Herencia cultural

A lo largo de 20 años, hasta 1996, la sección cultural de Proceso estuvo adscrita a la subdirección encabezada por Vicente Leñero. Vicente la animó, le dio rumbo, la fortaleció con su creatividad y rigor sin límites. Este texto (fragmento del prólogo a su Periodismo de emergencia, Conaculta, Colección Periodismo Cultural, 2014) intenta transmitir ese espíritu inagotable. Concentrar en unas cuantas líneas la dimensión de su herencia.

El 6 de noviembre de ese 76 apareció Proceso. Un par de semanas antes, en mi encuentro inicial con Vicente Leñero, me dijo sin preámbulos: “¿Qué se te ocurre para el primer número?”. Le referí que Rodolfo Rojas Zea (quien había formado parte del “Olimpo de México”, la sección diaria del Excélsior de Julio Scherer) me había dicho que en el medio se valoraba la exposición pictórica del arquitecto Teodoro González de León como la más sorprendente del año. Miguel Ángel Granados Chapa a su vez me contó que la UNAM estaba construyendo (“nadie lo sabe”) una sala de conciertos, la mayor de América Latina, que se llamaría Nezahualcóyotl. Y la Revista de la Universidad editaría un número especial por sus 30 años. Leñero me peguntó: “¿Y eso de que Echeverría quiso suprimir el Instituto Nacional de Bellas Artes?”. Con esos temas reporteados, más la entrevista de Elías Chávez con el poeta Jaime Sabines sobre su papel de diputado priista, se publicaron las primeras breves notas de la sección cultural. Hubo además, nada menos, colaboraciones de los ex de Excélsior: José Emilio Pacheco, que inauguró su Inventario sobre el apenas designado Nobel de Literatura Samuel Bellow, Emilio García Riera (cine), Raquel Tibol (arte), José Antonio Alcaraz (música), Esther Seligson (teatro), Ignacio Solares y Juan Tovar (libros), Francisco Carmona Nenclares (filosofía) y Gaspar Elizondo (religión).

Durante 20 años esa fue la relación con Leñero en Proceso. No hay espacio para describirla. Importa, sobre todo, resaltar que la lección inicial fue definitiva: la sección cultural no sería una mafia ni respondería a intereses de grupo. Cuando más adelante Leñero me pidió la entrevista con el narrador Luis Spota, me dijo: “Pregúntale qué opina del desprecio de la mafia por su obra”, pues no obstante su novela Casi el paraíso era considerado de segunda por escritores como Carlos Fuentes, Salvador Elizondo y Juan García Ponce. Al regresar le conté: “Dice Spota que nosotros también somos mafia porque nunca hemos reseñado ni uno solo de sus libros”. Sonrió: “Hay que ponerlo, ¿no?”. Veo esas dos décadas en que Leñero formó un equilibrio perfecto con Julio Scherer como si fueran hoy (en 1996 acordaron entregar la estafeta a la siguiente generación), porque su espíritu anima todavía el quehacer cotidiano en la sección: con él todo es directo, sin complicaciones; está atento a la actualidad, es respetuoso de nuestras opiniones contrarias y siempre echa por delante el carácter informativo sobre la ideología (¿cómo contradecirlo si lo hace incluso con su catolicismo?).

Cuando Leñero disiente de algo, niega primero con una mueca en el rostro e inmediatamente da un argumento convincente.

Rememoro: en juntas realizadas cada lunes en la sección, se analizan todas las propuestas y se pasan a escoger las viables, se designa al reportero indicado y se prepara bien un cuestionario o el enfoque.

Cuando salimos los jueves a cenar en el Vips más cercano inventa lo que llamamos “El mollete literario”, especie de tertulia a la que acude el que quiere, de dentro y de fuera, para hablar de múltiples temas posibles de la vida cultural. De pronto aparecen escritores y artistas cercanos, se invita a algún entrevistado. Había allí, también, otros potenciales asuntos.

Y los viernes por la noche, en los momentos climáticos de cada semana, el cuarto de dominó contiguo a su oficina de Fresas 13 arde mientras los reportajes se cuecen a fuego alto y cobran vida en la cocina de Proceso, el departamento de Diseño. La pasión periodística se enciende en Vicente Leñero con el calor del juego (lo mismo le pasa con el ajedrez). No se le pue­de distraer. Cuando alguien tiene que consultarlo, replica en su tono de humor frío: “Que no sea para asuntos de trabajo”.

