El jueves 20, Guadalajara se unió al reclamo mundial de justicia para los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos. La convocatoria a la Jornada Global por Ayotzinapa, difundida por las redes sociales y por las organizaciones de la sociedad civil, consiguió llevar a las calles las voces de miles de jaliscienses. Gritaron contra las autoridades asociadas con el crimen organizado, contra la represión, y específicamente contra el presidente Peña Nieto.
La noche del jueves 20, la protesta social por la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa movilizó a 15 mil personas de todas las condiciones sociales, en una marcha que recorrió la principal arteria del centro de Guadalajara.
La manifestación, una de las más numerosas que se recuerde aquí, fue convocada en las redes sociales para unirse a las decenas que en ciudades de todo el país y algunas del extranjero cubrieron con un manto luctuoso la otrora triunfalista celebración de la Revolución Mexicana.
La caminata concluyó con un mitin sin tintes partidistas. Organizaciones como Morena y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) tuvieron que marchar antes y por su cuenta porque la gente no les permitió encabezar la protesta.
Así que fueron miles de ciudadanos solidarios con los desaparecidos y sus familias quienes llenaron las avenidas Vallarta-Juárez y 16 de Septiembre -Alcalde, y recorrieron las 25 cuadras que separan el Parque Revolución del Palacio Federal unidos por consignas como “Fuera Peña” y pancartas más directas: “Estado asesino”, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” y “Gaviota, crees que el pueblo es idiota”. Como en el resto del país, contaron cuan alto podían: “…40, 41, 42, 43, ¡Justicia!”. Al frente de la multitud, tres ataúdes.
Manipuladores, frustrados
La marcha del jueves 20 fue el acto culminante de una semana de reflexión que comenzó el martes 18, cuando la caravana Julio César Mondragón –integrada por familiares de los estudiantes desaparecidos y llamada así en memoria del normalista asesinado y desollado el 26 de septiembre en Iguala, Guerrero– llegó al auditorio Salvador Allende del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara.
Esa tarde abarrotaron el lugar cientos de estudiantes, profesores y organizaciones civiles que se unieron al reclamo de justicia. El rector de ese campus, Héctor Raúl Solís Gadea, se dijo solidario con ellos, pero al final fue abucheado cuando el Comité de Padres de los estudiantes desaparecidos solicitó autobuses para continuar su viaje a la Ciudad de México y el funcionario respondió que necesitaba hacer una llamada antes.
Solís Gadea, incondicional del hombre fuerte de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla López, le dijo al representante del comité, Felipe Flores de la Cruz, que después le informaba, a lo que el guerrerense respondió: “No, tiene que decirnos a todos”. Y volviendo la cara hacia el resto de los presentes, les dijo: “Miren, esto es un ejemplo de lo que es un político”.
El rechazo estudiantil a las autoridades universitarias y sus estructuras de poder nunca había sido tan visible. Hasta entonces sus posicionamientos frente a la tragedia de Ayotzinapa han sido tardíos y cuidadosos de no contrariar las formas institucionales.
La primera marcha que se realizó en Guadalajara por la desaparición de los estudiantes, el 9 de octubre pasado, reunió a unas 5 mil personas. Ahí participó discretamente el líder de la FEU, José Alberto Galarza Villaseñor, apodado Rojo por el color de su cabello. Rodeado de un pequeño grupo y usando playera negra y gafas oscuras, no pudo evitar que algunos reporteros lo reconocieran y le pidieran entrevistas.
Los de la FEU no llegaron a la Plaza Liberación, destino de la marcha, pero por si pensaban hacerlo, alguien del contingente que encabezó la columna tomó el micrófono para exigir que la gente del Rojo se retirara.
Apenas el lunes 10, cuando el sacerdote y defensor de derechos humanos Alejandro Solalinde dictó la conferencia “Ayotzinapa, verdad y justicia” en el Paraninfo Enrique Díaz de León, una estudiante de letras hispánicas cuestionó que la FEU –sucesora de la Federación de Estudiantes de Guadalajara, FEG– se arrogara el derecho de organizar foros e invitar a personalidades a ese espacio universitario.
Originalmente los estudiantes de psicología invitaron a Solalinde a hablar del tema en uno de sus auditorios, pero el clérigo no entró en esa escuela. Una persona de la comitiva de Solalinde dijo a Proceso Jalisco que el rector de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, ordenó que una camioneta llevara al sacerdote hasta el Paraninfo.
La mañana del jueves 20, la FEU organizó una concentración en el andador de la calle Escorza, a un lado del Paraninfo, para convocar a un paro de clases.
