosos años de la dictadura, el Uruguay ha sido un país de refugio y para nosotros esta es una cuestión de principios”, dijo.
“No nos podemos hacer los distraídos ante la formidable tragedia de gente que lleva 12, 13 años sin comunicación con el mundo y detenida sin causa probada, ni haber visto un fiscal o un juez. Sin ningún tipo de garantía. Esto es una vergüenza humana”, agregó el mandatario.
El presidente uruguayo apeló a su pasado –14 años preso, varios de ellos en calabozos y en condiciones infrahumanas, por su actividad guerrillera en los sesenta y setenta– para justificar su postura. “Estuve un montón de años en cana (en prisión) y estoy podrido de escuchar hablar de ‘derechos humanos’. ¡Derechos humanos es esto!”, exclamó ante periodistas.
Un reportero le preguntó en rueda de prensa si le pediría algo a cambio a su par Barack Obama, y Mujica contestó: “Yo no hago favores gratis, después paso la boleta (factura)”. Se refería así al pedido de liberación de “dos o tres prisioneros cubanos que hace muchos años que están allí (detenidos en Estados Unidos). Que busque la manera de liberarlos, porque también eso es una vergüenza”.
Y envalentonado por su entonces vigente nominación al Premio Nobel de la Paz no tuvo empacho en pedirle a Obama que tratara de cerrar cuanto antes la prisión de Guantánamo y levantara el embargo comercial a Cuba.
Muchos analistas políticos vieron en esta jugada de Mujica una suerte de cabildeo para alcanzar el Nobel –el cual finalmente fue para la joven activista paquistaní Malala Yousafzai–, pero él insistía una y otra vez en que sólo se trataba de un gesto humanitario, como cuando dona 70% de su salario a un proyecto comunitario de viviendas (el Plan Juntos) o cuando le dio refugio a decenas de familias sirias que escapaban de la guerra civil en su país.
El 9 de octubre del año pasado llegaron al aeropuerto de Carrasco, en las afueras de Montevideo, las primeras cinco familias de origen sirio. Fueron 42 personas venidas desde Líbano. Uruguay puso como condición al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados que 60% fueran menores de edad y por cada familia hubiera un mayor en condiciones de trabajar, para devolverle a Uruguay su hospitalidad.
Muchos de los niños recién llegados fueron fotografiados, semanas después, jugando con escolares uruguayos y soñando con ser, ellos también, el futbolista Luis Suárez. La Presidencia espera para febrero el segundo contingente de familias sirias.
No obstante, los provenientes de Guantánamo son algo más que un guiño para los activistas de la paz mundial y aficionados a la figura de moda de Mujica, quien está a punto de pasarle la banda presidencial a su correligionario del izquierdista Frente Amplio, el oncólogo y expresidente (2004-2009) Tabaré Vázquez.

¿Quiénes son?

Apenas llegaron a Uruguay en un avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, fueron trasladados al Hospital Militar. Quien permaneció allí más días fue el libanés con ciudadanía siria Abu Wa’el Dhiab, recordado por haberse declarado en huelga de hambre en Guantánamo y acudir a la justicia estadunidense para reclamar su derecho a no ser alimentado a la fuerza.
Dhiab, de 43 años, estaba muy débil y requirió atención especial. Los otros sirios fueron alojados de inmediato en una vivienda desocupada del Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT) en el céntrico barrio de Palermo, mientras el tunecino Abis Ourey y el palestino Mohammed Tahamatan comparten habitación en una pensión del centro de la capital.
Los refugiados miran con cierto recelo a los reporteros que se les han acercado. “No queremos hablar con periodistas”, dijo Shaaban al reportero Juan Pablo Correa, del diario uruguayo El País. Quien sí se mostró locuaz en esa oportunidad fue Ourey. “Hasta ahora está todo bien, después veremos”, dijo en italiano. “Me resulta fácil aprender español porque es parecido al italiano, pero a mis hermanos (los otros refugiados) les cuesta más”, apuntó.
Luego contó que estaban encantados con el recibimiento del pueblo uruguayo, que ya habían bajado a la playa e incluso visitaron una estancia en Colonia, una localidad declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO, en el suroeste del país. Otros dos de ellos –los “hermanos” refugiados– ya habían salido a correr por la rambla montevideana.
Ourey, de 49 años, trabajó en la construcción y fue detenido en Italia acusado de narcotráfico. Según la inteligencia estadunidense, perdió un pulgar al manipular explosivos.
A varios de ellos los trabajadores del PIT-CNT ya les pusieron apodos para identificarlos mejor. A Faraj lo llaman El Fachero (lindo, bonito), aunque él no lo sabe. Tiene una barba apenas crecida y un corte de pelo occidental, peinado al medio. Viste jeans y una camisa a cuadros, pero no de marca. Cuando Proceso visitó la casa donde viven los cuatro sirios, Faraj aclaró que prefiere no hablar, pero habló de todos modos. Carga bolsas del supermercado con una pizza congelada, refresco de naranja y botanas para la noche.
“Estamos felices, muy felices acá”, dice.
–¿Extraña algo?
–Mmmm… no mucho.
