Dormir menos, escribir más

“¡Atoyac, doña Leticia, Atoyac! Cuénteme de Atoyac”, me saludaba con frecuencia don Julio, en su ansia permanente por saber.

Certero para establecer los puntos de encuentro con cada reportero de Proceso, don Julio era dueño de una enorme sensibilidad y solidaridad con el dolor que arrastran cientos de familias de desaparecidos, ya sean del pasado, del presente o de siempre. Fue esa nuestra primera coincidencia.

Conocedor de la biografía periodística, las filias y fobias de los integrantes de la redacción, en sus visitas a las oficinas de Fresas 13 dejaba siempre una lección que atender. “Duerma menos y escriba más”, recomendaba.

Interesado en la historia no escrita de la represión, como en tantas otras, don Julio nos dio clases magistrales del manejo de fuentes informativas en Los patriotas. De Tlatelolco a la guerra sucia, libro que escribió con Carlos Monsiváis (Nuevo Siglo Aguilar, 2004).

Ahí explora minuciosamente documentos ocultos durante décadas en el Archivo General de la Nación, los disecciona cual ranas en laboratorio y los confronta con testimonios de hombres y mujeres que, de viva voz, dieron sentido humano al relato de aquel exterminio, no sólo de los insurrectos Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, sino de todo aquel que por convicción o casualidad estuviera cerca de ellos.

La “guerra de baja intensidad” desplegada por Luis Echeverría y sus generales, el horror de las torturas, la pesadumbre de las desapariciones forzadas en Guerrero –particularmente en Atoyac, con unas 400– y la espera de los seres queridos hasta el final, no fueron ajenas a la pluma de don Julio:

“No hay razón para creer en la vida después de 30 años de obstinado silencio. Aun así, sin los huesos amontonados de la persona amada, la esperanza da cuenta de su propia existencia. No hay misterio como el de la deses­peración, ‘creer contra toda esperanza’.

“La guerra sucia fue sucia por ambas partes. No habría razones para negarlo. Pero hay grados de responsabilidad. No es lo mismo combatir desde el poder que desde las zonas empobrecidas de Guerrero, pobladas de campesinos que sobreviven”. (Los patriotas…, p. 105)

La esperanza de Tita Radilla Martínez, líder de los familiares de víctimas de desapariciones forzadas en Guerrero, plasmada en mi colaboración a la edición especial Heroínas anónimas, coordinada por María Scherer, tocó el corazón del fundador de Proceso. “¡Qué mujer nos ha presentado, doña Leticia, qué mujer!”, se emocionó.

Incansable en más de 40 años de búsqueda de Rosendo Radilla, su padre, Tita consiguió una sentencia contra el Estado mexicano en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Esto conmovió profundamente a don Julio, ya que el semanario que él fundó siempre ha estado presente en la misma batalla para alcanzar la verdad y la justicia.

Por eso su saludo (“¡Atoyac, doña Leticia, Atoyac! Cuénteme de Atoyac”) era una invitación constante a seguir rascando esa herida abierta de México: que duela para hacerse presente, que incomode hasta generar cambios.

Trabajar sobre el poder castrense y sus entretelones me dio otro punto de encuentro con don Julio. En junio de 2011, generoso, me confió su reconocimiento por el reporte especial El Campo Militar No. 1: Hablan los soldados (Proceso 1804).

En un enlace telefónico de las oficinas de Fresas 13 a Ciudad Juárez, donde por entonces trabajaba un reportaje, Scherer se congratuló por aquel resultado de meses de trabajo de periodismo encubierto en la cárcel militar, en los que obtuve testimonios de soldados procesados por delitos contra la salud o abusos contra la población civil indefensa durante la guerra contra el narcotráfico.

Decano del periodismo, como se le llamó; leyenda, como se considera al mejor periodista mexicano del siglo XX, don Julio no acababa de sorprenderme por su sencillez, a veces intimidante. Una vez me buscó para preguntarme cómo logré colarme a la cocina de la temida prisión militar, la “cárcel clandestina más grande” durante la guerra sucia, y cómo había obtenido alguna que otra información del inexpugnable mundo castrense.

Caballero como pocos, la alegría de vivir de don Julio le permitía algunas chanzas: “Doña Leticia, ¿ya tiene traje de baño para nadar juntos en las playas de Acapulco?”, jugueteaba al despedirse, recordando mi pasado como corresponsal de Proceso por 10 años en Guerrero.

En 2003, las aguas aparentemente tranquilas de Acapulco le jugaron una broma al fundador de Proceso, nadador consumado, que tuvo que ser rescatado por un mulato al que apodó “el pirata”.

El episodio apenas perturbó al periodista, dueño de una vida expuesta al límite en diversas ocasiones. Después de esa experiencia, su incansable curiosidad dio para una docena de libros más para fortuna del periodismo mexicano.