LEIPZIG, ALEMANIA.- En la tarde-noche del 9 de noviembre de 1989, cuando se supo que el Muro de Berlín se abría, el primer solista del Ballet de la Ópera de Leipzig, Mario Schroder, estaba en el escenario. Terminada la función, el bailarín recibió la noticia con franca sorpresa. Se preguntó entonces si debía viajar a Berlín (a casi 200 kilómetros de esta ciudad) para presenciar el histórico evento. Pero su impulso inicial se frenó casi enseguida. A las 10 de la mañana del día siguiente tenía presentación y debía estar listo y fresco para cumplir su trabajo.
Durante los meses anteriores el joven se había involucrado en la llamada Revolución Pacífica del otoño de 1989, mediante la cual cientos de miles de ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA) forzaron mediante pacíficas manifestaciones masivas el cambio de sistema. Se trató de una revolución en la cual no se disparó un tiro y donde no hubo muertos.
Aunque hoy pareciera un objetivo general y obvio, en realidad la caída del Muro de Berlín sorprendió a muchos. A la gran mayoría de los jóvenes que encabezaban las protestas y quienes se habían unido a ellas en distintos momentos, como Schroder, nunca les pasó por la cabeza la posibilidad de que el Muro desapareciera.
“Nunca lo esperé, porque además no se trataba de que cayera el Muro. Mis motivos, desde el primer momento en que me uní a las manifestaciones, iban de otras cosas y no para desaparecerlo. Yo iba por sueños, por un cambio de visión, de conductas. Y más allá de eso la ciudad era nuestro hogar y el país (la RDA) también lo era. Sin embargo, todo fue muy rápido y el Muro cayó”, recuerda en entrevista, 25 años después, el hoy coreógrafo y director del Ballet de la Ópera de Leipzig.
Uwe Schwabe, enfermero en una residencia para adultos mayores, se encontraba –a diferencia de Schroder– en la primera línea de las movilizaciones y era una de las cabezas visibles de la oposición ciudadana en Leipzig. Desde 1984 se había involucrado en las reuniones de la iglesia protestante de la ciudad y había cofundado la organización Leben (Vida), comprometida con la protección del medio ambiente.
“Nací en 1962; para mí el Muro existió toda la vida y no podía imaginar que en algún momento eso cambiaría. Lo que nosotros buscábamos desde la primera línea de la lucha era cambiar el país desde adentro: lograr libertad de expresión y la posibilidad de tener proyectos para fundar partidos políticos. Sobre eso hablábamos, sobre eso discutíamos y ese fue el motivo por el cual muchos de nosotros nos involucramos y comprometimos ese otoño de 1989”, dice a Proceso.
La noche de ese 9 de noviembre fue para él una decepción: “Fue realmente una sorpresa incluso decepcionante en un primer momento. Hoy es diferente, pero en aquel momento mi razonamiento era que (con la caída del Muro y eventual desaparición de la RDA) la gente no estaría más interesada en intentar reformas a este, nuestro país, sino que entonces ya buscarían otros objetivos”.
Movilización de conciencia
En 1984 Schwabe había alcanzado su punto límite. Con el sueño frustrado de convertirse en capitán de barco, el joven revolucionario abandonó definitivamente en 1987 el trabajo de mecánico de fábrica que el sistema había decidido para él.
Tras un año de emplearse en ferias como vendedor de comida rápida se convirtió en enfermero en un asilo para ancianos, trabajo que desempeñó hasta que lo sorprendió la reunificación alemana.
“Mi límite llegó en 1984 cuando dije que no quería más que la gente decidiera por mí cómo debía vivir, qué libros podía leer, qué películas podía ver, dónde debía pasar mis vacaciones y que gobernaran todo sobre mi vida. Eso simplemente no lo quería más. Me dije entonces: Si quieres que algo cambie, debes ir a buscarlo.
“Tuve entonces la suerte de conocer en el 84 a alguien que era miembro activo de la comunidad juvenil de la Iglesia de San Nicolás la cual me enseñó, pese a no ser cristiano, que en la iglesia se reunía gente para hablar sobre cómo se podría cambiar al país. Me sorprendió tanto encontrar que ahí se discutía y se intercambiaban argumentos libre y abiertamente que decidí permanecer en el grupo porque sabía que esa era la gente adecuada que podría cambiar al país y con quien se podría comenzar algo”, recuerda.
Para Schroder fue diferente. Ser artista de primer nivel en el sistema de la RDA lo ubicaba en un grupo con privilegios. Reflexivo, recuerda que al terminar sus estudios de danza en Dresde llegó a Leipzig lleno de esperanzas: Ser un artista y a través de la danza dominar un lenguaje universal que le permitiera ir a todos lados y transmitir sus sentimientos, pensamientos, sueños, etcétera.
Pronto se dio cuenta de que no era así.
“Como artista siempre hay cuestionamientos y reflexiones. Y, sin embargo, todo iba bien para mí, pues cuando menos podíamos trabajar ‘libremente’”, señala.
Aunque esto era relativo, pues recuerda cómo en diversas ocasiones llegaba a los ensayos gente del partido (PSUA) gobernante a sugerir cuáles escenas podían interpretarse y cuáles no.
La confrontación real con el sistema llegó cuando el joven bailarín comenzó a perder oportunidades de bailar en el extranjero. Una y otra vez las solicitudes de permiso para salir le eran negadas. “Siempre venía entonces a mi cabeza la reflexión de por qué alguien decide por mi dónde debía trabajar”.
Fue así como llegó a su primera manifestación de los lunes en la Iglesia de San Nicolás, las cuales desde hacía meses se habían instaurado en la parroquia de la ciudad.
Tradición de lucha
La Revolución Pacífica que logró el cambio democrático en Alemania Oriental tuvo como vértice la ciudad sajona de Leipzig. Fue ahí, en la iglesia protestante, donde en 1981 se instauraron las oraciones por la paz, que luego dieron lugar a las manifestaciones pacíficas de los lunes, en las cuales cientos de ciudadanos se manifestaban para pedir cambio y apertura en el sistema.
Fue en Leipzig donde el 9 de octubre tuvo lugar la mayor manifestación de protesta hasta entonces en la RDA, en la cual participaron más de 70 mil personas.
Que haya sido precisamente en esta ciudad y no otra donde el movimiento de oposición tomo fuerza tiene que ver con una tradición de lucha de sus habitantes.
“Siempre tuvimos una larga tradición de resistencia y oposición contra cuestiones de todo tipo: cuando dinamitaron la Iglesia de la Universidad, cuando se dio la ocupación soviética en Checoslovaquia o cuando se quiso prohibir la música beat en la ciudad porque contenía textos críticos. Todos esos fueron motivos para que la gente saliera a la calle a protestar”, explica Schwabe, quien hoy dirige la Asociación del Movimiento Ciudadano de Leipzig.
Además de eso, el carácter de la población –reputado de abierto e incluyente– ayudó a formar un movimiento de oposición fuerte y unido.
“Aquí la gente que quería dejar el país para irse a la República Federal Alemana no era excluida y todo aquel que había solicitado irse fue integrado a grupos de trabajo en Leipzig. No nos ocupábamos de si la gente se quería ir a occidente o no, tener dinero y cosas materiales.
“Lo que pensábamos era que ellos y nosotros teníamos el derecho a decidir en qué país y cómo queríamos vivir. Y por eso es que hubo un buen trabajo conjunto entre quienes se querían ir y quienes buscábamos cambios dentro”, explica Schwabe.








