El segundo periodo presidencial de Dilma Rousseff comienza en medio de controversias. El margen de ganancia ha sido muy pequeño (3%) y no le otorga, señalan algunos comentaristas, suficiente legitimidad; las campañas, calificadas como “sucias”, agudizaron la polarización del país, que se encuentra literalmente dividido en dos; la bolsa brasileña experimentó una caída de 6% como expresión de los temores que suscitó su reelección; los empresarios de Sao Paulo, la región más rica del país, han hecho sentir su desaprobación de la opción decidida, insisten, por un número reducido de electores.
El mensaje que han dejado los ciudadanos, incluso los que votaron por Dilma, es claro: se requieren cambios en la política gubernamental. La situación no es aquella de complacencia con la línea seguida por el Partido del Trabajo (PT) en la época de Lula, quien terminó su periodo presidencial en medio de ovaciones y con una popularidad por encima de 60%. Cierto que los programas que contribuyeron a sacar de la pobreza a millones de brasileños han seguido vigentes. Son tales sectores los que mantuvieron su lealtad y votaron de nuevo por el PT. Pero haber salido de umbrales de pobreza para integrarse a una clase media baja no es suficiente. Por ello se solicita un cambio.
Las gigantescas manifestaciones que tuvieron lugar en diversas ciudades de esa nación justo antes de la Copa Mundial de Futbol pusieron en evidencia que los reclamos más grandes provienen, frecuentemente, de quienes apenas se incorporan a la clase media baja y temen regresar a la pobreza. Se necesitan entonces otras medidas que den posibilidad de mantener la movilidad social: educación de calidad, servicios de salud adecuados, transporte público eficiente, urbanización digna.
Dilma conoce muy bien tales reclamos. El reto es definir el sendero que puede seguirse para enfrentarlos en el difícil contexto con el que inicia su segunda gestión presidencial. El primer gran problema es la economía. El país se halla estancado. Este año no crecerá más allá de 0.3%. Durante los años anteriores de la presidencia de Dilma ha crecido en promedio un exiguo 1.6%. Algunos economistas opinan que el modelo concebido en la era de Lula (2002-2010) y seguido por Rousseff –que se basa, entre otras cosas, en el estímulo del consumo de las clases medias y bajas– está agotado.
Lo que se recomendaría, entonces, es la adopción de una serie de medidas que alienten la inversión, tanto nacional como extranjera, para lo que seguramente tienen muy buenas propuestas los empresarios de Sao Paulo. El problema es seguirlas sin provocar inflación, recuperando la confianza y, al mismo tiempo, sin descuidar la situación de los grupos sociales con los que históricamente está comprometido el PT. Una tarea titánica que empieza, por lo pronto, con el nombramiento de un nuevo secretario de Economía que dé confianza a los mercados.
El segundo gran reto es el combate a la corrupción. Los escándalos en los que se han visto comprometidos funcionarios cercanos a Dilma han estado presentes a lo largo de su primer mandato. Durante la campaña, aquel que causó mayores conmociones fue el relacionado con los contratos que ofrecía una de las empresas públicas más conocidas y también más exitosas de Brasil: Petrobras. Una serie de acusaciones respecto a su corrupción ha echado por tierra el aura de éxito que la acompañaba, dejando en segundo término el hecho de que hasta hace poco esta empresa sorprendía al mundo de la energía por sus capacidades en materia de ciencia y tecnología y su experiencia en exploración y producción en aguas profundas. Está por verse si Rousseff pondrá en marcha medidas anticorrupción ejemplares que permitan hablar de un auténtico freno a la corrupción.
El tercer gran reto es una reforma política que, entre otros puntos, haga frente al serio problema de un Congreso donde están representados 28 partidos, algunos de ellos carentes de legitimidad entre los electores y verdaderos mercenarios encargados de mover el voto legislativo en una u otra dirección, pero sin ideología ni proyecto propio.
Los cambios que reclama la situación anterior deben producirse en un ambiente que otorga poco margen de maniobra a la actual presidenta. Por una parte, el PT perdió varios escaños en el Congreso, con el que será más difícil trabajar ahora. Por otra, también perdió el gobierno de estados muy importantes, entre los que se encuentra Sao Paulo.
Dicho panorama no implica, sin embargo, que Brasil se encamine hacia una parálisis gubernamental o un periodo de crisis que ahondaría aún más su actual estancamiento económico. La verdad es que a nadie, ni a sus adversarios ideológicos y económicos más decididos, le interesa que el gigante de Sudamérica quede atorado por los próximos cuatro años. Es muy probable que se inicie un ciclo de reconciliación, aunque persistan desde luego las diversidades de puntos de vista que hoy tienen al país tan dividido, pero en el cual se abre una ventana de oportunidad.
Finalmente, un tema del que se habla poco, pese a que tiene consecuencias importantes para el mapa político de América Latina, es el significado de la reelección de Dilma para el futuro de la izquierda en la región. Se trata, al igual que en el caso de Michele Bachelet en Chile, de una izquierda moderada. Conjuntamente pueden ejercer contrapesos a quienes desearían ver la desaparición de propuestas de izquierda en esta parte del mundo. Lo cierto es que un escenario de debilitamiento de la izquierda no se encuentra próximo. Lo más probable es que Dilma intente acercar posiciones y ocurra pronto un encuentro, por ejemplo, con la Alianza del Pacífico, que selle un pacto de entendimiento con el Mercosur. Sería deseable que México contribuyera a ese entendimiento. Para todos es positivo que Brasil recupere la imagen de una prometedora economía emergente.








