Cincuenta días de guerra en la Franja de Gaza, más de 2 mil 200 muertos –la mayoría de ellos palestinos– y millonarias pérdidas materiales tornan complicado hablar de victoria o derrota. Con todo, Israel y el movimiento islamista Hamas se dicen vencedores, un discurso que convence con dificultad a sus respectivos conciudadanos, temerosos de que la tregua decretada el martes 26 sea sólo una pausa. En la zona se respira un ambiente de escepticismo ante las negociaciones que continuarán en Egipto, donde se discutirán los temas más espinosos, es decir, los que determinarán quién gana y quién pierde.
JERUSALÉN.- La fiesta que estalló en las calles de Gaza la noche del martes 26 –cuando se hizo oficial el alto el fuego permanente con Israel– expresaba más alivio que sentimiento de victoria.
Exhaustos, diezmados, acorralados y cada día más empobrecidos, los habitantes de Gaza “celebraban” que luego de semanas de guerra una tregua los devolvía al triste punto de partida del enfrentamiento: El bloqueo, el aislamiento y la falta de perspectivas… pero al menos sin bombas.
Rápidamente los dirigentes de Hamas salieron de sus búnkeres para subrayar que la resistencia había “derrotado” a uno de los ejércitos más poderosos del mundo y para garantizar a los gazatíes que las exigencias presentadas para un alto el fuego, comenzando por un alivio del cerco israelí sobre la Franja, serían atendidas.
“Es imposible expresar con palabras esta victoria que no tiene precedente en la historia del conflicto con el enemigo”, declaró el miércoles 27 Ismael Haniyeh, primer ministro de Hamas en Gaza, ante una multitud enfervorizada.
Y más de 2 mil muertos después, los habitantes de Gaza festejaron entre las ruinas la esperanza en un futuro mejor, y sobre todo la suerte de haber sobrevivido.
“Por primera vez en mucho tiempo la gente en Gaza está determinada y unida. En los últimos 20 años Israel ha derrotado cualquier iniciativa de diálogo de paz pero no pudo derrotar nuestra resistencia. Tal vez ahora entendió que somos más fuertes que antes”, dice a Proceso Raji Sourani, director del Centro Palestino para los Derechos Humanos en Gaza.
Vencer sin convencer
En esos mismos instantes en Israel no había fiesta en las calles, prácticamente vacías desde el inicio de la ofensiva, exceptuando contadas manifestaciones contra la guerra en Gaza que no fueron multitudinarias.
Sin embargo, los dirigentes israelíes se apresuraron a explicar ante las cámaras de televisión las claves del triunfo contra Hamas.
“Hamas fue duramente golpeado. No consiguió ninguno de sus objetivos y sus condiciones para el alto el fuego no fueron escuchadas”, resumió el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el miércoles 27.
En palabras del jefe de gobierno, cuya popularidad cayó de 80% a 38% en estas semanas de ofensiva, los objetivos de Israel en Gaza se cumplieron:
“Queríamos golpear a Hamas y sus infraestructuras terroristas y lograr calma durante largo tiempo. Y así fue: hemos destruido los túneles de la organización, mil terroristas enemigos murieron, neutralizamos centenares de lanzaderas, miles de misiles y depósitos de municiones e impedimos que Hamas cometiera masacres contra nuestros ciudadanos. Con respecto a la calma, creo que hemos impedido que se rearmen en mucho tiempo.”
Netanyahu no miente cuando habla de victoria militar. Del lado israelí los muertos llegan a 70, entre soldados y civiles, y los daños materiales son rápidamente reparables. Pero la sensación de triunfo no es compartida por buena parte de la población. Según un sondeo difundido el miércoles 27 por el canal 2 de la televisión local, 54% de los israelíes se opone a este alto el fuego.
“El acuerdo de alto el fuego es un gran logro para Israel. El 15 de julio, Israel propuso una tregua inmediata y se mostró dispuesto a aceptar la propuesta que presentó Egipto, pero Hamas la rechazó. Y finalmente el martes aceptó el mismo plan que rechazó el 15 de julio. La gente ha muerto innecesariamente por el terrorismo, la tozudez y la agresividad de Hamas”, opina Yehuda ben Meir, experto en opinión pública del Institute for National Security Studies de Tel Aviv.
Sin embargo, un sondeo publicado el jueves 28 por el diario Haaretz estimó que más la mitad de los israelíes cree que nadie venció en la contienda.
Netanyahu había prometido que no cedería hasta lograr la desmilitarización de Hamas, algo que no está por ahora expresado en el acuerdo de tregua firmado en El Cairo.
Además el primer ministro no ha conseguido el ambicioso objetivo de borrar del mapa al movimiento islamista; es más, ninguno de sus líderes emblemáticos murió en los bombardeos. Al contrario, Hamas ha sido interlocutor de Egipto e indirectamente de Israel, para este acuerdo de tregua y forma parte indiscutible del gobierno palestino de unidad nacional.
“Incluso Egipto, que se negaba a hablar directamente con una organización que es parte de los Hermanos Musulmanes, entendió que no tenía opción: Hamas es una organización política clave en el panorama palestino”, explica la columnista del diario Haaretz Amira Hass, en un texto publicado el miércoles 27.
