Durante 17 años –de 1977 a 1994– Juan Reinaldo Sánchez perteneció al equipo de guardias personales de Fidel Castro. Asegura que desde esa posición no sólo conoció aspectos de la vida privada del líder de la revolución cubana –su sistema de seguridad, su familia, sus residencias y su fortuna–, sino que fue testigo tras bambalinas del proceso judicial por narcotráfico que derivó en el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa en 1989. Todo ello lo cuenta en el libro La vida oculta de Fidel Castro, que Editorial Planeta Mexicana empieza a poner en circulación en el país y con cuya autorización se reproducen los siguientes fragmentos.
A finales de 1988, un día como cualquier otro transcurría en La Habana. En pocos minutos, mi vida iba a cambiar. Fidel había pasado la tarde leyendo y trabajando en su despacho, cuando de pronto asomó la cabeza en la antecámara, donde yo me encontraba, para avisarme que Abrantes estaba a punto de llegar.
El general José Abrantes, cincuentón, era por entonces ministro del Interior desde 1985, tras haber sido el jefe de seguridad del Comandante en Jefe durante 20 años. Fiel entre los fieles, formaba parte del grupo de personas que veían a diario al Jefe, pertenecía asimismo al círculo de las 10 personas más cercanas al poder supremo (…)
Otra característica distinguía a Abrantes: junto con Raúl, era uno de los pocos que podían acceder al despacho de Fidel sin pasar por la entrada principal del Palacio de la Revolución, sino que llegaban por detrás al estacionamiento subterráneo y desde allí tomaban el elevador que los conducía directamente al tercer piso.
Así pues, aquel día, hacia las cinco de la tarde, tras haber dejado el coche en el estacionamiento, José Abrantes se presenta en la antecámara de Fidel. Aviso de su llegada: “¡Comandante, aquí está el ministro!”, pues evidentemente nadie, ni siquiera su hermano Raúl, entra en el despacho de Fidel sin haber sido anunciado. Cierro la doble puerta y acto seguido me instalo en mi despacho (contiguo a la antecámara), donde se encuentran las pantallas que controlan el estacionamiento, el elevador y los pasillos, así como el clóset que alberga las tres cerraduras que permiten abrir los micrófonos de grabación ocultos en el falso techo del despacho de Fidel. Un instante después, el Comandante vuelve sobre sus pasos, abre la puerta y me da esta instrucción: “¡Sánchez, no grabes!”
Mientras los dos hombres conversan en privado, me dedico a mis asuntos, leo el Granma del día, ordeno los papeles, consigno las últimas actividades del Líder Máximo en la libreta.
La entrevista se eterniza, transcurre una hora, después dos. Cosa rara, Fidel no me pide que le sirva un whiskycito ni ofrezca un cortadito a su interlocutor, que suele consumir bastantes. Nunca antes el ministro del Interior había permanecido tanto rato en el despacho del Líder Máximo. De repente, tanto por curiosidad como para matar el tiempo, me pongo los auriculares y giro la llave número uno para oír lo que dicen al otro lado de la pared. Entonces sorprendo una conversación que jamás habría debido escuchar: Hablan de un lanchero [persona que pasa droga en un barco] cubano que vive en Estados Unidos y que por lo visto hace negocios con el régimen. ¡Y vaya negocios! ¡Nada más y nada menos que un enorme tráfico de drogas que se practicaba en las más altas instancias del Estado!
Abrantes pide a Fidel autorización para acoger temporalmente en Cuba a ese traficante, que desea pasar una semana de vacaciones en su país natal en compañía de sus padres (…) Por esa escapada, precisa Abrantes, el lanchero pagará 75 mil dólares, algo muy bien recibido en tiempos de crisis económica. Fidel no tiene nada en contra. Sin embargo, expresa una inquietud: ¿cómo pueden estar seguros de que los padres del lanchero guardarán el secreto y no irán por ahí contando que han pasado una semana de vacaciones cerca de La Habana con su hijo, que reside en Estados Unidos?
El ministro tiene la solución: bastará con hacerles creer que su hijo es un agente de información cubano infiltrado en Estados Unidos y que su vida correría grave peligro si no guardan secreto absoluto sobre su visita a Cuba.
