“No les creemos y no les vamos a creer hasta que nos aclaren qué pasó con nuestra compañera Regina Martínez”, le soltó Julio Scherer al gobernador de Veracruz, Javier Duarte, para detener su estéril discurso.
Duarte se quedó mudo. La mirada dura del periodista no lo soltaba. El gobernador se erguía y estiraba las mangas de su impecable guayabera blanca, sentado a la cabeza de la larga mesa de trabajo de la casa de gobierno, en Xalapa.
La docena de funcionarios policiales a los cuales Duarte había convocado en un alarde de eficiencia atestiguaron la incomodidad de su jefe, quien calló también cuando escuchó del fundador de Proceso decir que Veracruz, como muchas otras partes del país, estaba en una franca descomposición en la que los extremos son la regla, no las excepciones, y en ese contexto se explicaba el asesinato de nuestra compañera.
“Regina toca nuestro corazón”, les dijo a Duarte y a sus funcionarios. Nunca, en sus entonces 36 años, la revista había sido tan agraviada como la madrugada del sábado 28 de abril de 2012, cuando nuestra compañera fue asesinada en su domicilio de la capital veracruzana. Ya entrada la noche confirmé la noticia con el gobierno del estado. Julio Scherer decidió que viajaría la mañana del domingo a Veracruz.
Voló al puerto jarocho junto con el fotógrafo Germán Canseco y de ahí ambos se trasladaron en helicóptero a Xalapa, donde los esperábamos, en el hangar del gobierno del estado, el director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda; el subdirector, Salvador Corro, y el reportero.
Llegó vestido de traje azul marino, camisa blanca y una delgada corbata oscura, como si quisiera acentuar la gravedad del caso. Durante todo el día mantuvo ese rigor, igual de tenaz como su afán de encontrarse con la familia de Regina. Sólo se quitó el saco cuando en un hotel de la ciudad redactamos el boletín para dar cuenta de la posición del semanario tras aquella reunión.
Revisó el borrador. Buscamos las palabras precisas, la puntuación adecuada para la que sería la inequívoca determinación de la revista de estar encima de la investigación. Habló sobre la importancia de las palabras y sus reglas y rio casi cómplice cuando recordó que Gabriel García Márquez había querido jubilar a la ortografía.
Más tarde me preguntó qué pensaba de la reunión con Duarte. Le dije que su intervención a todos nos había colocado en el centro de la tragedia. Salimos de Xalapa al aeropuerto de Veracruz en el helicóptero del gobernador, un aparato blanco de ocho plazas, con asientos de piel. No había otra manera de llegar a tiempo al vuelo de conexión al Distrito Federal.
Nos despedimos casi a la medianoche en el aeropuerto de la Ciudad de México. No lo volví a ver hasta la noche del martes 1 de mayo, en la reunión a la cual Rodríguez Castañeda nos convocó a reporteros y editores. Don Julio llegó con Vicente Leñero, el vicepresidente del consejo de administración y también fundador de Proceso, fallecido el pasado 3 de diciembre.
Scherer y Leñero nos pidieron calma. Ante las exigencias en la redacción para que el gobierno estatal y el federal esclarecieran el caso, propusieron no hacer alardes por el crimen de nuestra compañera. Ser más rigurosos en nuestro trabajo periodístico es la mejor respuesta que podemos dar a quien está detrás de esa ofensa a Regina, a su familia, a todos sus compañeros en la revista y al periodismo libre y crítico.
El domingo 14 de abril de 2013 la revista publicó un texto titulado “Caso Regina: una sentencia encubridora”. Molestó en Veracruz y se desató una operación contra el reportero. “No entiende que el caso está resuelto” y se ordenó que fueran por él al Distrito Federal. Conocida la versión por una filtración, Proceso hizo público el hecho.
Don Julio me llamó de inmediato. Repasamos lo ocurrido en la oficina del gobernador y le conté que en uno de los viajes a Veracruz para conocer de las indagatorias, el entonces procurador, Amadeo Flores, me preguntó por qué viajaba solo, que era muy peligroso.
No se extrañó y me recordó la parábola del vaso que escribió Leñero con José Antonio Zorrilla, el último titular de la Dirección Federal de Seguridad, la policía ni tan secreta del régimen priista del siglo XX, como protagonista.
Con su parafernalia policial, Zorrilla llegó una noche de noviembre de 1983 a las oficinas de la revista, en Fresas 13, para exigir que no se publicara un reportaje sobre el entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, ahora senador de oposición por el Partido del Trabajo. Comenzaba el gobierno de Miguel de la Madrid. “El poder no cambia, don Jorge. El periodismo incomoda, pero en México cuando se siente amenazado, manotea”, me dijo.
Acordamos reunirnos y nos vimos fuera de la revista, cerca de su casa, en San José Insurgentes. Ninguno dudaba respecto a lo que debía hacerse: periodismo y más periodismo. Me contó que cuando el golpe en Excélsior llegó a pensar en retirarse y dedicarse a escribir. Pero ni su esencia de reportero ni su esposa Susana lo dejaron. “Si los periódicos hicieran su trabajo, Proceso no existiría. Tenemos mucho qué hacer”, me reiteró.








