Sé que la vida sigue, pero después de una pérdida nunca es igual. He tenido algunas en mi vida, personales. Esta es mi primera pérdida periodística entrañable.
No fui de su círculo cercano, pero don Julio tuvo unos guiños conmigo que me reforzaron para ser la que soy, como soy, como reportera.
En 2004 comencé a cazar la información. “Caballito de batalla”, me bautizó mi jefe, Salvador Corro. Lo mismo me mandaba a cubrir una marcha que una puesta de sol. ¿Qué importaba? Yo quería tener un lugar en la revista de política más importante de este país.
Una noche, Álvaro Delgado y Homero Campa festejaron años de trayectoria periodística en este semanario. Don Julio estuvo presente en la celebración, realizada en un lugar que ya no existe. Pasadas unas horas, don Julio se despidió con un gesto que a todos nos puso de pie. De mano a los caballeros, con un beso en la mejilla para las señoras, recorrió a los presentes, más de 20 quizá.
Todos querían llevarlo a su coche, que en ese tiempo él mismo conducía. Pero me abrazó y pidió que lo acompañara. Estaba muy nerviosa y emocionada. Me vio no sé qué, pero me dijo palabras muy bonitas que siempre guardaré en mi corazón.
Me decía “muchacha”; en aquel 2004 yo era la reportera más joven de la redacción. Yo sabía que era sinónimo de “imberbe”. Casi lloro años después, cuando escuché decir mi nombre a ese hombre que no preguntaba cómo estabas sino qué información tenías.
Hubo un tiempo en que don Julio visitaba la revista todos los lunes para platicar con el director, Rafael Rodríguez Castañeda. Muchas veces lo vi llegar, otras tantas se le ocurría aventarme el coche cuando me veía caminar con mi cara de distraída, sobre la calle de Fresas. Yo brincaba, él se reía.
Recuerdo su risa desde su coche hasta mi escritorio. Después de esas juntas, don Julio bajaba rumbo a la puerta pero siempre se despedía de nosotros. Sin embargo, algunas veces, en la soledad de la redacción caminaba sigilosamente para jalarme el cabello o hablarme de manera intempestiva por la espalda. Y de nuevo yo brincaba, gritaba, y él se reía.
Esa risa la guardo en mi corazón.








