Xavier Dolan, canadiense, actor desde los cuatro años, empezó a hacer cine a los 19; a los 25 ya cuenta con cinco películas en su haber. Cuando comenzó la primera, asegura, no sabía ni dónde colocar la cámara. Tampoco alcanzó ningún grado académico, sólo depende de su intuición y capacidad de ver.
Además de dirigir, diseña el vestuario, produce y edita; no se detiene ante ningún riesgo para experimentar con su lenguaje visual; su estilo, mezcla de cultura popular, clasicismo y publicidad, evoluciona a brincos. Lo más importante: su meta no es hacer cine de arte, sino contar historias para el gran público.
Mommy (Canadá, 2014) muestra que Dolan no sólo ya aprendió a hacer cine, sino que es capaz de crear su propio verbo; imagen, ritmo y composición se hacen inseparables del drama de un trío improbable. Una madre que decide hacerse cargo de su hijo, adolescente hiperactivo con síndrome de atención, expulsado de una institución para adolescentes con problemas; de regreso a casa, madre e hijo se relacionan con una vecina tartamuda, Kyla (Suzanne Clément). Esta madre, Die (Anne Dorval), ella misma eterna adolescente, apenas cuenta con su vehemencia y arrojo para sobrellevar al muchacho, Steve (Antoin-Olivier Pilon), que se comunica nada más a través de la violencia.
Aligerada ya de la carga narcisista que pesaba en Maté a mi madre (2009), con su catálogo de influencias de directores, pintores y músicos favoritos, Mommy trasciende la relación amor y odio, típica del sobado esquema del Edipo, para encontrar las fibras amorosas entre la madeja de emociones, como aguja en un pajar. Sorprende que un cineasta contestatario (Tom en el granero), embelesado con la idea de amores imposibles, construya un sistema de vasos comunicantes por donde circulan la afinidad y la armonía bajo la apariencia de caos. Steve parece no querer una sola madre, sino dos, y vivir eternamente dentro del círculo que forman.
El juego de formatos que utiliza Dolan en este trabajo ha hecho ruido por su audacia y sencillez; el cuadrado, la figura más convencional para el retrato, expone al personaje frente a frente con el espectador; sólo en dos momentos clave se transita al rectángulo, en uno de ellos cabe incluso la fantasía del sueño americano. Geometría saturada de color y de baladas populares (Celine Dion), Mommy transita de la rabia al llanto o a la risa; todo sin perder el respeto de su público.
A Xavier Dolan hay que creerle cuando afirma que una de sus cintas fetiche es Titanic; difícil negar la eficacia de James Cameron para ilustrar emociones y fabricar íconos que permanecen en la memoria. Preferir Peter Jackson (Señor de los anillos) a Godard, cineasta que no le inspira otra cosa más que un venerable respeto, no es una puntada de adolescente, sino prueba de la capacidad de un cine joven para renovarse a partir de un entorno vivo, no sólo de archivos o museos. Ya llegará su etapa de arqueólogo del conocimiento, por lo pronto hay que disfrutar su entusiasmo para contar historias bien narradas, buena falta le hace esto al cine.