“Muy bien”, concluye Fidel, que da su conformidad. Para terminar, Abrantes propone al Comandante que Antonio de la Guardia, llamado Tony, un habitual de las misiones especiales, además de un héroe de las luchas de liberación en el Tercer Mundo, se ocupe de organizar los detalles técnicos de la estancia. Tampoco en este caso el Comandante pone objeciones (…)
Abrantes abandonó por fin el despacho, y en el momento en que cruzó el umbral, disimulé lo mejor que pude mi preocupación, pero a partir de aquel instante, jamás volví a ver a Fidel Castro de la misma manera. Con todo, decidí guardar para mí tan terrible secreto de Estado, del que no hablé a nadie, ni siquiera a mi mujer (…)
El Departamento MC
El año 1989 empezó con la celebración del 30 aniversario del triunfo de la Revolución, ocurrido, recordémoslo, un 1 de enero. Ahora bien, para el comunismo mundial, ése fue el año de todos los peligros. En China, los manifestantes se preparaban para desafiar a los tanques en la plaza de Tiananmen. En Europa, el Muro de Berlín estaba a punto de derrumbarse. En cuanto a la isla de Cuba, ya privada de subvenciones soviéticas, se disponía a atravesar una crisis existencial inédita. En julio, al concluir un proceso estaliniano, el glorioso general Arnaldo Ochoa sería fusilado junto con otros tres acusados, todos considerados culpables de haber “mancillado la Revolución” y “traicionado a Fidel”, a causa de un tráfico del que se suponía que el comandante en jefe no sabía nada. El caso Ochoa causó un verdadero trauma nacional y se llevó consigo las últimas ilusiones del castrismo. En Cuba, hay un antes y un después de 1989.
Para comprender el caso, es preciso remontarse un poco al pasado, hasta la creación del Departamento MC en 1986, en un momento en que la ayuda económica de Moscú empezaba a agotarse. Colocado bajo la autoridad del Ministerio del Interior (Minint), es decir, del ministro José Abrantes, y dirigido por el coronel Tony de la Guardia, el Departamento MC tenía precisamente como razón de ser el generar dólares con la ayuda de empresas fantasma con base sobre todo en Panamá, México y Nicaragua. De ahí su sobrenombre de Departamento “Moneda Convertible” (…)
Heredero del Departamento Z creado a principios de los años ochenta, el Departamento MC no escatimaba medios y comerciaba con todo: tabaco, langostas y puros introducidos de contrabando en Estados Unidos; ropa y electrodomésticos exportados a África; obras de arte y antigüedades introducidas en España; sin olvidar los diamantes y el marfil traídos de África y revendidos en Latinoamérica u otros lugares. Ciertos comercios eran legales, otros no.
Ahora bien, la existencia del departamento no tenía en sí nada de secreta. Al contrario, el periódico oficial Granma había explicado un día su misión en los siguientes términos: “Se trata de luchar contra el bloqueo –o embargo– económico de Estados Unidos, en vigor desde 1962, con el fin de disponer de los medios para procurarse productos como material médico, medicamentos, ordenadores, etcétera”.
Lo que sí era misterioso, en cambio, era su funcionamiento, sus circuitos financieros, su contabilidad. Gestionado en la opacidad, el desorden y la improvisación, el Departamento MC sólo tenía una exigencia: hacerse pagar en dólares contantes y sonantes en países terceros, sobre todo Panamá, que siempre ha sido la primera base de retaguardia de las actividades comerciales ilícitas cubanas en el “reinado” de Fidel Castro. Era inevitable que, durante aquellos años y en aquella región, la ruta de los “filibusteros” de los departamentos Z, y luego MC, se cruzara con la de los narcotraficantes colombianos, siempre en busca de dinero fácil. En consecuencia, no es del todo casual que entre la población el Departamento MC recibiera muy pronto el sobrenombre de “Marihuana y Cocaína”.
Las primeras sospechas de los estadunidenses relativas a Cuba en este ámbito se remontan a los albores de los años ochenta. Fueron alimentadas por los testimonios de desertores de los diversos servicios de espionaje cubanos, altos funcionarios del gobierno panameño que trabajaban estrechamente con el presidente Manuel Noriega y traficantes de droga detenidos en Florida, algunos de los cuales afirmaban que el régimen cubano estaba conchabado con Pablo Escobar y su cártel de Medellín.
A mediados de los años ochenta, artículos publicados en la prensa estadunidense evocaban el aumento del tráfico de drogas en Cuba, que servía de plataforma de tránsito para el polvo blanco colombiano, así como la posibilidad de que los narcotraficantes estuvieran relacionados con la cúpula del poder cubano.
El juicio
Presintiendo la amenaza de un escándalo, y tal vez alertado a este respecto por los servicios de información infiltrados en Estados Unidos, el Líder Máximo decide entonces adelantarse para cortar de raíz las posibles sospechas concernientes a él. Fidel utiliza el periódico oficial Granma para informar a los lectores de que se ha iniciado una investigación en abril.
Después, como jugador de ajedrez experto, da la vuelta a la partida por medio de lo que se llama un enroque. Bien situado para saber quiénes eran los oficiales cubanos mezclados en el narcotráfico, el 12 de junio ordena detener a los gemelos Tony y Patricio de la Guardia, del Departamento MC; al general Arnaldo Ochoa, recién llegado de Angola, y a otros nueve funcionarios superiores del Minint y dos del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (Minfar).
