REPORTE ESPECIAL

Hacia afuera, el dolor desgarra. En lo íntimo, el dolor es retrospección, reflexión, evocación creativa. Hoy Proceso vive el dolor de la pérdida que no tiene vuelta. Con la muerte de Vicente Leñero perdemos en Proceso –como la parte del país con la que pueden compartirse la cotidianidad y la historia– al hombre que deja huella honda en el periodismo y en las múltiples expresiones de la creación artística. Pero aquí tenemos una pérdida adicional. Partió uno de los fundadores y un pilar de lo que ha sido y es Proceso: un sueño, un proyecto, una realidad, una historia y el futuro en permanente desafío.

Leñero está en la esencia de lo que nosotros, los que aquí trabajamos y los que en esto creemos, hemos llamado el espíritu de Proceso. Como subdirector de la revista durante 20 años, lado a lado, piel a piel con Julio Scherer García, contribuyó a inspirarnos en la búsqueda de la verdad, de la integridad profesional, la independencia ante el poder, la honestidad, la crítica implacable, la denuncia sin concesiones, en el periodismo que, como él lo describía, “es trabajo sinfónico de equipo, es la búsqueda necia, emprendida entre todos los que forman un grupo, por desatar los nudos del mundo en que vivimos”.

Llegamos a entender, en su compañía, que en el periodismo “no hay descanso ni gloria permanente. Hay exigencia de humildad, de aceptar con modestia la pequeñez humana ante lo inmenso que nos resulta siempre el monstruo inabarcable de la maldita realidad”.

Leñero hace mutis, como dijo Luis de Tavira en la oración fúnebre, en días aciagos para un país herido que quiere despertar pero aún no se decide; para un pueblo esperanzado que avista el horizonte que se aleja.

Experimentamos un dolor íntimo, con una certeza: como el grito que se escuchó en el Palacio de Bellas Artes durante el homenaje a Vicente Leñero, Proceso sigue.