Hay condiciones: es la hora de la refundación nacional

La única manera de superar la cultura delictiva del PRI –“maestro de la corrupción”– es aprovechar este momento de inflexión por el que atraviesa el país y refundar la nación, comenta a Proceso el escritor Javier Sicilia. Y recapitula los puntos que ha esgrimido en las páginas de este semanario las últimas semanas en su debate contra quienes critican su propuesta de boicotear las elecciones. Lo primero es impulsar un nuevo Constituyente y luego crear un Comité de Salvación Nacional donde la voz cantante la lleve la ciudadanía, no la partidocracia, sostiene el entrevistado.

Javier Sicilia retoma la expresión de Ayotzinapa: es un momento de inflexión. Él también lo cree y, con el arranque de la elección intermedia para renovar la Cámara de Diputados y numerosas elecciones locales en 17 entidades, llama a la abstención, pues considera que la vía electoral caducó y, por lo tanto, debe reconstruirse al país sin la clase política ni los partidos.

“Suena difícil, utópico, pero las condiciones están ahí. Es, como lo han dicho en Ayotzinapa, un momento de inflexión. Si no lo aprovechamos y no sabemos ir más allá de la protesta a la propuesta de una refundación nacional, lo que se nos va a venir es un ahondamiento más grave y terrible del infierno que ya estamos viviendo”, sostiene.

Considera una opción para salvar el sistema tradicional: que entre otras acciones, el gobierno de México presente a los normalistas desaparecidos y castigue a quienes posibilitaron el crimen y no sólo a los autores materiales; revertir las reformas estructurales hasta que el país esté en paz y haya consenso; reconocer la existencia de las redes de corrupción y que se sancione a los implicados.

Como la clase gobernante no lo hará, sostiene Sicilia, además del boicot electoral debe mantenerse la construcción de un nuevo Constituyente –como proponen el obispo Raúl Vera y los zapatistas, respectivamente–, para luego articular un Comité de Salvación Nacional que se convierta en gobierno en 2018.

El pasado 18 de noviembre, el presidente Enrique Peña Nieto hizo una advertencia. Inmerso el país en movilizaciones por lo ocurrido en Iguala, Guerrero, en septiembre pasado, así como el escándalo de la Casa Blanca de su esposa, construida y financiada por un contratista gubernamental, Peña Nieto dijo que no se iba a detener ante quienes parece que quieren desestabilizar al país, generar desorden social y atentar contra su proyecto de nación.

En entrevista con Proceso, luego de hacer el planteamiento de refundación nacional, se le recuerda a Sicilia el discurso presidencial. Y él responde:

“Es una expresión de su ceguera e incapacidad política para mirar la realidad. Quienes han desestabilizado al país son ellos: la clase política. Más de 100 mil muertos, 30 mil desaparecidos, Ayotzinapa y Tlatlaya, cerca de 500 mil desplazados. Esa es la desestabilización del país.

“Lo otro, las propuestas de las que estamos hablado, son un intento por estabilizarlo frente a la inoperancia de ellos y el camino que eligieron de seguir destrozando a la nación: el proyecto de nación de Peña Nieto –tan parecido al de Felipe Calderón, a quien no le cuajó– es absolutamente desestabilizador de la vida civil, social y política del país.”

En su edición 1991, Proceso publicó una entrevista con el obispo Raúl Vera, quien anunció a principios de diciembre un proyecto para convocar a los ciudadanos a crear una nueva Constitución. Sicilia recuerda que el obispo consideró que los partidos exhibieron su deterioro en 2014 y que la clase política es corrupta de origen.

“El gran problema – insiste– es el largo deterioro de una cultura que se indujo en el país durante casi 70 años, que es el PRI: gobierno y partidos delictivos que crearon una cultura delictiva. El PRI no es un partido, es una cultura política que fue erosionando la vida de la nación y contaminó a todos los partidos.

“Lo vimos en la llamada transición democrática, lo que vemos ahora, con el PRD y lo ocurrido a los estudiantes de Ayotzinapa, es la consecuencia de muchos años de esa cultura delictiva de todo el gobierno… El PRI fue maestro de esta corrupción.”

Urnas sangrientas

Por el asesinato de su hijo Juan Francisco, en marzo de 2011, Javier Sicilia convocó a miles de víctimas de la “guerra” de Felipe Calderón, que integraron el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). A casi cuatro años, su visión es que en el crimen organizado no son tan relevantes los cárteles y los capos como la mezcla absoluta de partidos, gobiernos y clase empresarial.