Y al finalizar la marcha, en las escalinatas del Palacio Federal un integrante de la Asamblea Estudiantil de la UdeG exclamó que la FEU “no permite que los estudiantes se expresen de manera libre”. De inmediato se escucharon rechiflas y mentadas de madre contra Raúl Padilla, el exrector que maneja la UdeG, incluida la FEU.
Contra la violencia oficial
La manifestación de la jornada global por Ayotzinapa salió alrededor de las 18:00 horas del Parque Revolución, en el cruce de Federalismo con Avenida Juárez. La policía de vialidad reportó una asistencia de 3 mil personas, pero los organizadores la estimaron entre 10 mil y 15 mil. Algunos periódicos locales calcularon una concurrencia de 5 mil y minimizaron la información en sus páginas interiores.
Pero ni eso ni las advertencias de las autoridades de que la marcha podía derivar en acciones violentas, pudo inhibir a las personas de todas las edades que con pancartas, mantas, cartulinas y megáfonos expresaron su repudio a las autoridades de Guerrero, las de Jalisco y las federales, sobre todo al presidente Enrique Peña Nieto.
Muchos manifestantes de entre 15 y 30 años vestían de negro y gritaron su temor de terminar en una fosa o desaparecer como los normalistas de Ayotzinapa. Pronto la noche vistió igual a los miles y miles que fueron acoplando sus voces para exigir justicia. Contaron: uno, dos, tres, cuatro, cinco… y así, hasta llegar a 43, el número de los desaparecidos por quienes se pidió justicia en 33 países donde hubo protestas simultáneas.
A frente marcharon los estudiantes de la Escuela Rural Miguel Hidalgo, de Atequiza, quienes portaron su uniforme deportivo negro con franjas naranjas. Llevaban ataúdes negros con manchas rojas. El color de la sangre, dijeron, jamás se olvida.
A la marcha se sumaron colectivos como el Movimiento de Bases Magisteriales; #YoSoy132, Somos Más de 131, del Iteso; Grito Proletario; Movimiento por una Vivienda Digna; Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario y Pueblos de la Barranca, además de académicos y trabajadores.
No hubo violencia, ni siquiera desorden o agresiones físicas, como vaticinaban las autoridades. Los comercios permanecieron abiertos en sus horarios habituales y los empleados observaron pasar a la multitud con sus consignas.
Los organizadores extremaron los cuidados. Cada segmento de los contingentes fue acordonado para impedir la infiltración de encapuchados y policías de civil. Incluso el drone que sobrevoló las cabezas de los indignados no pertenecía a la Fiscalía General del Estado, como se temía, sino a un estudiante.
Finalmente, en las escalinatas del Palacio Federal los normalistas de Atequiza condenaron la violencia contra sus compañeros guerrerenses y fijaron sus posiciones las comunidades estudiantiles de la UdeG –independientes– y del Iteso, entre otras instituciones. Uno de los más contundentes lo leyó Helena Barragán, de la Coordinación Ayotzinapa Somos Todxs Jalisco:
“Ayotzinapa ha dejado en claro el grado de descomposición de todas las instituciones: ha mostrado hasta dónde están coludidos gobierno y narcotráfico, ha puesto al descubierto el rostro más cruel de este sistema de muerte que, por medio de la más despiadada represión, pretende llevar hasta sus últimas consecuencias una política de clara destrucción de la nación mexicana, de completa entrega ya no sólo de nuestros recursos, sino de nuestra sangre para servir a los intereses de los grandes capitales extranjeros y nacionales”.
La petición fue unánime: “Que se vaya Enrique Peña Nieto”.
Prosiguió Barragán: “Tras sus infames declaraciones decimos que todas y todos también estamos cansados. ¡Ya basta! Ya basta de mentiras, de impunidad, de miedo y de hambre, ya basta de ser nosotros, el pueblo trabajador, quienes paguemos sus crisis, de ver cómo arrebatan nuestros derechos, cómo destruyen la escuela pública, de que se nos excluya del acceso a la salud y a una vida digna. Ya basta de que se nos señale por levantar la voz, de ser golpeados, desaparecidos, asesinados. No permitiremos que este crimen de Estado quede impune, no permitiremos que la criminalización y el terrorismo sigan siendo la única respuesta que este régimen podrido ofrece a la juventud. Repetimos: Ayotzinapa no es un hecho aislado, es resultado de la política privatizadora y entreguista, es responsabilidad de los tres niveles de poder y, primeramente, de quien encabeza este gobierno”.