Una segunda oleada de detenciones, semanas más tarde, incluye al ministro del Interior José Abrantes y, en el entorno de este último, a dos generales y cuatro coroneles.
Tres semanas después empezó el doble proceso del general Ochoa. Al principio, el 25 de junio, el acusado compareció solo, de uniforme, ante un tribunal militar de honor, en el cuarto piso del Minfar, donde fue degradado al rango de soldado raso en presencia de la totalidad del Estado Mayor; es decir, 47 generales. Más tarde, a partir del 30 de junio, el acusado fue conducido ante el tribunal militar especial, en compañía de otros 13 acusados, vestidos de civil como él, esta vez en la planta baja del edificio, en la Sala Universal, la sala de proyecciones del Minfar, transformada en sala de audiencias. El conjunto del juicio fue bautizado Causa No. 1/1989, mientras que el proceso contra el ministro del Interior José Abrantes, que le siguió poco después, se llamó Causa No. 2/1989. Expeditivo, el proceso contra Ochoa duró cuatro días (…)
Instalado con toda comodidad en el despacho de Raúl, en el cuarto piso del Minfar, Fidel Castro sigue en directo, y en compañía de su hermano, todo el desarrollo de la Causa No. 1 y la Causa No. 2 por los monitores de un circuito cerrado de video. En efecto, ambos juicios son filmados –razón por la cual pueden verse hoy amplios extractos en YouTube– y difundidos a todos los hogares cubanos, si bien diferidos, con el fin de permitir al régimen aplicar la censura en caso de que algunos fragmentos se revelaran embarazosos.
Fidel dispone incluso de un sistema que le permite alertar con discreción al presidente del tribunal con la ayuda de un piloto luminoso, con el fin de indicarle los momentos en que conviene proceder a la interrupción de la sesión. Todo esto lo he visto con mis propios ojos porque me encontraba presente, tanto delante de la puerta abierta del despacho de Raúl como en el interior de la estancia.
Cuando se producía una interrupción, Raúl me daba la orden siguiente: “Avisa al jefe de la escolta que los compañeros del proceso van a subir de un momento a otro”.
En efecto, menos de cinco minutos después, el presidente del tribunal, el fiscal y los jurados desfilaban por el cuarto piso del ministerio con la intención de recibir las instrucciones de Fidel, quien, como siempre, lo orientaba y dirigía todo, absolutamente todo.
Más tarde, en dos ocasiones, el Comandante admitió en público que por entonces había estado en contacto con los miembros del tribunal, pero que, respetuoso con la separación de poderes, se había guardado mucho de influirles. Cuando se conoce el modo de funcionar de Fidel, resulta evidente que tal afirmación no se sostiene ni por un momento, por el contrario, revela el humor negro más absoluto (…)
Al finalizar esas parodias de justicia, el general Arnaldo Ochoa, su edecán, el capitán Jorge Martínez (ambos miembros del Minfar), el coronel Tony de la Guardia y su subordinado, el mayor Amado Padrón (ambos del Minint), fueron condenados a muerte el 4 de julio de 1989 por haber organizado el transporte de seis toneladas de cocaína del cártel de Medellín hasta Estados Unidos y aceptar a cambio 3.4 millones de dólares. Tres semanas después, José Abrantes fue condenado a 20 años de cárcel, y los demás acusados recibieron penas inferiores.
Acto seguido se produjo la mayor purga jamás organizada en el seno del ministerio. Todos o casi todos los dirigentes del Minint fueron destituidos y reemplazados.
No cabe la menor duda de que Fidel –y sólo él– tomó la decisión de enviar a Ochoa al pelotón de ejecución y a Abrantes a la cárcel durante 20 años. Fue en prisión donde este último, pese a su estado físico impecable, murió de un paro cardíaco en 1991, de forma cuando menos sospechosa, al cabo de tan sólo dos años de encarcelamiento.
Al desembarazarse de ese par, el Líder Máximo eliminaba a dos hombres que sabían demasiado, personas con las que había hablado de la cuestión ultrasensible del narcotráfico. Con Ochoa y Abrantes muertos, la cadena de mando quedaba cortada, y con ella todo vínculo orgánico susceptible de relacionar a Fidel con tan tenebroso negocio.
Podría sorprender que, en el curso de dichos procesos retransmitidos por televisión, oficiales tan valerosos como los cuatro condenados a muerte no se rebelaran en ningún momento para gritar la verdad al mundo. Sin embargo, eso supondría no conocer bien el maquiavelismo de Fidel y la manera como el sistema cubano manipula las conciencias.
