Con mirada retrospectiva, el historiador Carlos Aguirre Rojas, académico del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, explica las razones por las cuales la publicación de Los hijos de Sánchez, de Óscar Lewis, en 1964, causó escándalo en la conservadora sociedad mexicana de la época y encono en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
Fue un escándalo en la vida editorial y cultural de México porque rompía con varios mitos sobre los esfuerzos que se hacían luego de la segunda Guerra Mundial, por modernizar al país, “en el periodo que se llamó el ‘desarrollo estabilizador’ o ‘el milagro mexicano’”.
Lewis, dice el investigador, era de origen judío, con una visión crítica de izquierda, y a ello atribuye que el libro rompa con varios mitos:
“El primero es la idea dominante de que urbanización equivalía a progreso, avance, mayor riqueza, desarrollo, pero cuando el libro estudia a una familia de Tepito, de pobres mexicanos, demuestra que hay pobres urbanos, tan pobres como en el campo. Entonces la urbanización no garantiza, para nada, ni el avance económico ni el desarrollo social ni el progreso en general de un país. Esto era un escándalo porque México comenzaba a jactarse de que se volvía moderno en la medida en que incrementaba su tasa de urbanización.”
El segundo mito despedazado es la idea de que más educación se traduce en más sabiduría y más cultura, cuando el libro demuestra que tanto los hijos como el propio padre, Jesús Sánchez, son gente culta sin haber –salvo uno de ellos– concluido la escuela primaria. Son agudos en sus percepciones, inteligentes, “y tienen puntos de vista muy críticos sobre la realidad mexicana, sobre los políticos y las instituciones”.
Lewis acuña el concepto de “cultura de la pobreza” y la reivindica, señalando que es distinta de la cultura de las clases dominantes, “tiene sus códigos específicos, su lógica, y es tan válida y legitima como la de los ricos y la de las clases medias”:
Uno de los factores de mayor escándalo, agrega el historiador, es que el libro rompe el mito de que en la vida urbana se tenía una sexualidad más regulada e institucionalizada. Pero los Sánchez se adelantan a la liberalización de las costumbres resultado del movimiento de 1968, pues practican una sexualidad libre, donde no importa estar o no casados, y además son honestos y francos al hablar del tema. Eso “era un ataque doble, directo a las clases medias como a los ricos”, aunque irónicamente después del 68 esas costumbres son adoptadas por las clases medias.
Y un cuarto mito, a decir de Aguirre Rojas, es que la vida moderna urbana implica un respeto, mayor afianzamiento y confianza de los sectores populares a las instituciones, cuando los Sánchez desconfían de ellas, se burlan, hablan mal de los políticos mexicanos, de los partidos, la policía, el mal gobierno, la Iglesia, la escuela, las instituciones de salud.
“Romper estos cuatro mitos del desarrollo estabilizador y del milagro mexicano era insoportable para el gobierno, para las instituciones, para la clase media. El libro es explícito y desde el prólogo hace varias críticas muy frontales a este proyecto de modernización y al propio gobierno mexicano.”
Una de esas críticas, precisa el especialista, es la influencia creciente de Estados Unidos, que pone en cuestionamiento el proyecto nacionalista que “llega a su clímax con Lázaro Cárdenas y se pierde a partir de Miguel Alemán… Se dice claramente que México está perdiendo soberanía, eso es un ataque muy directo al gobierno”.
Otro ejemplo es una crítica a la Revolución Mexicana y al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que no han logrado abatir la pobreza; por el contrario, ha crecido la desigualdad.
“Con eso se pone en cuestión el trabajo de décadas del PRI y al gobierno mexicano de esa época. Hay que recordar que Díaz Ordaz fue el presidente más fascista y más represivo de todo el siglo XX, comparable sólo con Victoriano Huerta, y con Felipe Calderón ya en el XXI.”
Añade al final el gobierno de Enrique Peña Nieto, para señalar que “son los peores presidentes” de los últimos tiempos.
Así se explica, agrega, la respuesta furibunda de Díaz Ordaz, porque además se deja ver que pobreza no es sinónimo de vicio y prostitución, aunque puedan darse en esas circunstancias, pero se destaca que generalmente los pobres pagan los costos de la urbanización. Y se advierte que tienen límites y en la medida en que no se sienten retribuidos pueden llegar a cansarse, ocasionando conflictos sociales.
En su opinión, la destitución de Arnaldo Orfila del Fondo de Cultura Económica ocasionó que esa casa editorial perdiera el brillo que había logrado, incluso con proyección latinoamericana, y lo que sigue es una institución “mucho más domesticada”.
Considera que muchas de las tesis de la “antropología de la pobreza” son reivindicadas luego del 68, cuando en las propias universidades se enfatiza que la cultura no es sólo la que producen las élites, sino que hay culturas populares riquísimas. Y ese planteamiento da un giro mayor en los años ochenta y luego con el impacto del movimiento neozapatista.
Del otro lado se lee, agrega, que la política del gobierno y del PRI en el poder sigue siendo la misma: entreguista, con la doble moral de las clases en el poder, lo cual tiene como resultado el crecimiento de inmensas zonas de pobreza urbana en la periferia.
Ello da una gran vigencia a Los hijos de Sánchez, y habría que releer al libro a la luz de estas circunstancias.








