Durante poco más de 10 años, entre 2001 y 2012, nos reuníamos periódicamente a comer y conversar, Julio Scherer, Gabriel García Márquez, Ignacio Solares y yo. Hasta 2007, las reuniones eran habitualmente en la Universidad. Comida de altura, las llamaba Gabo, cuando eran en el piso 11 de la Torre de la Rectoría, y comida de cuatro, cuando nos mudamos a un restaurante en la zona de San Ángel.
Fue durante esos años cuando don Julio y yo construimos lo que considero una de las grandes amistades a lo largo de mi vida. No tengo duda que él también la valoraba. Recuerdo con emoción la dedicatoria que escribió al obsequiarme La terca memoria: “Con mi amistad irrenunciable. Entre nosotros y para quienes queremos, la amistad es el único pacto seguro que conozco”. Él lo honró cabalmente hasta el final de su vida, y yo haré lo propio.
Recordar hoy a don Julio es recobrar la confianza en la integridad de las personas, en la fortaleza de las convicciones, en la firmeza del carácter, en el rigor del análisis y el peso de la crítica; en la independencia y en la autonomía como formas de realización individual. Pero también lo es ratificar la importancia de la familia, el valor de la amistad y de la gratitud como expresión de afecto. Todas esas y algunas más, eran prendas que él portaba de manera natural.
No concebía al periodismo sin la crítica, ni a la crítica sin la investigación rigurosa que la sustentara y la firme convicción de que ésa era la tarea. Por eso don Julio, en el ejercicio de su oficio, incomodó a muchos, irritó a otros y sacó de sus casillas a algunos más. En cierta forma, las reacciones que suscitaban sus críticas reflejaban la intolerancia de los destinatarios. Mientras más autoritarios, más intolerantes. Pero por eso mismo se ganó también la admiración y el respeto de muy amplios sectores de la sociedad y logró, contra viento y marea, no sólo darle continuidad a su tarea periodística sino abrirle espacios a otros para que también pudieran hacerlo.
Cuando se le informó que había sido seleccionado para recibir el Premio Nacional de Periodismo, que por primera vez dejaba de ser un acto oficial para convertirse en un ejercicio ciudadano, como era de esperarse, don Julio dijo “No, gracias”. Algunos de los periodistas miembros del jurado me pidieron que hablara con él, pues en esa época me habían invitado a presidir el Consejo Ciudadano del Premio, y aunque no formé parte del comité evaluador –que lo conformaban exclusivamente periodistas– me tocaba encabezar el acto de entrega.
“Don Julio, me gustaría platicar con usted, ¿cuándo nos podemos ver?” “Con gusto, doctor; percibo que tiene cierta urgencia.” “En efecto, don Julio.” “Muy bien… Lo veo mañana, querido doctor.” Conociéndolo, fui al grano. “Doctor, no me pida eso. No creo en esas cosas. Ya lo rechacé hace algunos años”, dijo. La conversación se extendió más de dos horas. Le aseguré que el gobierno ya no tenía nada que ver en esto y que había sido seleccionado por sus propios colegas. “Don Julio, si usted acepta, fortalecemos el periodismo independiente y el valor de la ciudadanía.” “Sólo por eso, mi querido doctor.” Unas semanas después recibió el premio en el auditorio de la Universidad Iberoamericana, y una de las ovaciones más cálidas que recuerdo.
Su amistad con Gabo y con Solares antecedía a la nuestra. Eso favoreció el que desde un principio en esas reuniones tocáramos temas sensibles, delicados, a veces personales, con el compromiso implícito de que lo que ahí se decía ahí se quedaba. Sólo una vez accedimos todos a tomarnos una foto, cuando Gabo nos dedicó Vivir para contarla. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Así empiezan las memorias de García Márquez y sobre eso también conversamos largamente.
“Gabriel, con esa reflexión vas a quitarle la chamba a todos los psiquiatras”, le dijo don Julio a Gabo con esa mezcla de inteligencia y sentido del humor que tenía. “No me lo tome a mal doctor, yo a usted le tengo buena ley porque me curó el insomnio que me abrumaba, con un chochito milagroso”.
La familia era en él otro tema recurrente. La memoria de Susana, la preocupación y el orgullo de la estirpe. “Cuéntanos Gabriel ¿qué estás escribiendo?”, era en él una pregunta habitual. “Don Ignacio, ¿qué nos dice de su próxima novela?” “Doctor, platíquenos de su relación con Fox, ¿cómo le hace?” En cierta forma don Julio nos interrogaba y sin el menor gesto impositivo terminaba por marcar la agenda. Él perfilaba los temas. Periodista al fin y al cabo.
Me invitó a escribir el prólogo del libro que escribió con Monsi, Parte de guerra:Tlatelolco 1968. Acepté con gusto. A los pocos días, la llamada: “Doctor, su texto es impecable pero lo encuentro blando. Hágame un favor, revíselo. Si lo cree oportuno, me envía un nueva versión”. Era muy su estilo: te decía directo lo que pensaba y luego te hacía una amistosa consideración. Por supuesto, el texto revisado le llegó en unos días y de inmediato la llamada, casi telegráfica: “Le mando un fuerte abrazo, doctor, muchas gracias”.
La muerte de don Julio deja un enorme vacío no sólo en el periodismo nacional sino en la conciencia social de México, y para quienes tuvimos la fortuna de convivir con él en alguna época de nuestras vidas, un sentimiento de nostalgia, pero también de fortaleza, de gratitud, de esperanza. Personaje inolvidable. Mantendré hasta el final el pacto que generosamente me propuso. Adiós, don Julio.