Además del escepticismo ciudadano, la decisión de Netanyahu de aceptar un alto el fuego permanente provocó un aluvión de críticas en la clase política israelí: desde los representantes de la derecha radical en la coalición gubernamental, partidarios de la mano dura contra Hamas, hasta la modesta oposición de izquierda, que consideró que la guerra había sido totalmente “innecesaria”.
“Mientras Hamas siga mandando en Gaza será imposible garantizar la seguridad a los ciudadanos israelíes. Hamas no es socio para ningún acuerdo. Es imposible e intolerable confiar en asesinos”, aseguró el titular de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman.
Los habitantes del sur de Israel tampoco ocultaban su decepción ante este acuerdo de alto el fuego, que se anunció justo cuando dos civiles israelíes de una localidad fronteriza con Gaza morían bajo el fuego de morteros palestinos. “Nos sentimos abandonados y traicionados por el gobierno. No podemos volver a nuestras casas así porque no estamos seguros”, explica a Proceso Meirav Kohan, habitante del kibutz Ein Hashlosha, a cuatro kilómetros de Gaza, que dejó su hogar al inicio de la ofensiva.
“Muchos creen que tendríamos que haber acabado de una vez por todas con Hamas. Pero creo que si la tregua funciona, si todo va volviendo a la normalidad y las escuelas reabren el 1 de septiembre, Netanyahu se recuperará y volverá a tener apoyo y reconocimiento”, considera Ben Meir.
Interrogantes
En el lado palestino la sensación de victoria que se respira en las calles genera otra pregunta: ¿Es un triunfo de Hamas, del presidente Mahmud Abás o del precario gobierno de consenso formado en mayo, que reúne a todos los movimientos palestinos con la esperanza de celebrar elecciones a finales de este año?
En las negociaciones de El Cairo los dirigentes palestinos quisieron hacer a un lado sus notables diferencias para presentar unidos sus demandas y sus condiciones para una tregua.
“Creo que los logros de Hamas son muy bajos. Ni siquiera el mundo árabe los ha apoyado. Ni siquiera en Cisjordania los apoyan porque son responsables del sufrimiento de su gente en Gaza y no han conseguido nada”, apunta Ben Meir.
Pero la realidad es que varios días después de la entrada en vigor de la tregua apenas se conocen detalles del acuerdo firmado en El Cairo, que deberá ser rediscutido y completado las semanas venideras. Las partes se han dado un mes de prueba para ver si la calma es respetada. Durante ese periodo la ayuda humanitaria y para la reconstrucción empezará a entrar en Gaza, pero los temas más espinosos, que determinarán finalmente quién gana y quién pierde, siguen sin respuesta.
¿Existe un plan concreto para aliviar el bloqueo israelí contra los 1.8 millones de habitantes de Gaza? ¿Hay un cronograma o un compromiso para la desmilitarización de Hamas? ¿Quién y cómo va a controlar los pasos fronterizos? ¿Los palestinos de Gaza y Cisjordania podrán tener más contacto?
El mayor miedo de los dirigentes palestinos es que, como ocurrió tras la ofensiva de 2012, las buenas intenciones queden sólo en el papel y la vida de los habitantes de Gaza no cambie.
“¿Qué va a pasar ahora?”, se preguntó Abás el martes 26. “La Franja de Gaza ha sufrido tres guerras: en 2008, 2012 y 2014. ¿Debemos esperar otra dentro de un año o dos? ¿Hasta cuándo la raíz de todo esto permanecerá sin resolver?”, agregó refiriéndose a la “ocupación israelí”.
Abás, consciente de su pérdida de popularidad tras 10 años en la presidencia, intenta conciliar el deseo de seguir siendo un interlocutor internacionalmente reconocido y la obligación de defender los derechos elementales de los palestinos. El martes 26 anunció una nueva estrategia diplomática y explicó que no desea negociar de nuevo la creación de un Estado palestino con Israel sino directamente con la comunidad internacional, a la que presentará un cronograma para terminar con la “ocupación”.
“Ya basta de negociaciones turbias”, resumió.
Si Abás no recibe la respuesta internacional esperada, se tomarán “medidas para garantizar que el Estado de Palestina (reconocido como observador en la ONU en 2012) gane legitimidad en organizaciones internacionales”, explicó. Es decir, se firmará el Tratado de Roma, lo cual implica reconocer a la Corte Penal Internacional, donde Palestina podría denunciar a Israel por crímenes de guerra, una perspectiva que inquieta a Israel y a su mayor aliado, Estados Unidos.
Y desde Gaza, esta iniciativa de Abás, que podría quedarse finalmente en un intento estéril de hacer avanzar las negociaciones, es vista con satisfacción.
“Llevamos 20 años negociando y nada se resolvió: seguimos sin derechos, sin Estado; las colonias en tierra palestina aumentan y nuestros muertos se cuentan por miles. No debemos caer en la misma trampa”, explica a Proceso Mhaimer Abu Sada, profesor de ciencias políticas de la universidad Al Azhar de Gaza.
“Pagamos un alto precio en esta guerra: más de 500 niños muertos, familias enteras exterminadas por completo, un nivel de destrucción sin precedente en el que mucha gente lo perdió todo. Por primera vez escuelas de la ONU fueron bombardeadas y ambulancias tomadas como blanco. Pero no somos nosotros los criminales. La ocupación es la criminal”, corrobora Sourani.








