Escritor, cineasta y experto en derecho de autor, Ramón Obón lleva 50 años conjugando sus dos pasiones: el cine y el derecho de autor. Proceso conversó ampliamente con él en su despacho ubicado al sur de la Ciudad de México con motivo de la aparición de su nuevo libro editado por la UNAM en su colección Fondo CUEC en el cual engloba esos dos grandes temas. Con el volumen Derecho de autor y cine, dice Obón, salda una deuda con sus compañeros del mundo cinematográfico y de la Sociedad General de Escritores de México. Ellos, puntualiza, deben tener elementos para saber cómo defender su trabajo.
Tres pasiones lo dominan: el cine, el derecho y la conversación. Y sabe conjugarlas con singularidad. La primera la viene cultivando desde su juventud. Tenía menos de 15 años cuando comenzó a pasar a máquina los libreros escritos por su padre, Miguel Obón Arellano, y otros argumentistas de la época para ganar sus primeros pesos; luego elaboró sus propios guiones cinematográficos –alrededor de 150, dice–, casi todos llevados a la pantalla.
Años después estudió la carrera de leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde obtuvo su licenciatura en 1971 con una tesis sobre el derecho de autor, rama que no suelta desde hace medio siglo. Y sobre la conversación, simplemente la convirtió en un arte, pues le gusta hablar con vehemencia de sus otras dos vocaciones.
A sus 71 años, cumplidos en julio pasado, Juan Ramón Obón León es referencia obligada para escritores, guionistas, adaptadores de obras literarias y cinematográficas, directores, productores, actores y estudiantes de derecho y letras. Su quehacer profesional ha quedado plasmado desde hace décadas en varios libros sobre derechos de autor y literatura fantástica e innumerables conferencias impartidas en la propia UNAM, en la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y en cuanto foro lo requieran.
Además de los guiones cinematográficos, Ramón Obón –como firma sus textos– incursionó en la industria editorial en 1974 con su libro Los derechos de autor en México –una versión actualizada de su tesis de licenciatura–, siguió con Derecho de los artistas e intérpretes, Nuevos derechos de artistas e intérpretes, El autor y el impuesto, La publicidad y el derecho de autor, Anecdotario de derecho de autor y su volumen más reciente: Derecho de autor y cine, publicado en agosto pasado.
Con este libro editado por la UNAM en su colección Fondo CUEC, Obón salda una deuda con sus compañeros de la industria cinematográfica y con la Sogem, organización en la cual fungió durante varios lustros como director jurídico y de asuntos internacionales, comenta él mismo en su oficina de la Pentatorre, escondida en un recodo de Periférico Sur y Picacho, al sur de la cuidad, rodeado de sus libros de consulta, diplomas y una pared con un espejo que redimensiona el espacio y multiplica las figuras.
Dividido en 11 capítulos y dos anexos, Derecho de autor y cine es un compendio en el cual Obón aborda de una manera sucinta temas añejos que ha venido tratando con sus alumnos, sólo que ahora de manera sistematizada para, como él mismo afirma, ellos tengan elementos para defenderse.
En 294 páginas hace un repaso de la libertad de expresión y sus limitaciones, la censura, la obra cinematográfica y sus bemoles, el sujeto protegido, la titularidad de los derechos de la obra cinematográfica y sus aspectos contractuales, así como el orden público y el interés social que ella representa.
“El negocio cinematográfico es un negocio complicado y de alto riesgo por todos los factores que inciden en el mismo y que surgen al momento de plantearse una idea de producción y su desarrollo a través de tres etapas básicas; la preproducción, el rodaje o producción y su desarrollo, y la posproducción, para, posteriormente, llegar a los aspectos de la distribución y la comercialización mediante la exhibición cinematográfica y la posterior explotación de la película a través de otras ventanas…”, expone Obón en su libro.
Un torrente de dudas
Frente al universo discursivo de Ramón Obón, las dudas se multiplican. Y él las aclara con afabilidad. Los libros, comenta, los hace por gusto. “Esta obra –Derecho de autor y cine– me la pidieron desde hace tiempo compañeros de cine y me surgió cuando estaba como profesor en la Sogem.
“La idea de la escuela era traer escritores talentosos: Vicente Leñero, Hugo Argüelles, Emilio Carballido, Arrigo Cohen. El propósito era que el autor tuviera conciencia de cuáles eran sus derechos. Entonces, creamos la clase ‘El marco legal del escritor’.
