La vida de Julio es un ejemplo para los periodistas de todos los tiempos y todas las latitudes. Era un hombre de misión, y concebía que su misión era “decir la verdad que los poderes callan”, lo que hizo en dos órganos fundamentales del periodismo mexicano: como director del periódico Excélsior durante una época breve pero ejemplar de su existencia, y como fundador y director de la revista Proceso, que ya cumplió casi 40 años de existencia.
Era un gran dirigente de hombres y mujeres; sus armas eran el encanto, el ejemplo y el aprecio genuino de sus colaboradores. No fue un caudillo, sino un hombre de equipo; tampoco exageraba su superioridad. El resultado era una mezcla de tolerancia y respeto sincero hacia las cualidades de sus colaboradores que creaban una atmósfera muy diferente a la de los otros medios.
Pocos son los periodistas de su generación que tuvieron una carrera tan distinguida. Proceso, su obra principal, se distingue por albergar a un periodismo de análisis extraordinariamente bien fundamentado; por las capacidades de distinguir en cada número la noticia principal y de contar con fuentes de información más diversificadas y genuinas. Esto se debe en gran parte a Julio Scherer, quien supo establecer un estilo, y a Rafael Rodríguez Castañeda y todos sus colaboradores que lo mantienen vivo.
Lo despido con cariño y admiración, seguro de que su figura irá creciendo con el tiempo.