“Éste está para las mujeres… the girls”, le traduce Fernando Gambera, encargado de Relaciones Internacionales del PIT-CNT. Faraj, con cierta timidez, contesta que no se ha acercado a hablar con mujeres ni con hombres, pero en todo caso él es libre. Ahora lo es.
–I’m free –recalca.
–¿Y en Siria? –le pregunto.
–También libre.
Gambera bromea con que para tener relaciones con una chica, ellos primero deben casarse con ellas. Al menos eso le dijeron. Por ahora sólo les interesa conocer el país, hacer deporte, rezar cinco veces al día con el Corán en la mano, conseguir empleo y, en breve, traer a sus familias.
Esto último es un desvelo para Dhiab, cuya esposa e hijos están en Turquía. Él está más caído anímicamente y extraña más a sus seres queridos. “Está siempre con el semblante serio, es más huraño que el resto. Tiene una familia numerosa allá en Medio Oriente y sus padres están viejitos, pero no los podemos traer tan fácilmente… Quiere ir a verlos y regresar a Uruguay, pero es complicado y costoso”, dice Gambera.
Dhiab o Diyab es quien menos simpatiza con la prensa. “¿A qué te dedicas?”, le pregunta al reportero luego de ser presentado como “un amigo” por los sindicalistas uruguayos. “Lo siento, pero no hablo con periodistas. No es nada contra ti… Es por seguridad. Security issues”, dice una vez que sabe que está hablando con un periodista.
Es quien menos se moviliza –usa muletas– y menos ríe. Pesa apenas 67 kilos, mide 1.90 y curiosamente es hijo de una argentina. Fue condenado a muerte en ausencia y perdió a un hijo en la guerra civil de Siria. “Eso es lo que lo tiene así de triste, y hace años que no puede ver a su esposa y sus otros tres hijos”, explica Gambera.
En una de las pocas ocasiones en que Dhiab se mostró entusiasmado fue cuando ayudó en la preparación de un cordero, a una semana de haber llegado a Uruguay. La profesora de español de los refugiados los invitó a su casa y Shaaban se encargó de preparar el cordero, mientras que Ahjam y Dhiab se encargaron de las ensaladas.
A Shaaban le dicen El Carnicero y ya tiene casi acordado un trabajo en una tablajería de Montevideo. Faraj, en cambio, es orfebre y joyero y por ahora no la tiene fácil. Ourey es cocinero y ya ha tenido ofertas de algunos restaurantes montevideanos. Tahamatan –simpático, de piel oscura y barba más tupida que el resto– es chofer y por tanto la central sindical ya le consiguió empleo manejando montacargas en una fábrica. “Por ahora no pueden tener licencia de manejo”, explica Gambera.
En cambio todos tienen ya su documento de residencia uruguaya. Además están inscritos en el Fondo Nacional de Salud y, por lo tanto, tienen asistencia en hospitales públicos, y en cuanto ingresen al mercado laboral tendrán los mismos derechos y beneficios que cualquier trabajador. “Queremos que consigan trabajo para que empiecen a interactuar con la gente”, apunta Gambera. “Pero ya nos dicen que a futuro quieren formalizar parejas y tener su emprendimiento propio”.
Sólo cuando obtengan empleo dejarán de percibir la mensualidad que les da el Estado –en un monto no divulgado– y los alimentos y bebidas que les proporciona el PIT-CNT.
Los dirigentes sindicales que ayudan a los refugiados a adaptarse al país se dividen entre quienes intentan hacerlos seguidores de Peñarol y quienes hacen lo posible para que simpaticen con el Nacional, los dos equipos grandes del futbol uruguayo.
“¿Yo? Mitad Peñarol, mitad Nacional”, dice Faraj y hace un gesto separando en mitades su pecho. “Voy a hinchar (apoyar) por Peñarol”, dice finalmente para congraciarse con el firmante de esta nota y con Gambera.
Y así fue. La tarde del lunes 12 vuelvo a visitarlos. Un dirigente sindical de la Federación de Comercio y Servicios consiguió entradas para el clásico de futbol de esa noche y convenció a los sirios para llevarlos a la Tribuna Ámsterdam del estadio Centenario, habitualmente ocupada por la porra de Peñarol. De pronto llega Ourey con una pelota envuelta en una bolsa de plástico. Amarilla y negra, como los colores del club.
Le pregunto a Faraj qué opina del atentado en París, en el cual dos yihadistas asesinaron a cuatro caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo. “No sé de qué hablas, no estoy informado”, se excusa, 48 horas después de la matanza. El dirigente sindical de la Federación de Comercio aclara: “No les ponemos las noticias en la televisión. Si ellos quieren, se informan por internet. Para ellos es mejor callarse y no opinar”, agrega.
Mientras los refugiados organizan su nueva vida en suelo uruguayo, entre mates, futbol y running por la rambla, esperan la visita del presidente. Mujica dijo que todavía no es momento de ir a saludarlos:
“Estoy esperando que pase el circo (en torno a ellos)”, señaló, pero ya adelantó que “pueden quedarse todo el tiempo que quieran o irse mañana mismo”.