Para Sicilia, que la política de seguridad se centre en matar o encarcelar a los capos multiplica el verdadero crimen organizado que se compone de complejas redes interactuantes con la política, la economía y los gobiernos; es decir, con servidores públicos, líderes políticos, empresarios, banqueros, prestanombres, expertos en operaciones cambiarias.

“Evidentemente, el modelo de Estado está agotado, podrido, corrompido. Hay que refundar al país”, subraya.

Las elecciones están manchadas de sangre y dolor en las urnas, e ir a votar es legitimar lo que ya se ha legitimado en los últimos ocho años, con los gobiernos de Felipe Calderón y Peña Nieto. “Ir a las urnas es legitimar y solidarizarse con los crímenes que vengan”, reitera.

Inmerso en un debate epistolar con el dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional, Martí Batres, en las páginas de este semanario durante las últimas semanas, precisamente por convocar al boicot electoral, Sicilia insiste en que no hay opción en la vía partidaria, pues ésta ha legitimado el crimen.

Ejemplifica con José Luis Abarca Velázquez, “personaje siniestro” y visible, que a diferencia de quienes en la sombra posibilitaron lo ocurrido con los normalistas de Ayotzinapa, llegó a la alcaldía de Iguala legitimado por las elecciones.

El abstencionismo –explica– no va contra la democracia; “el abstencionismo es un acto democrático cuando las vías naturales de la democracia se han corrompido”.

No obstante, el entrevistado considera que el boicot debe ir acompañado de demandas a los gobiernos y a los partidos. Si éstos quieren salvar la vía democrática que se conoce tradicionalmente, y aunque sea previsible que no las van a cumplir, deben expresarse.

Se trata de detener las reformas estructurales –dice–; que el país esté en paz y cuente con un verdadero respaldo democrático: la presentación, como quieren los padres de Ayotzinapa, de los 42 normalistas desaparecidos y no sólo el castigo a los actores directos del crimen, sino a los que en las sombras lo hicieron posible, pues no se trata de un hecho aislado.

Además, debe liberar a todos los presos políticos; que hagan un reconocimiento de las redes delictivas entre instituciones políticas y privadas, y crear una jurisprudencia que posibilite una investigación y sancione a quienes realmente están metidos en las redes de complicidad.

Luego, convocar un Congreso Constituyente como el que propone el obispo Vera; que le devuelvan a la ciudadanía las instituciones, entre estas, el Instituto Nacional Electoral, el Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos –“ninguna cosa más inútil y más a favor del crimen organizado que la CNDH”, sobre todo durante la gestión de Raúl Plascencia– y dejen de ser manejadas por las partidocracias.

–¿Por qué demandar detener las reformas estructurales? –se le pregunta.

–Hay un profundo vínculo entre la lógica del capitalismo, neoliberalismo y los grandes capitales con el crimen organizado, porque éste es parte del capitalismo.

“Las reformas estructurales van hacia allá, implican despojo de tierras, destrucción de vida comunitaria, territorios, vidas y economías comunes, donde se destruye el tejido social y emergen otros empresarios, que son los del crimen organizado.”

Por eso, explica, hablaba de que el Estado, la clase política y la empresarial tienen redes profundas de complicidad, lazos concomitantes. El crimen lleva al banco su dinero procedente de la trata, la extorsión y sus actividades. Luego el gobierno persigue a los capos, con lo que aumenta el negocio de armas que se venden de manera legal e ilegal. Se trata de los negocios de la violencia y la destrucción.

“Las reformas estructurales, que van hacia allá, benefician a los grandes capos, van a seguir con el estado de infierno que vivimos. No es lo que necesita la nación; ya vimos el gran fracaso de este modelo”, dice.

Además de esas demandas, tiene que haber otras muy concretas para la democracia, la reconstrucción de la paz y la justicia. De no cumplirse la lista de demandas, el periodo de 2015 a 2018 servirá para construir un Comité de Salvación Nacional, considera Sicilia.

Definido desde siempre como anarquista-cristiano, Sicilia acepta la cuestión sobre el boicot respecto a su orientación ideológica. La respuesta es que el Evangelio es un anarquismo no en el sentido moderno del vocablo, pero sí en cuanto a que la única autoridad es la que emana del individuo. Y añade: “En ese sentido es mi apoyo a las formas de autonomía, pues son formas del anarquismo. Es decir, no necesitamos un poder, un Estado tal como se concibió –con un gobierno basado en la coerción–, sino en la ética colectiva”.

La pedagogía criminal

Javier Sicilia es escritor y en la lengua encuentra el símil. La Constitución es al país lo que la gramática a la lengua. La gramática no determina cómo se habla; la Constitución no dice cómo está constituido el país. Si fuera así, dice, seguiría utilizándose la Gramática de Nebrija, un tratado escrito en 1492.