Entre bastidores, es evidente que los acusados recibieron el mensaje de que “teniendo en cuenta los servicios prestados en el pasado, la Revolución se mostraría agradecida con ellos; ella no abandonaba a sus hijos, y aunque el tribunal solicitara la pena máxima, mostraría buena voluntad en relación con ellos y sus familias”. Esto equivalía a prometer a aquellos hombres que no serían ejecutados sino indultados, si admitían sus errores y afirmaban que merecían la pena capital; cosa que hicieron, porque a hombres en la tesitura en que ellos se hallaban no les quedaba otra opción.
El video
Ahora bien, el 9 de julio, es decir, cinco días después de la condena, Fidel convocó al Consejo de Estado con el fin de “dar el cerrojazo” al proceso Ochoa, recabando así la responsabilidad de todos los dirigentes de la más alta instancia del régimen, compuesta de 29 miembros, civiles y militares, ministros, miembros del Partido Comunista, presidente de organizaciones de masas, etcétera. Se trataba de ratificar la decisión del tribunal o, por el contrario, conmutar la pena de muerte. Cada uno debía pronunciarse de manera individual, y todos confirmaron la sentencia (…)
El jueves 13 de julio, hacia las 2 de la madrugada, los cuatro condenados a muerte fueron pasados por las armas, casi un mes después de que fueron detenidos.
A continuación se produce el episodio más penoso de mi carrera. En efecto, Fidel había exigido que la ejecución de Ochoa y los otros tres condenados fuera filmada. De repente, dos días después –un sábado–, un chofer se presenta en la residencia de Punto Cero, donde yo me encontraba, para entregar un sobre que contiene un video de formato Betamax. El jefe de la escolta, José Delgado (que desde hacía dos años sustituía a Domingo Mainet), me dice: “Lleva esto a Dalia (Soto del Valle, esposa de Fidel Castro) que te está esperando. Es una película para el Jefe”.
Al instante llevo el sobre a la Compañera, sin sospechar ni por un momento que pueda tratarse del video de la ejecución de Ochoa, y mucho menos que a Fidel, cual Drácula cualquiera, le gustaría contemplar semejante espectáculo.
Transcurren 30 minutos y Dalia vuelve con el video en la mano. “El Jefe me ha dicho que los compañeros deben ver este video”, me suelta, lo cual equivale a una orden. Transmito entonces el mensaje al jefe de la escolta, el cual, a su vez, reúne a todo el mundo, es decir, a una quincena de personas, entre ellas los choferes y el médico personal de Fidel, Eugenio Selman.
Después, alguien introduce la cinta en la videocasetera. El video carecía de banda sonora, lo que añadía una especie de irrealidad a la secuencia que empezamos a ver. Sólo se veían unos vehículos llegar de noche a una cantera iluminada por focos. Más tarde supe que se trataba del aeródromo de Baracoa, reservado a los dirigentes del régimen y situado al oeste de La Habana, allí donde pocos años antes yo había asistido en dos ocasiones al embarque de cargamentos de armas clandestinas hacia Nicaragua, en presencia de Fidel y Raúl.
Me han preguntado con frecuencia cuál fue el comportamiento de Ochoa ante la muerte. La respuesta es clara y simple: fue de una dignidad excepcional. Al salir del vehículo, caminó muy erguido. En el momento en que uno de los verdugos le propuso vendarle los ojos, meneó la cabeza en señal de negativa. Cuando se encontró ante el pelotón de ejecución, miró a la muerte de frente. Pese a la ausencia de sonido, toda la secuencia permite calibrar su valentía. A sus verdugos, que no aparecían en la imagen, les dijo algo que no se puede oír, aunque sí adivinar. Sacando el pecho, con el mentón elevado, es probable que les gritara algo así como “¡Adelante, no me impresionan!”. Un instante después, se derrumbaba bajo las balas de los siete tiradores.
Los cuatro condenados fueron ejecutados en pocos minutos. Evidentemente, no todos hicieron gala del orgulloso coraje de Ochoa. No obstante, Tony de la Guardia, quien también acarreaba enorme experiencia a la espalda (tras haber sido miembro de la escolta del presidente Allende en Chile, había participado en la campaña de Angola, en la toma del búnker de Somoza en Nicaragua y en centenares de misiones secretas), se mostró innegablemente valeroso, no tanto como Ochoa, pero valeroso al fin y al cabo; se percibía su aflicción, su resignación. Sin embargo, no se vino abajo en ningún momento de los últimos minutos de su vida.
La visión de mis otros dos colegas fue más difícil de soportar. Durante el trayecto entre los vehículos y el pelotón de ejecución, el capitán Jorge Martínez y el mayor Amado Padrón se desmoronaron varias veces. Los guardias tuvieron que levantarlos en cada ocasión. Saltaba a la vista que lloraban, imploraban, suplicaban; se veían manchas de orina en sus pantalones. Era algo duro y patético de ver, había que tener agallas para contemplar aquello. Un silencio de muerte reinó en la habitación en que nos encontrábamos (…)