Ya en la hora del cierre (que se alarga toda la madrugada), en algún momento, entre bromas y veras, su asistente Federico González, El Chino, pide silencio entre los restiradores donde se arma con lentitud artesanal (no se ha instaurado aún la computación) el rompecabezas de las páginas de la revista, y de una cajita saca un pequeño objeto que otorga, designado por Leñero, al autor de lo más relevante de algo en el proceso (foto, texto, corrección de estilo, pie de grabado, diseño de página, cabeza, etcétera):

“Es un honor entregarte el clip de oro para el mejor encuadre foto­gráfico…”

Un clip (con un bañito dorado, pues), como las estrellitas del kínder.

Leñero nos hace jugar a todos como sólo juegan los niños, absolutamente en serio. Para él todo lo vivible es escribible (novela, cuento, teatro, crónica, reportaje); lo más aparentemente nimio es fascinante como el juego, principio primero de la ficción en el ser humano. En alguna junta de fin de año, alguien comenta que a la escasez de asuntos se suma el que una especie de epidemia mantiene asolada a la Ciudad de México (un extraño cambio climático que se irá acentuando año con año), pues un sinnúmero de personajes del medio cultural se muestra indispuesto a cualquier comentario o entrevista debido a la gripe. Con cierta reticencia al principio, pero luego con entusiasmo, emprendemos la encuesta propuesta por Leñero y nos repartimos el trabajo. En total, 100 testimonios. El trabajo se titula La gripa de los intelectuales.

Leñero incluso transforma el clóset de la casa de Fresas frente a su escritorio en una vitrina donde inventa un Museo del Horror. En él se van acumulando materiales conseguidos por los reporteros en su trajín cotidiano: un trozo de celuloide rescatado de la Cineteca incendiada; el memorándum donde el jefe de la policía, Arturo Durazo, exige a sus subalternos, en “centenarios” (ésos sí de oro), el equivalente de las multas extraídas a los ciudadanos; papeletas de votación quemadas por el gobierno en las elecciones; una varilla de mala calidad retorcida por el terremoto del 85; un frasco con cenizas de la erupción del Chichonal en Chiapas…

Una mañana de esos viernes, tras su regreso de la Selva Lacandona, Leñero se encierra a lo largo de todo el día en la sala de juntas con su Brother (nunca ha usado computadora) para escribir su encuentro con el subcomandante Marcos. Lo veo tecleando a contrarreloj para que su inolvidable crónica y entrevista (“Soy un mito genial”) alcancen la edición.

Lo veo también imaginando aquella inaudita portada sin palabras, en la cual aparece uno de los ojos de Marcos detrás de su pasamontañas en la foto de Juan Miranda. Quizá en sus correrías de estudiante en Madrid (adonde vuelve cada vez que puede), se había topado con la imagen, hoy célebre, de los enamorados besándose en esa taberna, por el barrio de Malasaña de Valle Inclán (el Madrid que tanto ama), porque durante el estreno en octubre de 1992 de La noche de Hernán Cortés en un teatro de Lavapiés un Leñero achispado por varios “finos” recitó aquel poema de Antonio Machado:

El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas,

es ojo porque te ve.

Si la fórmula clásica dicta que lo único que no puede permitirse un reportero es aburrir al lector, la lección de Leñero agrega a la inversa: hay que sorprenderlo. Ese elemento, que en sus obras literarias (novelas, cuentos, guiones de cine y obras de teatro) toma el papel de misterio, también está presente en sus crónicas, sus entrevistas y sus reportajes. Con todos los recursos posibles del periodismo, con todas las herramientas del lenguaje (él, que dice carecer de imaginación para construir historias), consigue lo que ningún otro narrador mexicano contemporáneo.

Sin demérito para ninguno de los destacados prosistas que han combinado periodismo y literatura, Leñero hace la amalgama suprema: tiene con el lenguaje de la realidad un pacto secreto.

Se veía venir: Vicente Leñero dijo para sí mismo a los 33 años, en su autobiografía tempranera, mientras intentaba convertirse en escritor de tiempo completo:

Deben ser las cinco o las cinco y media. Hoy también es sábado. Estoy frente a la máquina de escribir, los codos apoyados en la mesa y el cigarrillo en la boca, sujeto aún entre los dedos, aspirando el humo, cerrando y abriendo los ojos en el momento de colocar el cigarrillo sobre el saliente del cenicero para continuar tecleando. Escribo: estoy tratando de escribir.