“De igual manera, la Constitución de 1917 ya no representa a la nación; está parchada, violentada, traicionada, como dice don Raúl Vera… Y las formas en que la nación se ha constituido son muy distintas a las del 17, como la emergencia de los pueblos indígenas y las autonomías, cosas que habían sido negadas por la idea del Estado nación que se trajo de Europa.

“Esas formas de organización están emergiendo y diciendo: nuestro país es distinto y necesitamos un pacto social de otra naturaleza, porque el que está no funciona.”

Y es que, a su juicio, el Estado, en lugar de brindar seguridad, da inseguridad; no genera la paz, sino la violencia; en lugar de dar justicia, da impunidad. No funciona.

A pregunta expresa sobre los 10 puntos propuestos por el presidente Peña Nieto ante la crisis por Ayotzinapa, advierte: “Es la prueba irrefutable de que en verdad no están interesados en la nación. Mucho de ese decálogo son cosas que estaban comprometidas no sólo en este sexenio, sino desde el de Calderón. Peña Nieto lo dijo, no se ha hecho nada. Ejemplo de ello es la implementación de la Ley de Víctimas a dos años de promulgada.

“Es un decálogo cosmético que no toca el fondo del problema y habla del desprecio que tiene por la realidad del país, por la emergencia nacional y por la tragedia humanitaria. De todas maneras no va a servir, aunque se aplique, porque la realidad es mucho más profunda, son redes intrincadas de los espacios político y empresarial.”

–¿Cuál sería la forma idónea para replantear el país?

–No lo sé. Hay que plantearse los horizontes, los escenarios, por más utópicos que parezcan. Lo nuevo siempre está emergiendo de abajo, sobre todo en una crisis tan profunda como la que vive actualmente el país.

La cuestión, admite, es difícil, pero cree que debe apuntar a la formación de un Comité Ciudadano de Salvación Nacional, con muchas organizaciones y junto con los votos de la abstención de 2015, a un gobierno que se articule para 2018 con un nuevo Constituyente.

“Darle una vuelta profunda y pacífica a la nación porque, de otra manera, lo que se está labrando es un proceso revolucionario mucho más violento de lo que se está viviendo. El tema es si seremos capaces, si podremos alcanzar un consenso sobre cinco o seis propuestas muy concretas para hacer ese programa de un comité que se vuelva Comité de Salvación Nacional que haga un nuevo Constituyente, y salvar juntos la democracia”, sintetiza el entrevistado.

–Suena utópico –se le comenta.

–Sí, puede ser utópico. Pero veamos lo que pasa con las policías comunitarias, con los pueblos indios que tienen un sistema de gobierno distinto, basado justamente en un tejido social profundo, y son más efectivos que los aparatos de poder contaminados por el crimen organizado.

Luego, ejemplifica con la comunidad de Cherán, en Michoacán. Sumergida durante años a los horrores del crimen y la violencia, en 2011 sus habitantes consiguieron su autonomía y la erradicación de los partidos. Sicilia asegura que ahora esa comunidad está en paz, construyó su autodefensa y activó su tejido social a través de la autonomía. Con usos y costumbres, en Cherán evitaron la corrupción, las formas de violencia perversa y los crímenes bajaron.

“Entonces podemos imaginar otra forma del pacto, otra forma de articulación y –si se quiere, para no perder esta palabra que si se evita se espanta la gente–, otra forma de Estado, digamos de autonomías confederadas”, dice Sicilia.

Esa refundación del país, reitera, la está expresando el obispo Vera López y es la voz de mucha gente. También lo han expuesto los zapatistas. Se trata de algo que está en la nación, cuyos actores deben reunirse y consensuar, que se expresa cada vez más frente a lo que denomina la tragedia, la emergencia nacional, la crisis humanitaria, en tanto los partidos son incapaces de discutir y están muy alejados de las necesidades ciudadanas.

Para Sicilia la política (que no el partidismo) es una pedagogía, y no actuar es dejar de apostarle a la formación pedagógica que pueda sacar al país de este problema; es no apostarle a las ideas verdaderamente sanas.

“Si no se logra, pues bueno, no se logró, pero cuando menos se sienta un precedente. Yo creo que la ciudadanía no es la misma después del levantamiento zapatista, del MPJD que retoma del zapatismo, del #YoSoy132 que retoma de ambos, y ahora, del movimiento que se está madurando.

“Las democracias son una construcción lenta e implican una pedagogía que debe poner un coto a casi 100 años de la pedagogía criminal, anticiudadana, que ha hecho del gobierno y de la vida civil una forma de crimen”, concluye.