Cortázar: Constelación de imágenes

Desde diciembre del año pasado circula Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico, impreso bajo el sello de Alfaguara. Reúne imágenes que fotógrafos de toda laya le tomaron en diferentes momentos de su vida, reproducciones de documentos y cubiertas de libros, paisajes por los que alguna vez transitó, citas de sus obras que acompañan la crestomatía visual –el mundo de Cortázar entre dos tapas.

Para invocar al ausente, se planta una fotografía. A fuerza de mirarla, la imagen comienza a crecer, a moverse y a multiplicarse. De pronto, sin desprender la vista de ella, uno ya está mirando una película en pleno desarrollo: esa misma imagen que miramos la proyecta dentro de nuestra cabeza.

La imagen de Julio Cortázar posee precisamente esa clase de fuerza frente a sus lectores. Es casi tan entrañable como su obra. Uno siente que ha recorrido con él todo el célebre Barrio Latino, que ha ido y venido por las orillas del Sena, que ha escuchado sus cuitas y le ha contado las propias, que comparte con él una concepción del mundo.

(Eso es lo que muchos de sus lectores imaginan, en la realidad, Cortázar tenía fama de rehuir las confesiones íntimas, ni las propiciaba ni las hacía.)

Su imagen resulta familiar no sólo porque la hemos visto muchas veces sino porque el prolongado trato con sus libros, y la naturaleza de ese trato, hacen que uno lo sienta como un amigo estrechísimo o un pariente cercano –un hermano mayor, un primo hermano al que se ha tratado toda la vida, un tío querido–, alguien con quien incluso hemos tenido desencuentros y hemos reñido, pero cuyo trato siempre se busca, porque siempre enriquece.

Ese es el tipo de lugar que la  obra  de Cortázar guarda en la est ima de quienes la han leído, y esa estimación es la que desde 1985 nos lleva a las librerías para adquirir cada nuevo título póstumo –han aparecido más de 12, a partir de ese año–, trátese de una novela, de una compilación de ensayos breves y reseñas, de cartas repartidas en varios volúmenes… También es cierto que, pese a tanta estimación, a veces uno siente que Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga publican inéditos de más y deberían ser menos complacientes.

Pero este nuevo libro impreso con la doble intención de conmemorar el trigésimo aniversario luctuoso de Cortázar y de celebrar el centenario de su nacimiento (cumplido el pasado 26 de agosto) es un acierto. Quizás como objeto deja un poco que desear por su tamaño (19 x 25 cms.) y su diseño –puesto que el contenido fundamental es visual, parecería preferible que las imágenes reproducidas fuesen más grandes y su despliegue en la página menos abigarrado–, pero si eso resulta un poco incómodo al principio pronto se olvida por la riqueza de imágenes y documentos que la obra entrega. Es, en realidad, un tesoro. Hay mucho material visual y literario novedoso y disfrutable y la mayoría de los textos establece una estupenda correspondencia con las imágenes, por lo que no importa que a veces sean muy conocidos. La idea de armarlo de acuerdo con un modelo similar al empleado por el propio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos y Último round fue una decisión afortunada. Puede uno abrirlo por cualquier página y siempre –para seguir con el juego de la A a la Z– se solazará.

Así, resulta algo más y algo menos que una iconografía. Y es y no es un libro de la autoría de Cortázar. Pero es un libro que todo aquel que aprecie su obra querrá tener –al lado de la Iconografía que el Fondo de Cultura Económica publicó en 1985, para recordarlo en su primer aniversario fúnebre– en su biblioteca.