La destrucción mercadológica del arte

Prácticamente ausente de la bibliografía especializada hasta principios del siglo XXI, la japonesa Yayoi Kusama (1929) sintetiza una de las principales características del actual sistema artístico: la conversión del arte en una mercancía efectista y simplista que sustenta su valor en estrategias mercadológicas de comunicación.

Presente en la escena neoyorquina durante la dinámica década sesentera, Kusama abandonó su vocabulario dibujístico de poéticas espirituales en los cincuenta para explorar las nuevas definiciones –o expansiones– de géneros y temáticas tradicionales propuestas por el sugerente y transnacional Grupo Zero, el artista pop Oldenburg, e inclusive la espléndida feminista Louis Bourgeois.

Creadora desde el año de 1961 de pinturas monocromáticas y de estructura matérica, construidas a partir de acumulaciones y repeticiones de formas semiredondas, Kusama desarrolló una iconografía personal basada en el lunar y la forma fálica. Atrevida en sus happenings callejeros con cuerpos desnudos intervenidos por lunares de diferentes colores, y obsesiva en la saturación del soporte vacío, Kusama utilizó la luz, el movimiento y la forma redonda como medios para transfigurar el espacio en una  experiencia  sensorial vinculada tanto con la idea del infinito, como con la afirmación de la unión del todo en una unidad.

Recluida en Japón desde 1973, Kusama emergió en la escena artística a partir de los noventa definiendo el lunar como su marca creativa. Arraigado en el gusto estadunidense desde finales de los veinte, el lunar logró transitar de la estética popular a la alta costura. Utilizado por Walt Disney para vestir a la pareja del famoso ratón Mickey Mouse denominada Minnie, por luminarias hollywoodenses como Marilyn Monroe e, inclusive, por el prestigiado diseñador de modas Christian Dior, el lunar se convirtió en una afectiva forma que, en el siglo XXI, logró hacer de Yayoi Kusama una de las principales artistas de la posguerra. Incorporada en el 2008 al establo de la empresa-galería Gagosian, Kusama se sumó en 2012 al diseño de moda al intervenir las tiendas y mercancías de Louis Vuitton.

Despojada del contenido de su concepto artístico, Kusama, quien ahora forma parte de la prestigiada galería Zwirner, se ha transmutado en un ridículo y patético personaje al servicio del mercado. Conformado no sólo por vendedores sino también por compradores que pertenecen a los patronatos museísticos, el mercado fortalece su clasismo y elitismo fomentando la inaccesibilidad a una muestra que, después de presentarse en Argentina y Brasil, se exhibe desde septiembre de  2014  en  el  Museo  Tamayo de la Ciudad de México.

Importada –o rentada– del Museo de Arte Latinoamericano (MALBA) de Buenos Aires, Argentina, la exposición titulada Obsesión Infinita ha sido visitada por numerosos mexicanos que, ansiosos de ocupar su tiempo libre con ofertas culturales, e indiferentes a la innecesaria incomodidad que ocasiona el museo para acceder a sus instalaciones, ignoran las piezas que no constituyen un espectáculo visual. Conformes con tardar más de una hora para estar 20 segundos en una ambientación mediocre de esculturas blandas con puntos rojos, los visitantes evidencian el fracaso educativo de la difusión gubernamental de las artes visuales.