“Como autores debemos saber cómo enfrentar a la censura, si tenemos derechos y cómo podemos defender la libertad de expresión; la libertad y sus limitaciones; la censura rígida… todo parte de una base. Motivación y fundamentación dan garantía de legalidad. La censura cae dentro de un marco subjetivo… ¿cómo me defiendo? El ataque al tercero debe estar fundado y motivado…”
Ramón Obón despliega su discurso sobre el séptimo arte, como definió al cine el escritor y poeta Riccioto Canudo en su Manifiesto de las siete artes de 1911, y sus eventualidades.
Y así como el libro empieza precisamente sobre la libertad de expresión, los ataques y la censura en el cine, Obón expone el tema y hace sus observaciones críticas. Habla, por ejemplo, del “régimen de supervisión” que, dice, es una suerte de censura previa, pues sus integrantes se dedican a hacer observaciones sobre una obra, lo que no es adecuado. Por fortuna, insiste, “hoy contamos con elementos jurídicos para defendernos cuando alguna película causa irritación al gobierno”.
Luego toca el problema del doblaje, una dura batalla promovida por la avasallante industria cinematográfica de Estados Unidos en la cual México perdió el amparo en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Sin embargo, hubo una acotación de los dos ministros que se opusieron: Olga Sánchez Cordero y Genaro Góngora Pimentel. Ambos defendieron la integridad de la obra cinematográfica contra los argumentos de las compañías estadunidenses cuyo alegato era que el doblaje de las películas extranjeras al español era para que las viera y entendiera toda la comunidad.
“Yo me preguntaba: si es así, por qué no doblarlas también al náhuatl, al otomí o al purépecha. Los argumentos (de las empresas estadunidenses) eran sofistas.
“La ministra Olga Sánchez Cordero dijo: aquí hay una cuestión importante: ustedes ya ganaron el amparo. El artículo ocho de la Ley Federal de Cinematografía está considerado inconstitucional porque los derechos que se han hecho valer permiten el doblaje. ¡Por favor, no abusen!”
Actualmente, sostiene Obón, las películas estadunidenses llevan leyendas como: versión doblada o versión subtitulada y acaparan gran cantidad de salas de exhibición –el 90%–. Todo esto es un problema de competencia desigual. Es decir, nuestra cinematografía está teniendo una serie de problemas… De pronto es el abuso de las circunstancias. Está bien, el doblaje está permitido, pero no abusen”.
Casos como ese, hacen que hoy se busque propalar una ley cinematográfica, pues la que está vigente adolece de errores. Uno de ellos es que se equiparó erróneamente a la obra cinematográfica con la obra audiovisual. Ese debate se ha ventilado ampliamente en instancias como el Convenio de Berna, que es el tratado internacional de más amplio espectro de protección para los actores.
El tema lo aborda el capítulo 4 del libro: “…es a la película a la que se refiere y no a toda la obra audiovisual, como erróneamente lo hizo el legislador mexicano…
“El legislador lo enuncia como ‘De la obra cinematográfica u audiovisual’ haciendo una distinción entre ambas, pero en el desarrollo del artículo acaba englobándola en un solo concepto, contradiciéndose al no hacer diferencia entre una y otra, a pesar de que en la práctica tienen diverso desarrollo, e incluso distinta forma de comunicación pública, lo que plantea también situaciones diferentes en lo referente al requisito de la fijación, que, como hemos apuntado, es imperativo en la obra cinematográfica, y no lo es en otro tipo de obras audiovisuales como las televisivas, donde por cuestiones técnicas es factible que se dé la comunicación pública sin que ellas tengan que estar incorporadas en un continente material”.
El TLCAN y sus pifias
Y si se errores se habla, Obón se remonta al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor en enero de 1994 y en el cual México no desincorporó el capítulo cultural, como sí lo hizo Canadá, para proteger sus bienes culturales, incluida su cinematografía. Esa omisión hace que hoy nuestro cine sea considerado como una industria –un negocio– y esté supeditado al estadunidense.
Lo cierto es, como escribe Obón en su libro, que la obra cinematográfica es un bien cultural, es “la creación del intelecto, una manifestación superior del espíritu, distinta de las demás obras y diferente de las que han servido para su producción”.
