“La dictadura perfecta”

De la serie de parodias sobre la corrupción del sistema político mexicano que Luis Estrada viene haciendo desde La ley de Herodes (1999), La dictadura perfecta (México, 2014) parece la más cercana a la experiencia cotidiana de cualquier ciudadano en la actualidad. El espectáculo de complicidad del emporio televisivo con el poder, principalmente el de PRI, forma de acoplamiento que engendra esperpentos y quimeras noticiosas, se infiltra en la intimidad de todos los hogares.

El flamante señor presidente (Segio Mayer) que recibe al embajador americano, causa tan mala impresión con sus comentarios, que de inmediato el máximo ejecutivo de la cadena televisiva (Tony Dalton) exhibe un video del gobernador de Durango (Damián Alcázar), alias El gober precioso, aceptando una maleta de dinero del narco. Un escándalo mediático se diluye con uno mayor, fórmula de la que nadie duda y que Luis Estrada adopta como ley de gravedad. Con un constante guiño de ojo, Estrada mezcla disparates célebres con conocidos episodios de desvergüenza de los políticos.

El resto es pura picardía, una trastada tras otra; la guerra entre el inescrupuloso gobernador, descendiente directo del Vargas de la Ley de Herodes, termina en alianza con la televisora. Vargas aspira a la silla presidencial, y Televisión Mexicana (en la versión de Estrada) se cree capaz de sentar allí a quien proponga una cadena de alborotos; inspirados en sucesos como el de la niña Paulette o el caso desastroso de Florence Cassez, arman las gradas del espectáculo.

La dictadura perfecta, perífrasis del PRI, lleva desde el título la seña de connivencia con su público; cualquiera conoce la frase del escritor Mario Vargas Llosa que en su momento provocó que más de un priísta se desgarrara las vestiduras. A lo largo de la trama, las burdas maniobras de la televisora y los políticos van conchabando la complicidad del director con su espectador; sólo se trata de descifrar a qué maniobra entre el emporio mediático, la corrupción y la clase política, alude cada episodio. Pero la actualidad misma del argumento hace difícil, si no imposible, que un mexicano vea esta cinta con distancia.

Una cosa fue la amarga sátira política de La ley de Herodes de la que no es exagerado decir que contribuyó a la primera caída del PRI, sobre todo por la actitud obsoleta e intransigente del partido, y otra esta agridulce sátira de episodios conocidos, como sería la orquestación de un operativo antisecuestros; los hechos son de por sí grotescos, y seguro que la realidad supera a la farsa.

Además del juego de descifrar hechos y personajes de la política y los medios que Luis Estrada condensa como sueño freudiano, la mejor manera de disfrutar La dictadura perfecta es constatar su eficacia como director de actores, su talento para dramatizar de manera verosímil situaciones absurdas y excesivas, y la naturalidad del diálogo no importa cuán sosos o vulgares sean los personajes.