Durante la conversación es incluso más puntilloso: “El cine, mal o bien, es un reflejo de nuestra realidad, a través de nuestros cineastas, según su punto de vista. Yo no estoy diciendo si la película es buena o mala. En cada película hay una proyección de cada autor que es reflejo de nuestra idiosincrasia; desde una comedia hasta una sátira, como La dictadura perfecta, el bullying o Las ficheras.
“Siempre está presente nuestra idiosincrasia, nuestra cultura. Durante mucho tiempo se temió que las partes involucradas en el tratado pudieran apelar. Sin embargo, hace pocos años se reforma la Constitución y se incorpora en el artículo 4 constitucional el derecho al acceso a la cultura.
“Aquí te encuentras con dos cuestiones muy interesantes: en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU de 1948, el artículo 27 te habla de dos derechos humanos; uno, el acceso a la cultura; y dos, al derecho de autor. Ambos elementos coinciden y conviven.”
Y sigue: “Se entiende por industria cinematográfica nacional al conjunto de personas físicas o morales cuya actividad habitual o transitoria sea la creación, realización, distribución, difusión, comercialización, fomento y rescate y preservación de las películas en el ámbito nacional.
“La industria cinematográfica nacional, por su sentido social, es un vehículo de expresión artística y educativa y constituye a crear… sin menoscabo del aspecto comercial que le es característico. Aquí está clara la filosofía de toda esta ley.”
–Esta reforma tardía después del TLCAN ¿permitiría hacer un clausulado para revertir esta situación?
–Aquí hay una cuestión interesante. Tú enfrentas una reforma constitucional; es decir, el artículo 133 de nuestra Constitución establece la pirámide de jerarquía de la ley; primero está la Constitución, después los tratados aceptados por nuestro gobierno, luego las leyes federales y después las locales. Entonces, la Constitución está por encima del tratado, y más si éste es regional.
“Además, está otra cuestión: uno de los elementos fundamentales de cualquier obra protegida en todos los tratados internacionales es el derecho de divulgación. Yo, como autor, quiero que mi obra se divulgue; es una facultad de derecho moral que tiene una consecuencia económica. Y la consecuencia económica es procurar que el día de mañana los creadores –en literatura, teatro, cine– puedan vivir dignamente de su trabajo, que no tengan que trabajar de empleados de banco o agentes de seguros cuando su actividad es ser un literato, un dramaturgo o un cineasta.”
Y eso nos lleva a los fiscales, un tema que no está incluido en Derechos de autor y cine. En este aspecto, dice, Obón, organismos como el Imcine, Foprocine, Fidecine son toda estructura donde, para colmo, se creó una comisión que dictamina sobre los guiones.
“Para mí –comenta– es un acto de censura. Un productor va a presentar un proyecto para realizarse a través de los estímulos fiscales que marca la ley de impuesto sobre la renta; cree en su proyecto. ¿Por qué tienen que dictaminar sobre el guión? Eso es absurdo. Es contra esos vicios que se debe luchar”.
E insiste: “El objeto de esta Ley (Federal de Cinematografía) es promover la producción, comercialización y distribución de películas y como rescate y preservación, procurando siempre el estudio, pensando en los asuntos relativos a la integración, fomento y desarrollo de la industria cinematográfica nacional. Es inviolable la libertad de realizar y producir películas”.
El cáncer de la cultura
Por si no fueran pocas las peripecias que deben afrontar guionistas, directores, productores y demás personas involucradas en el ámbito cinematográfico, hay una situación que lo carcome todo: la piratería –el cáncer de la cultura, sostiene Obón–, que obedece a múltiples factores y debe combatirse no sólo en términos jurídicos, sino también fiscales y culturales, pero sobre todo con voluntad política, pues inhibe la producción por falta de seguridad jurídica.
¿Qué es lo que ocurre en el caso de la piratería? La inmediatez. Es decir, comenta, la gente quiere ver el estreno en las salas cinematográficas, pero las entradas son caras. Hoy, es imposible que una familia, por ejemplo, pueda ver un estreno, de ahí la piratería; hoy, es posible comprar un cd pirata en 15 pesos, antes incluso del estreno.
La venta en la calle es la punta del iceberg. Lo importante es ver quién está detrás de toda esta situación; hoy se habla incluso del crimen organizado… En este caso, se trata de un problema de comercio informal grave. No hay control sobre éste. ¿Cómo lo regulas?, dice Obón.
Con el precio del boleto, tenemos también un factor social: el ingreso per cápita del mexicano no alcanza para ir a ver cine como se debe. Además, “no hay opciones, pues la película sale de la corrida de primer estreno y ya no la vuelves a ver. La siguiente ventana es el video y finalmente la televisión o Netflix”.
Y esboza una manera de resolver ese problema con una analogía: “El problema de la música se ha ido resolviendo porque el fonograma como soporte va desapareciendo poco a poco. Tú entras a iTunes, pagas 70 centavos por pieza y bajas la música; ya la tienes.
“Con respecto a las películas, en el momento en que tengamos banda ancha en todo el país –hoy no la tenemos, pues todavía está controlada por los servidores–, ya no tendrás problemas para ver las películas.
“Precisamente hoy –martes 11– el presidente Barack Obama comentaba que la banda ancha debe ser un derecho para todos; eso deberíamos copiárselo a los estadunidenses, en automático. Tú te encuentras sitios favorables como Netflix donde pagas una tarifa mínima al mes y tienes acceso a una gran cantidad de películas. Entonces, ¿para qué la piratería?
Otro aspecto remedial sería, por ejemplo, abatir el costo de una película en cd, digamos a 35 pesos, que sea legal y de calidad… “El problema de la piratería debe enfocarse desde varios ángulos, pero sobre todo debe haber voluntad política para frenarlo y buscar también una situación de costos; salidas prontas y expeditas a las películas; crear esas cadenas de segunda corrida que durante décadas fueron muy importantes en México; entonces cada barrio casi tenía su cine”.
Obón menciona también el caso de los documentales –todo creador aspira a que su obra se divulgue–, una tarea casi heroica. “Hay una gran cantidad de producción, con muy buenos cineastas, con material de muy buena calidad, pero que no tiene salida. Luego te encuentras en los cines que te saturan de anuncios comerciales, pero ¿por qué no establecer espacios para los documentales?
“O por qué no también crear las cadenas o sistemas para que esos documentales tengan una salida, un ingreso, y fomenten la producción. Debe tenerse en cuenta que el cine documental es una forma de expresión editorial a través de la imagen. Tú agarras un tema –la migración, el bullying – y estás planteando problemas sociales a través de un cineasta que dice que aun cuando no esté hecha con actores profesionales está planteando la realidad del país. Yo estoy pretendiendo esto… aunque no lo propongo en el libro, pues era un compromiso con los compañeros cineastas.
“Muchos de ellos querían que escribiera esto y lo he hecho lo menos técnico posible, lo más ameno y que tenga esa apertura para la gente y mucho material sobre el aspecto legal de cómo estructurar una película: qué derechos respetar, cómo adquirir tus derechos, qué contratos celebrar, cómo puede preservar la fotografía, el editor, etcétera”.
Corte final
Los temas sobre derecho de autor y cine son inagotables para Ramón Obón. Ninguno falta en su conversación: las regalías, los estímulos fiscales, las controversias naturales y artificiosas en torno a la relación entre director y guionista –a fin de cuentas la obra cinematográfica es un trabajo colectivo, acota–; la distribución y comercialización de las cintas, e incluso la lucha de egos entre los implicados en el universo fílmico.
Sobre el guión, dice, es la liebre de donde va a surgir todo el guisado. Tiene una gran importancia, pero también se requiere un buen director, un buen fotógrafo, buenos actores y un buen productor. Se conjuga una serie de elementos para dar resultados óptimos.
No obstante, tradicionalmente siempre se habla del director: “El trabajo de guionista es un trabajo oscuro –explica–. Eres el genio al que la gente busca mientras estás desarrollando el guión. Cuando éste está terminado, el guionista se hace a un lado y entonces entra el director a decidir locaciones, vestuario, actores, de ahí que muchos de los estudiantes de cine aspiran a ser directores.
“Ese es un problema de egos; de enfoque sobre la creación en la obra cinematográfica. Creo que, en el fondo, es una obra en colaboración.
“A mí me han llamado mucho la atención los críticos. Algunos dicen, por ejemplo: ¡Cómo maneja el director la psicología de sus personajes y los conflictos! La psicología central de los personajes, conflictos y trama, es el guión; cómo interpretas las cosas, es otra cuestión.”
Y remata: “Si tú analizas el reparto de la legalidad por el ingreso de taquilla, descontado el impuesto federal: el 0.60% para el escritor, el 0.50 para la música, el 0.25 para el director, el 0.15 para los actores y el 0.15 para los ejecutantes. En esta situación de reparto se le está dando una importancia a la parte literaria.”








